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Política

Llevar al Gobierno a su legalidad 

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En los años de plomo, Bosch comprendió que la correlación del poder de ese momento requería de una estrategia que superara la confrontación como método y asumiera las reglas institucionales del poder, como el camino para la toma del poder.

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En los años de plomo, Bosch comprendió que la correlación del poder de ese momento requería de una estrategia que superara la confrontación como método y asumiera las reglas institucionales del poder, como el camino para la toma del poder.

Desgarrapatizar el buey era eso, pero el gobierno también tendría que verse compelido a hacerlo. Después de todo, Balaguer, aunque político, era también abogado, y sabía que aún en su naturaleza más pura y despiadada, el poder se debía a reglas formales, pues el terror no es suficiente para dominar una sociedad, también hace falta un fundamento teleológico, un pacto mínimo que sea conocido y aceptado por todos.

Si hoy el país vive un clima de paz, crecimiento, estabilidad política y económica, es gracias a un pueblo trabajador y solidario que confía en el futuro; al espíritu emprendedor de un empresariado que no teme asumir riesgos y que cree en su país; y a una clase política que, con altos y bajos, siempre ha sabido estar a la altura de los desafíos del Estado.

Dicho esto, no hay que forzar tanto con la suerte, que sobran ejemplos de países que iban por buen camino y que de repente, gracias a la necedad de sus dirigentes, cayeron en el abismo. Hoy día, el mayor desafío del país, del gobierno y del Estado, es garantizar que sus leyes sean mecanismos reales que garanticen crecimiento e igualdad de oportunidades para su gente, pero que puedan satisfacer las necesidades básicas planteadas por Maslow.

En la práctica, esto no es así. A nivel de gestión pública, existe una disonancia cognitiva entre el país imaginado y el real; el país de los discursos y las estadísticas, y el país de las esquinas en los semáforos. La ley sólo existe en el papel –“se acata, pero no se cumple”– y la mejor muestra del desmadre institucional que vivimos y el síntoma más evidente del profundo estado de descomposición de la autoridad del poder, es el tránsito.

Cuando millones de personas –todos los días– son espectadores pasivos o sujetos activos de cientos de violaciones a la ley de tránsito; cuando cientos de patanas, camiones o volteos transitan a la hora, en el carril, a la velocidad y en las condiciones que quieran, y la autoridad no hace nada; cuando los motoristas andan sin documentos, se roban los semáforos, se suben en las aceras o elevados, o van en vía contraria por túneles ante los ojos indiferentes de los agentes responsables; entonces, sólo entonces sabemos que tocamos fondo.

Habrá que exponer todos los días al gobierno, en toda su ilegalidad frente al tránsito, porque sólo bajo presión reaccionan. Habrá que visibilizar su negligencia, denunciar su incapacidad y proclamar su indiferencia. Así, quizás, se digne a reaccionar, y pase de los discursos a la acción, de la teoría a la práctica, del “diálogo” a la sanción, del caos al orden.

Será eso o la selva.

 

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