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Putin satisface al sector más radical de Rusia y activa la "fase V-2″ de la guerra
Las fuerzas rusas, que ya no avanzan en el frente, lanzan decenas de misiles balísticos a grandes ciudades ucranianas mientras Zelenski pide licencias para producir misiles antiaéreos Patriot en Ucrania Leer Las fuerzas rusas, que ya no avanzan en el frente, lanzan decenas de misiles balísticos a grandes ciudades ucranianas mientras Zelenski pide licencias para producir misiles antiaéreos Patriot en Ucrania Leer
Rusia ha vuelto a castigar a la población civil ucraniana en otra noche de bombardeos masivos. Putin lanzó su blitz nocturno —el primero desde que el Kremlin pidió a los embajadores extranjeros que abandonaran Kiev de forma inmediata— con una fuerza de 73 misiles y 656 drones, con un coste estimado de unos 250 millones de euros. El balance provisional es de 21 muertos y más de 100 heridos.
El ataque no acerca a Rusia a ganar la guerra ni al pueblo ucraniano a rendirse, pero permite al régimen de Moscú mantener su estrategia de terror frente al resto de Europa y, sobre todo, satisfacer a sus sectores internos más radicales, aquellos que exigen "prenderle fuego a Kiev" y que representan la principal amenaza para la popularidad de Putin en el frente doméstico.
El arma protagonista del ataque fue el misil balístico, mucho más difícil de interceptar que el de crucero, especialmente por el preocupante déficit de interceptores Patriot tanto en los arsenales ucranianos como en el resto del mundo. Rusia empleó 33 misiles balísticos Iskander, que caen sobre núcleos urbanos sin posibilidad de defensa efectiva, además de ocho hipersónicos Zircon, 27 misiles de crucero Kh-101, cinco Kalibr y 656 drones Shahed. La gran mayoría de los misiles de crucero y los drones fueron interceptados. Los de trayectoria balística, no. En uno de esos impactos murieron 15 civiles mientras dormían en sus casas en la ciudad de Dnipro.
La semana pasada, el presidente Volodimir Zelenski envió una carta a Donald Trump solicitándole la venta de nuevas unidades de interceptores Patriot ante la situación de creciente indefensión. Esos misiles no han llegado y Trump no ha respondido, de la misma forma que tampoco ha dicho nada sobre el dron ruso que impactó en una ciudad de Rumanía. "Si Ucrania no está protegida contra ataques con misiles balísticos, estos ataques continuarán. Europa necesita su propia defensa antibalística para que esta guerra pueda llegar a su fin. Y la asistencia de Estados Unidos en el suministro de misiles para los sistemas Patriot es absolutamente necesaria", escribió Zelenski en X.
Resulta difícil de explicar por qué empresas como Raytheon, responsable de la fabricación del Patriot, no han elevado su producción a niveles suficientes, teniendo en cuenta que estos interceptores salvan vidas tanto en Ucrania como en Oriente Próximo. Lo mismo cabe decir de los proyectiles SAMP-T y de fabricantes como Thales o MBDA, suministrados también a un ritmo insuficiente. Ucrania ha pedido que las compañías otorguen licencias de fabricación de estos misiles a Ucrania para poder satisfacer al menos sus propias necesidades defensivas.
En Ucrania denominan a estos ataques "la fase V-2 de la guerra", en referencia a los meses finales del Tercer Reich, cuando la Alemania nazi bombardeaba Londres cada noche con los primeros misiles de la historia, pura demostración de fuerza en una guerra ya perdida. Rusia no ha perdido la guerra, pero no ha conseguido ninguno de sus objetivos en cuatro años y no parece que vaya a conseguirlos en otros cuatro, con un desgaste económico y humano que amenaza sus propios cimientos. Ucrania, por su parte, no solo ha sobrevivido a la agresión: ha llevado la guerra al interior de Rusia con sus ataques en profundidad.
En total, los misiles V-2 mataron a unas 2.754 personas civiles en Londres e hirieron a otras 6.523 durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Tercer Reich ya no podía ganar el conflicto. Al menos 815 civiles han sido asesinados por misiles rusos y 4.174 han resultado heridos en los cuatro primeros meses de 2026, según la Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania. Esto representa un aumento del 21% respecto al mismo período de 2025 y un 93% más que en los primeros cuatro meses de 2024.
Lawrence Freedman, catedrático de Estudios de la Guerra en el King’s College de Londres, resulta tajante al analizar los ataques rusos sobre ciudades ucranianas: "Esto no es una nueva estrategia para ganar la guerra, sino una rabieta. La electricidad volverá a encenderse, los escombros serán despejados y los ejércitos de Ucrania seguirán avanzando".
Para la analista Tatiana Stanovaya, del think tank Carnegie, cree que "el miedo a la derrota es tan fuerte, especialmente para quienes están ahora completamente inmersos en esta aventura militar, que la indecisión de Putin se ha convertido en un problema".
La realidad en el campo de batalla confirma el estancamiento ruso. Según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), las fuerzas ucranianas "han detenido en gran medida la ofensiva rusa de primavera-verano de 2026″. El ISW afirma además que Putin "ha desarrollado una percepción falsa de los éxitos del ejército ruso, basada en afirmaciones fuertemente exageradas de la cúpula militar. Ese malentendido sobre la situación en el campo de batalla probablemente está contribuyendo a su insistencia en mantener alto el gasto en guerra".
Los datos lo respaldan: las tropas rusas capturaron apenas 14 kilómetros cuadrados de territorio ucraniano en mayo, la cifra más baja desde octubre de 2023, según el sistema de verificación de fuentes abiertas DeepState. Con un frente dominado por los drones, donde cualquier avance humano resulta casi imposible, la batalla aérea entre ambos bandos se intensifica semana a semana.


