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Creil, la ciudad de las 100 nacionalidades que encarna la "nueva Francia": "A veces me cuesta reconocer el sitio donde nací"
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La historia de las ciudades está escrita en sus paredes. En Creil, de unos 37.000 habitantes, hay un mural con niños que forman algo así como una ONU infantil: Amir, Assan, Idia, Oriane, Reoduan, Barthélemy, David, Aurelia… Y así podrían ser hasta 107 nombres, en representación de otros tantos países que convierten a este centro urbano e industrial venido a menos -a orillas del río Oise y a 68 kilómetros de París- en el espejo multicultural de esa "nueva Francia" de la que tanto se habla.
"La verdad es que a veces me cuesta reconocer mi propia ciudad", admite Théo Legrand, nacido hace 42 años en Creil. "Cada vez viene más gente de fuera, y yo no digo que sea malo, no comulgo con la extrema derecha. Pero poco a poco te vas sintiendo excluido, como si el lugar no fuera tuyo. Y esa sensación se hace mayor cuando tienes hijos y los llevas al colegio, y ves que tienes poco en común con otros padres".
Théo tiene un taller de mecánica junto al mural de los niños en la Meseta de Rouher, el barrio obrero que fue también el paisaje de su infancia: "Mi padre vino aquí a trabajar en la fábrica de Chausson, donde hacían los Renault, cuando el pueblo prosperaba. Después vinieron los cierres de las fábricas y las dificultades económicas. Mucha gente se acabó marchando, como mis dos hermanos. Otros fueron llegando, de Argelia, de Somalia o de Pakistán, ya sabes".
Se refiere al nuevo alcalde, Omar Yaqoob, de la Francia Insumisa, cuyo vídeo en urdu ("Hoy ganamos, y no sólo yo, sino todos los paquistaníes") se viralizó en las redes y tuvo un amplio eco hasta en las televisiones de Pakistán, donde su victoria fue celebrada casi como un éxito nacional. El mecánico votó por la socialista Sophie Dhoury-Lehner, que perdió por 167 votos y cerró la tensa campaña electoral con protección policial tras recibir amenazas de muerte.
"No es que los socialistas fueran a cambiar las cosas, llevaban más de un siglo gobernando aquí y ya ves cómo estamos, con el 25% de paro y entre las ciudades más pobres de Francia", reconoce Théo. "Pero me preocupa que las tensiones vayan a más, por no hablar de la inseguridad. Cerca de aquí fue donde mataron hace unos años a Karim, el gerente de un restaurante, de un tiro en la cabeza a plena luz del día".
La Meseta de Rouher, con sus cinco mezquitas, su sinagoga y la catedral gótica de Saint-Médard, es uno de los barrios con mayor proporción de viviendas sociales de Francia, casi un 50%. La ciudad, partida por la anchura del río Oise, cobra aquí una inusitada vida (animada por el conservatorio Nina Simone, por el museo Gallé-Juillet y por el centro cultural La Faïencerie) en contraste con la sucesión de las tiendas con cierres metálicos y la sensación de semiabandono de los alrededores de la estación.
Por el camino, en una mañana sofocante, hacemos un alto en el bar-tabac Le Balton, donde sólo hay hombres sentados bajos las sombrillas. Allí conocemos al marroquí Malik Naciri, de 27 años, que nos invita a abrir los ojos y verlo todo de otro color: "Fíjate en la selección francesa que va al Mundial: no hay apenas jugadores blancos. Ahí están Dembélé, Doué, Kanté y el desertor Mbappé… España tiene a mi paisano Yamal e irá por el mismo camino ¿Cómo lo llaman? Recambio generacional. Algo normal si son los inmigrantes los únicos que tienen hijos".
Malik lleva tres años en Creil, ha conocido aquí a su novia (tunecina) y aún no tiene prole. Trabaja en un kebab cercano y reconoce que hay trabajos y lugares más prometedores cerca de París… "Pero siempre puedes fundirte allí el sueldo un sábado y volver el mismo día. Y sí, es cierto que por la noche te puedes sentir inseguro en Creil y que los medios no dejan de hablar del narcotráfico, pero no es un lugar muy distinto a otros en Francia. No es un gueto musulmán como dicen. La gente se saluda indistintamente con el 'bonjour' o con 'salam alaykum' ("la paz sea contigo")".
Cerca del bar-tabac queda la "pequeña Senegal" de Creil, y en una de tantas peluquerías africanas trabaja Kahdy Gueye, de 37 años, que llegó hace ocho años por vía del hermanamiento de la ciudad con la comunidad rural Nabadji Civol. Para Khady su nuevo país le supuso ante todo "una liberación económica", aunque reconoce que Creil tiene sus problemas y le preocupa el futuro de sus dos hijas.
"Hace poco vandalizaron la sede de Femmes sans Frontière, que trabaja para prevenir la precariedad económica y la violencia doméstica, y no sé si eso es un mensaje dirigido a las mujeres", advierte. "Las mezquitas se han unido para hacer frente a la situación, aunque no sé si la espiritualidad es suficiente para acabar con la violencia".
Creil saltó por primera vez a los grandes titulares en 1989, cuando Leila, Fátima y Samira desafiaron abiertamente las reglas del colegio Gabriel-Havez y se negaron a quitarse el velo en clase. Las tres adolescentes de origen marroquí justificaron su actitud por sus convicciones religiosas y una de ellas (Fátima) expresó incluso su deseo de "llevar el hijab hasta la muerte". Las tres fueron expulsadas del instituto.
Aquella fue la chispa de un debate mediático y político sin precedentes en Francia. El entonces ministro de Educación, Lionel Jospin, solicitó opinión al Consejo de Estado, que reconoció el derecho de las estudiantes a expresar sus creencias en la escuela, pero determinó al mismo tiempo la necesidad de poner límites a los símbolos religiosos. En 2004, impulsada por el presidente Jacques Chirac ante las "preocupantes violaciones del laicismo" en las escuelas, se aprobó finalmente la ley que prohíbe los símbolos religiosos de carácter "ostentoso y llamativo" en los colegios franceses.
Otro episodio, esta vez de tintes macabros, volvió a poner a Creil en el disparadero: la muerte de una chica de 15 años, Shaina Hansye, descendiente de padres de la isla de Mauricio. Fue apuñalada y quemada viva por su novio también adolescente, que dijo haberla matado porque estaba embarazada y se negó a ser "el padre de un hijo de puta". Shaina había sido violada a los 13 años y arrastraba el estigma de "chica fácil". El suceso causó una conmoción nacional y sacó a la luz la existencia de una "cultura de la violación" y de control social de las niñas en los suburbios franceses.
La periodista de Charlie Hebdo, Laure Daussy, indagó a fondo en la trágica historia, con decenas de testimonios de vecinos de Creil y escribió un libro demoledor, La reputación, en el que denunció la "ley patriarcal", la presión religiosa, la división de la ciudad en "guetos sexistas" y la complacencia de las autoridades locales.
"La reputación funciona como una espada de Damocles para decidir lo que es respetable o no", escribió Daussy. "Las niñas son sometidas a una escala para evaluarlas en el mercado de la pareja y del matrimonio. Te conviertes en una 'chica fácil' por nada, por una actitud un poco más libre, por una prenda de vestir o incluso por haber sido víctima de una violación. En Creil, estas reputaciones se fabrican en un contexto de deterioro de la identidad, fracaso académico, desempleo, pobreza y rigor religioso".
"Francia ya no es una República secular: aunque los líderes políticos no lo asuman abiertamente, ha llegado el momento del comunitarismo", advierte por su parte Lucas Jakubowicz, autor de El voto religioso: tabú francés. En su opinión, la reciente elección de alcaldes musulmanes obedece al peso que "la variable religiosa" tiene en las urnas y que cuenta tanto o más que el factor de edad, género o educación.
"No debemos subestimar el criterio religioso en la dinámica electoral", recalca Jakubowicz, que se refiere en particular al impacto creciente que el "comunitarismo musulmán" (con sus fuertes vínculos de pertenencia al grupo) está teniendo en la llamada a las urnas, como ha ocurrido en Creil o Saint-Denis.
El autor de El voto religioso recuerda cómo el líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, se adelantó a la ola y fue capaz de captar el 69% del voto musulmán en las elecciones presidenciales de 2022. Su tirón entre los musulmanes, asegura, es comparable al que Donald Trump tiene con los evangélicos. Y eso explica el por qué de su giro de 180 grados en la cuestión del velo: si en 2010 lo consideraba como "un signo de regresión y sumisión patriarcal", ahora denuncia la "guerra religiosa" y la implantación de "una policía de la vestimenta en las escuelas".
Mélenchon ha convertido, de hecho, el concepto de "la nueva Francia" en su bandera. El país ha experimentado en su opinión "importantes cambios sociológicos, económicos e incluso antropológicos", y a los datos se remite: uno de cada tres franceses es hoy por hoy inmigrante o hijo de inmigrantes (frente a uno de cada diez en 1958). El líder insumiso apela a "federar los distintos elementos" de la nueva identidad francesa y aunar "los sectores antirracistas, feministas y del mundo del trabajo" para sacudir los cimientos "del capitalismo oligárquico y la Quinta República esclerótica", ahí es nada.
Mélenchon ha sido acusado de "apropiación cultural" del concepto (Jospin lo utilizó en 2001) hasta convertirlo en metáfora ideológica. Desde la derecha se equipara su idea de "la nueva Francia" con "la negación de Francia". La extrema derecha se aferra a la teoría conspiratoria del "Gran Reemplazo". Y el ministro de Justicia, Gérald Darmanin, recuerda estos días cómo el país ha llegado "al límite de su capacidad de integración y asimilación" y defiende una moratoria de tres años de la inmigración legal, una opción favorecida por el 63% de los franceses, según un sondeo del instituto CSA.
"Hoy ganamos, y no sólo yo, sino todos los paquistaníes"… Volvemos al vídeo en urdu de Omar Yaqoob, el nuevo alcalde de Creil, instalado en el Hôtel de Ville, lo más afrancesado que tiene la ciudad. "Ese video se sacó totalmente fuera de contexto", asegura Yaqoob, que afirma que estaba simplemente agradeciendo el trabajo a los voluntarios de campaña. Las imágenes sirvieron, sin embargo, como carnaza en los debates televisivos, donde la polémica se extendió al uso del francés entre los inmigrantes.
Omar Yaqoob nació hace 46 años en Creil, hijo de inmigrantes pakistaníes y educador especializado reconvertido a la política. Antes de ingresar en las filas de La Francia Insumisa -"me reconocí en sus valores"- participó en la fundación del movimiento Génération Creil y se le consideraba un político centrista y moderado, próximo en su día a La República en Marcha de Emmanuel Macron. El revuelo político no parece haber afectado a su temperamento tranquilo.
"Estamos a favor de un secularismo inclusivo que no estigmatice a ninguna comunidad", asevera Yaqoob, que se resiste a considerar Creil como la ciudad-laboratorio de La Francia Insumisa, con su compromiso para desarmar a la Policía municipal y hacer gratuitos los transportes públicos y los comedores escolares. "Ha llegado el momento del apaciguamiento y el trabajo colectivo: el alcalde debe estar al servicio de todos, sin distinciones". Una promesa que, en una ciudad con 107 nacionalidades, cinco mezquitas y el 25% de paro, sonará familiar a quienes llevan décadas escuchándola.
