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Llenas Aybar: 30 años después, una historia que ni la justicia pudo borrar
Muchos han escuchado el nombre de José Rafael Llenas Aybar. Yo crecí escuchándolo como se escuchan esas historias que los adultos nunca explican del todo, pero que igual se quedan. No era simplemente un caso policial ni un titular viejo que reaparece cada aniversario. Era otra cosa: uno de esos temas que se colaba en conversaciones, silencios y advertencias a medias.
Con el tiempo entendí que hay hechos que no pertenecen solo al pasado. Se instalan en la memoria de un país como una sombra que no desaparece, aunque cambien las generaciones.
30 años después del crimen ocurrido el 3 de mayo de 1996, el caso vuelve a ocupar la atención pública. No solo por la fecha, sino por la salida en libertad de Mario José Redondo Llenas, uno de los responsables.
Y con ese regreso a la conversación pública, resuena una idea que atraviesa el tiempo y el dolor: la traición duele más cuando viene de quien debía protegerte.
El caso de Llenas Aybar no fue únicamente un crimen. Fue una fractura. Alteró la manera en que se percibía la seguridad, la confianza y hasta los vínculos más cercanos. Porque no se trató de un hecho lejano ni de un agresor desconocido. Fue un niño de 12 años llevado por alguien de su propio entorno. Y esa cercanía es, quizás, lo que mantiene el caso vivo.
A lo largo de tres décadas, la justicia siguió su curso. Hubo condenas, apelaciones y decisiones definitivas. También el cumplimiento de las penas, incluyendo la de Juan Manuel Moliné Rodríguez, quien recuperó su libertad años atrás. El sistema judicial hizo lo que le correspondía.
Pero hay otra justicia que no se archiva.
Es la de la memoria.
Ahí, el caso nunca se cerró por completo. Quedó suspendido entre el dolor de una familia, la interrogante de una sociedad que nunca terminó de comprender cómo un familiar cometió un hecho de tal magnitud.
La familia de Llenas Aybar ha optado por sostener el recuerdo desde otro lugar. No desde el morbo ni desde la repetición del expediente, sino desde la humanidad. En tiempos recientes, incluso en espacios digitales, han reconstruido su memoria con imágenes, palabras y mensajes. “Su memoria sigue viva en todos los que lo amamos”, han escrito. Y esa frase no es solo nostalgia: es resistencia.
Mientras tanto, el tiempo siguió avanzando para el sistema penal. Las condenas se cumplieron. El marco legal llegó a su final. Desde ese punto de vista, no hay discusión: la pena fue cumplida.
Pero lo legal no siempre resuelve lo social.
Porque hay casos que no terminan cuando se cierra un expediente, sino cuando una sociedad logra procesarlos. Y eso, en este caso, parece no haber ocurrido del todo.
Aquí es donde aparece la tensión: la convivencia entre una justicia que ya concluyó y una memoria que sigue abierta.
El paso del tiempo no siempre trae olvido. A veces trae preguntas complejas. Obliga a mirar de nuevo, a reinterpretar, a entender desde otro lugar. Y deja una sensación persistente de que hay hechos que no encajan en la simple idea de “ya pasó”.
El caso Llenas Aybar es uno de ellos.
No porque falte justicia formal, sino porque su impacto desbordó ese marco. Porque obligó a enfrentar una realidad: que el horror no siempre es lejano ni incomprensible. A veces está más cerca de lo que se quiere admitir.
Hoy el país no solo recuerda un crimen. También se enfrenta a la forma en que lo recuerda, a lo que hace con esa memoria y a cómo convive con nombres que no desaparecen.
Y quizás esa sea la lección más difícil: que hay historias que no se borran. Solo cambian de lugar, de contexto… y continúan viviendo en cada titular que ocupan y en cada nueva tragedia que las evoca.
Muchos han escuchado el nombre de José Rafael Llenas Aybar. Yo crecí escuchándolo como se escuchan esas historias que los adultos nunca explican del todo, pero que igual se quedan. No era simplemente un caso policial ni un titular viejo que reaparece cada aniversario. Era otra cosa: uno de esos temas que se colaba en Opinión, crimen, Deultimominuto, Justicia, Llenas Aybar, República Dominicana
