Ciencia y Tecnología
Llevamos años creyendo que las mujeres viven más por su estilo de vida. La ciencia tiene una explicación mucho más profunda

Si echamos un vistazo a las estadísticas globales del Banco Mundial, hay un patrón inquebrantable que se repite en prácticamente todos los países del mundo: las mujeres viven más que los hombres. A menudo, la sabiduría popular despacha este fenómeno con una respuesta rápida basada en el estilo de vida o en que “los hombres asumen más riesgos”. Y aunque hay parte de verdad en ello, la realidad científica es mucho más compleja.
¿Por qué? Para entender la longevidad femenina, hay que centrarse en el ADN que tenemos en todas nuestras células. Algo muy básico es que las mujeres poseen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen un cromosoma X y un cromosoma Y. Una diferencia fundamental, porque ese segundo cromosoma X en las mujeres actúa como una especie de copia de seguridad.
Esto quiere decir que si un gen en un cromosoma X sufre una mutación o está dañado, el cuerpo femenino puede recurrir a la copia sana del otro cromosoma. Los hombres, sin embargo, se la juegan a una sola carta, puesto que si su único cromosoma X tiene un defecto, no hay plan B. Además, este cromosoma es vital porque alberga una gran cantidad de genes relacionados con el sistema inmunológico, lo que otorga a las mujeres una respuesta más robusta frente a infecciones.
Va más allá. La genética no lo es todo aquí, sino que el organismo guarda un as bajo la manga, que son las mitocondrias, que no son más que las “centrales energéticas” de nuestras células. Estos orgánulos se heredan únicamente por vía materna y, según se propuso en 2007, la diferenciación sexual tiene un coste biológico directo para los hombres, traduciéndose en una menor función mitocondrial y, por tanto, un mayor estrés oxidativo celular que acelera su envejecimiento.
Las hormonas. Más allá de la genética y las mitocondrias, debemos hacer mención a las hormonas sexuales, que están en proporciones muy diferentes entre sexos. Los estrógenos, por ejemplo, son las principales hormonas sexuales femeninas que, además de regular el ciclo reproductivo, actúan como un poderoso escudo antioxidante.
Entre sus efectos destaca el mantenimiento de la flexibilidad de los vasos sanguíneos, la reducción del colesterol “malo” y la prevención de la inflamación. Esto explica en gran medida por qué la incidencia de enfermedades cardiovasculares en mujeres es significativamente menor antes de la menopausia.
En el hombre. En la otra cara de la moneda tenemos a la testosterona. Si bien es crucial para el desarrollo de la masa muscular y ósea, niveles altos de esta hormona en los hombres se asocian históricamente a un mayor riesgo cardiovascular a edades tempranas y a una depresión del sistema inmunológico a largo plazo.
La evolución. Alguien puede caer en la idea de que este sistema es algo exclusivo del ser humano, pero la biología evolutiva nos demuestra lo contrario. Aquí un estudio de 2025 analizó a 1.176 especies y los resultados revelaron que en los mamíferos las hembras viven de media un 13% más que los machos.
El motivo radica en las estrategias reproductivas y el desgaste biológico derivado de la competencia sexual masculina, como las peleas por el territorio o por aparearse. Sin embargo, se vio que en las aves, los machos viven un 5% más; puesto que en el mundo aviar, los machos suelen tener dos cromosomas sexuales iguales (ZZ) y las hembras diferentes (ZW). Además, en muchas especies de aves, el cuidado parental es compartido o recae en el macho, lo que disminuye sus conductas de riesgo.
La conducta humana. Por supuesto, la biología no opera en el vacío y a los factores genéticos y hormonales hay que sumarles la brecha conductual y social. Por ejemplo, el consumo de tóxicos tiene una mayor prevalencia en los hombres, asociándose a cáncer, cirrosis o enfermedades respiratorias. Pero, como hemos dicho antes, la testosterona también está vinculada a una mayor propensión a asumir riesgos, lo que se traduce en mayores tasas de mortalidad por accidentes de tráfico o en casos de violencia.
Por otro lado, las mujeres sufren el “síndrome de invulnerabilidad” que hace que acudan con mucha más frecuencia a los servicios médicos preventivos. Los hombres tienden a posponer las visitas al médico hasta que las enfermedades están en estadios más avanzados, dificultando el tratamiento. Además, las mujeres suelen tejer redes sociales y de apoyo emocional más sólidas, un factor directamente ligado a una mayor supervivencia en la vejez.
Imágenes | Age Cymru
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La noticia
Llevamos años creyendo que las mujeres viven más por su estilo de vida. La ciencia tiene una explicación mucho más profunda
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
.
Si echamos un vistazo a las estadísticas globales del Banco Mundial, hay un patrón inquebrantable que se repite en prácticamente todos los países del mundo: las mujeres viven más que los hombres. A menudo, la sabiduría popular despacha este fenómeno con una respuesta rápida basada en el estilo de vida o en que “los hombres asumen más riesgos”. Y aunque hay parte de verdad en ello, la realidad científica es mucho más compleja.
¿Por qué? Para entender la longevidad femenina, hay que centrarse en el ADN que tenemos en todas nuestras células. Algo muy básico es que las mujeres poseen dos cromosomas X, mientras que los hombres tienen un cromosoma X y un cromosoma Y. Una diferencia fundamental, porque ese segundo cromosoma X en las mujeres actúa como una especie de copia de seguridad.
Esto quiere decir que si un gen en un cromosoma X sufre una mutación o está dañado, el cuerpo femenino puede recurrir a la copia sana del otro cromosoma. Los hombres, sin embargo, se la juegan a una sola carta, puesto que si su único cromosoma X tiene un defecto, no hay plan B. Además, este cromosoma es vital porque alberga una gran cantidad de genes relacionados con el sistema inmunológico, lo que otorga a las mujeres una respuesta más robusta frente a infecciones.
En Xataka
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Va más allá. La genética no lo es todo aquí, sino que el organismo guarda un as bajo la manga, que son las mitocondrias, que no son más que las “centrales energéticas” de nuestras células. Estos orgánulos se heredan únicamente por vía materna y, según se propuso en 2007, la diferenciación sexual tiene un coste biológico directo para los hombres, traduciéndose en una menor función mitocondrial y, por tanto, un mayor estrés oxidativo celular que acelera su envejecimiento.
Las hormonas. Más allá de la genética y las mitocondrias, debemos hacer mención a las hormonas sexuales, que están en proporciones muy diferentes entre sexos. Los estrógenos, por ejemplo, son las principales hormonas sexuales femeninas que, además de regular el ciclo reproductivo, actúan como un poderoso escudo antioxidante.
Entre sus efectos destaca el mantenimiento de la flexibilidad de los vasos sanguíneos, la reducción del colesterol “malo” y la prevención de la inflamación. Esto explica en gran medida por qué la incidencia de enfermedades cardiovasculares en mujeres es significativamente menor antes de la menopausia.
En el hombre. En la otra cara de la moneda tenemos a la testosterona. Si bien es crucial para el desarrollo de la masa muscular y ósea, niveles altos de esta hormona en los hombres se asocian históricamente a un mayor riesgo cardiovascular a edades tempranas y a una depresión del sistema inmunológico a largo plazo.
La evolución. Alguien puede caer en la idea de que este sistema es algo exclusivo del ser humano, pero la biología evolutiva nos demuestra lo contrario. Aquí un estudio de 2025 analizó a 1.176 especies y los resultados revelaron que en los mamíferos las hembras viven de media un 13% más que los machos.
El motivo radica en las estrategias reproductivas y el desgaste biológico derivado de la competencia sexual masculina, como las peleas por el territorio o por aparearse. Sin embargo, se vio que en las aves, los machos viven un 5% más; puesto que en el mundo aviar, los machos suelen tener dos cromosomas sexuales iguales (ZZ) y las hembras diferentes (ZW). Además, en muchas especies de aves, el cuidado parental es compartido o recae en el macho, lo que disminuye sus conductas de riesgo.
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Por otro lado, las mujeres sufren el “síndrome de invulnerabilidad” que hace que acudan con mucha más frecuencia a los servicios médicos preventivos. Los hombres tienden a posponer las visitas al médico hasta que las enfermedades están en estadios más avanzados, dificultando el tratamiento. Además, las mujeres suelen tejer redes sociales y de apoyo emocional más sólidas, un factor directamente ligado a una mayor supervivencia en la vejez.
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