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‘Veteranos’ de Chernóbil recuerdan 40 años después su guerra contra un enemigo invisible
Kiev.- «Hoy al enemigo le vemos. Podemos dispararle, lanzarle bombas. Entonces sólo podíamos recibir sus golpes en silencio. No era posible luchar con él», dice a EFE Oleksandr Ryabeka comparando la guerra ruso-ucraniana de hoy con la que libraron miles de ciudadanos soviéticos como él hace 40 años contra la radiactividad liberada a la atmósfera tras el peor accidente nuclear de la historia, el de la central de Chernóbil.
Ryabeka, que ahora tiene 66 años, estuvo desplegado con su unidad del KGB, el servicio secreto de la era soviética, entre el 2 de mayo de 1986 y el 16 de abril de 1987.
Su tarea fue en un primer momento evacuar a civiles, para pasar a ocuparse después de mantener el orden y coordinar los trabajos para soterrar en la medida de lo posible la radiactividad y limitar así sus efectos sobre la población.
“Lo más difícil fue explicar a la gente, mostrarles que había un riesgo extremo”, cuenta sobre una misión para mitigar el accidente, ocurrido el 26 de abril de 1986, que le dejó con problemas de salud de por vida.
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“Querían llevarse la mayor cantidad de pertenencias posibles y teníamos que explicarles que debían dejarlas porque estaban contaminadas”, explica sobre la primera semana de trabajo junto a Chernóbil, en la que tuvo como tarea evacuar a todos los civiles.
“La mejor muerte es la muerte rápida”
Serguí Nejayevski tenía 32 años y era tanquista en el Ejército ruso cuando se produjo la explosión en el reactor 4 de Chernóbil.
Fue enviado como subcomandante de batallón al territorio adyacente a la central en enero de 1987 para continuar las labores de limpieza y cubrir con cemento los alrededores del lugar de la explosión.
“Al no sentir los efectos de la radiación la gente se levantaba las máscaras de protección para fumar. Se sentaban en cualquier sitio. Una de nuestras principales tareas era evitar que lo hicieran”, recuerda el exmilitar, que tuvo que lidiar con personal que entró en una de las casas abandonadas de Prípiat, la ciudad en la que vivían los trabajadores de la central de Chernóbil, para matar el tiempo.
“La mejor muerte es la muerte rápida. Quienes estuvimos en Chernóbil nos morimos lentamente. La radiactividad afecta a los huesos, a los órganos, acaba provocando cáncer”, dice Nejayevski, que como casi todos los supervivientes de las labores de extinción de la catástrofe ha sido declarado inválido por los médicos.
Nejayevski es natural de Mariúpol y forma parte de una asociación que defiende los intereses de quienes trabajaron en Chernóbil tras el accidente, conocidos en Ucrania como ‘liquidadores’. “En Mariúpol había al menos cinco personas que hicieron de liquidadores que estuvieron postrados en la cama durante años”, cuenta.
Los efectos devastadores de la radiactividad estaban lejos de ser evidentes para todos. Muchos civiles se ofrecieron voluntarios para ir a Chernóbil atraídos por las pagas extras que recibían.
“Algunos repetían a los pocos meses”, dice Nejayevski, que además de activista por los derechos de los supervivientes es músico y ha compuesto canciones en homenaje a los liquidadores.
Sobre la letalidad de la radiactividad en el Chernóbil poscatástrofe, Nejayevski recuerda también que un centenar de médicos y enfermeras de Mariúpol fueron tras el accidente a la zona para ayudar a las víctimas. “En 2022, de esas cien personas sólo siete seguían vivas”, dice.
“Nadie tenía miedo”
Otra de las personas que estuvo en Chernóbil es el exmilitar Víktor Bezruchko, que trabajó allí durante un mes en jornadas de doce horas diarias.
“Nadie tenía miedo. Era simplemente trabajo. Quizá cierta alarma, cierta preocupación por lo que pasaría después de trabajar en la zona de radiación. Pero hicimos nuestro trabajo, eso fue todo”, dice a EFE Bezruchko, que tenía 25 años cuando fue enviado a Chernóbil.
“Mucha gente no sabía del peligro, no entendía qué era aquello”, explica el militar, cuya salud también fue resintiéndose progresivamente desde que comenzó su misión en Chernóbil.
Bezruchko era especialista en comunicaciones en el Ejército. Los dispositivos radioelectrónicos no funcionaban en Chernóbil y sus alrededores debido a la radiactividad. Todas las comunicaciones tuvieron que hacerse a viva voz. «Había protocolos, pero todo tuvo que organizarse sobre el terreno», cuenta para ilustrar el ambiente de caos e improvisación que caracterizó la respuesta al desastre.
Han pasado 40 años del accidente y de los trabajos para mitigar las consecuencias en los que participó Berzruchko. Nunca ha pensado en volver a visitar la zona de exclusión en la que trabajó.
“Tuve suficiente con una vez”, dice entre risas.
Kiev.- «Hoy al enemigo le vemos. Podemos dispararle, lanzarle bombas. Entonces sólo podíamos recibir sus golpes en silencio. No era posible luchar con él», dice a EFE Oleksandr Ryabeka comparando la guerra ruso-ucraniana de hoy con la que libraron miles de ciudadanos soviéticos como él hace 40 años contra la radiactividad liberada a la atmósfera Internacionales, Chernóbil, Deultimominuto, ElPeriódicodelaVerdad, Veteranos
