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¿Qué debes saber sobre la educación emocional sin regulación?

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En los últimos años se ha vuelto común escuchar términos como “me estoy desregulando”, “esto es un límite”, “estoy en modo ansiedad” o “eso me detonó”.

El lenguaje emocional ha ganado espacio en la conversación cotidiana y, en principio, esto representa un avance: ponerle nombre a lo que se siente facilita su reconocimiento, explica Oom Blanco, neuropsicólogo.

Sin embargo, hay una crítica necesaria —y urgente— desde la psicología conductual y el manejo de conflictos: nombrar no es regular, y comprender no es lo mismo que saber manejar, alerta el doctor en Neurociencia Cognitiva Aplicada.

Blanco también asegura que el problema no es que exista más vocabulario emocional, sino el uso que se le está dando. En muchos casos, estos conceptos se están utilizando como etiquetas explicativas rápidas, no como herramientas de cambio. Es decir, se describe el estado interno, pero no se interviene sobre él.

Desde un enfoque conductual, esto tiene una implicación clara: si una conducta (por ejemplo, retirarse, explotar o evitar) se mantiene en el tiempo, es porque está siendo reforzada de alguna manera, independientemente del nombre que se le ponga.

Decir “estoy ansioso” puede ser un paso de conciencia, pero si la respuesta inmediata es evitar, cancelar, aislarse o reaccionar impulsivamente, la conducta se consolida. El lenguaje, en este caso, deja de ser una herramienta terapéutica y se convierte en una forma sofisticada de justificación conductual, advierte Blanco.

Otro punto crítico es la confusión entre validación emocional y validación conductual. Validar una emoción implica reconocer que lo que una persona siente tiene sentido en su contexto.

Pero validar la conducta es otra cosa. No toda conducta es funcional, aunque la emoción sea legítima. Esta distinción, que en terapia es fundamental, se está perdiendo en la conversación pública.

Desde el manejo de conflictos, esto tiene consecuencias directas. Cuando una persona utiliza el lenguaje emocional para cerrar conversaciones (“esto me afecta”, “esto me dispara”, “esto es un límite”) sin abrir espacio al análisis, la negociación o la responsabilidad compartida, el conflicto no se resuelve: se bloquea. Se vuelve unilateral.

El concepto de “límite”, por ejemplo, ha sido particularmente distorsionado, dice Oom Blanco. En su formulación técnica, un límite es una conducta propia que establece hasta dónde participo o no en una situación.

No es un mecanismo para controlar al otro. Sin embargo, en la práctica actual, muchas veces se utiliza como una forma de imponer condiciones externas sin asumir la regulación interna necesaria para sostenerlas.

Desde la psicología conductual, el foco no está en lo que la persona dice sentir, sino en lo que hace repetidamente frente a lo que siente. Y ahí es donde aparece otra dificultad: la baja tolerancia a la incomodidad.

La evidencia en regulación emocional sugiere que la capacidad de sostener estados internos desagradables sin reaccionar de forma impulsiva es un componente central del funcionamiento adaptativo. Sin embargo, en un contexto de inmediatez —digital, social y emocional—, esa tolerancia se ha reducido.

E

sto se traduce en patrones observables:

Expandir imagenhttps://resources.diariolibre.com/images/2026/04/24/136471897e66931a1-8e60-4995-b35b-0208e75d8194-162065b8.jpg

Infografía

Evitar reduce ansiedad en el momento, pero refuerza el patrón evitativo. (FREEPIK)
  • Evitación rápida ante el malestar

  • Dificultad para sostener conversaciones incómodas

  • Respuestas intensas ante frustraciones menores

  • Externalización de la responsabilidad (me hicieron sentir)

En términos conductuales, muchas de estas respuestas se mantienen porque generan alivio inmediato, aunque tengan un costo a largo plazo. Evitar reduce ansiedad en el momento, pero refuerza el patrón evitativo. Reaccionar descarga tensión, pero deteriora relaciones. Y cuando estas conductas se acompañan de un lenguaje emocional elaborado, pueden incluso percibirse como justificadas.

Otro elemento relevante es la sobreintelectualización emocional. Hay una tendencia creciente a explicar excesivamente lo que se siente, a analizarlo, a categorizarlo, pero sin necesariamente traducir ese análisis en acciones regulatorias concretas.

En terapia, esto se reconoce como un posible mecanismo de evitación cognitiva: se piensa mucho sobre la emoción para no tener que atravesarla ni modificar la conducta asociada.

Esto no significa que la generación actual tenga menos capacidad emocional, sino que está operando en un contexto que favorece más la expresión que la regulación. Y ambas son necesarias, pero no equivalentes.

Desde una perspectiva clínica, el desarrollo emocional implica tres niveles: reconocer – entender – regular.

"El problema es que el proceso se está deteniendo, en muchos casos, en los dos primeros", asegura Oom Blanco

En el ámbito de los conflictos, esto se vuelve especialmente evidente. Resolver un conflicto no depende únicamente de identificar lo que siento, sino de la capacidad de:

  • Modular la intensidad emocional

  • Escuchar sin reaccionar automáticamente

  • Diferenciar intención de impacto

  • Negociar sin perder la regulación

Cuando estas habilidades no están presentes, el lenguaje emocional puede convertirse en un recurso retórico más que en una herramienta funcional.

La crítica, entonces, no es al avance del lenguaje emocional, sino a su uso incompleto. Nombrar emociones es necesario, pero no suficiente, dice Blanco. De hecho, puede ser contraproducente si reemplaza el trabajo real de regulación.

Destaca que el desafío actual no es aprender más palabras, sino desarrollar más habilidades. Pasar de decir “esto me afecta” a preguntarse “¿qué hago con esto que me afecta?”. Pasar de identificar un detonante a entrenar la respuesta.

 

​En los últimos años se ha vuelto común escuchar términos como “me estoy desregulando”, “esto es un límite”, “estoy en modo ansiedad” o “eso me detonó”. El lenguaje emocional ha ganado espacio en la conversación cotidiana y, en principio, esto representa un avance: ponerle nombre a lo que se siente facilita su reconocimiento, explica Oom Blanco, neuropsicólogo. Sin embargo, hay una crítica necesaria —y urgente— desde la psicología conductual y el manejo de conflictos: nombrar no es regular, y comprender no es lo mismo que saber manejar, alerta el doctor en Neurociencia Cognitiva Aplicada.Blanco también asegura que el problema no es que exista más vocabulario emocional, sino el uso que se le está dando. En muchos casos, estos conceptos se están utilizando como etiquetas explicativas rápidas, no como herramientas de cambio. Es decir, se describe el estado interno, pero no se interviene sobre él. Desde un enfoque conductual, esto tiene una implicación clara: si una conducta (por ejemplo, retirarse, explotar o evitar) se mantiene en el tiempo, es porque está siendo reforzada de alguna manera, independientemente del nombre que se le ponga.Decir “estoy ansioso” puede ser un paso de conciencia, pero si la respuesta inmediata es evitar, cancelar, aislarse o reaccionar impulsivamente, la conducta se consolida. El lenguaje, en este caso, deja de ser una herramienta terapéutica y se convierte en una forma sofisticada de justificación conductual, advierte Blanco.Otro punto crítico es la confusión entre validación emocional y validación conductual. Validar una emoción implica reconocer que lo que una persona siente tiene sentido en su contexto. Pero validar la conducta es otra cosa. No toda conducta es funcional, aunque la emoción sea legítima. Esta distinción, que en terapia es fundamental, se está perdiendo en la conversación pública.Desde el manejo de conflictos, esto tiene consecuencias directas. Cuando una persona utiliza el lenguaje emocional para cerrar conversaciones (“esto me afecta”, “esto me dispara”, “esto es un límite”) sin abrir espacio al análisis, la negociación o la responsabilidad compartida, el conflicto no se resuelve: se bloquea. Se vuelve unilateral.El concepto de “límite”, por ejemplo, ha sido particularmente distorsionado, dice Oom Blanco. En su formulación técnica, un límite es una conducta propia que establece hasta dónde participo o no en una situación. No es un mecanismo para controlar al otro. Sin embargo, en la práctica actual, muchas veces se utiliza como una forma de imponer condiciones externas sin asumir la regulación interna necesaria para sostenerlas.Desde la psicología conductual, el foco no está en lo que la persona dice sentir, sino en lo que hace repetidamente frente a lo que siente. Y ahí es donde aparece otra dificultad: la baja tolerancia a la incomodidad. La evidencia en regulación emocional sugiere que la capacidad de sostener estados internos desagradables sin reaccionar de forma impulsiva es un componente central del funcionamiento adaptativo. Sin embargo, en un contexto de inmediatez —digital, social y emocional—, esa tolerancia se ha reducido.Esto se traduce en patrones observables:https://resources.diariolibre.com/images/2026/04/24/136471897e66931a1-8e60-4995-b35b-0208e75d8194-162065b8.jpgEvitar reduce ansiedad en el momento, pero refuerza el patrón evitativo. (FREEPIK) Evitación rápida ante el malestar Dificultad para sostener conversaciones incómodas Respuestas intensas ante frustraciones menores Externalización de la responsabilidad (me hicieron sentir) En términos conductuales, muchas de estas respuestas se mantienen porque generan alivio inmediato, aunque tengan un costo a largo plazo. Evitar reduce ansiedad en el momento, pero refuerza el patrón evitativo. Reaccionar descarga tensión, pero deteriora relaciones. Y cuando estas conductas se acompañan de un lenguaje emocional elaborado, pueden incluso percibirse como justificadas.Otro elemento relevante es la sobreintelectualización emocional. Hay una tendencia creciente a explicar excesivamente lo que se siente, a analizarlo, a categorizarlo, pero sin necesariamente traducir ese análisis en acciones regulatorias concretas. En terapia, esto se reconoce como un posible mecanismo de evitación cognitiva: se piensa mucho sobre la emoción para no tener que atravesarla ni modificar la conducta asociada.Esto no significa que la generación actual tenga menos capacidad emocional, sino que está operando en un contexto que favorece más la expresión que la regulación. Y ambas son necesarias, pero no equivalentes.Desde una perspectiva clínica, el desarrollo emocional implica tres niveles: reconocer – entender – regular."El problema es que el proceso se está deteniendo, en muchos casos, en los dos primeros", asegura Oom Blanco. En el ámbito de los conflictos, esto se vuelve especialmente evidente. Resolver un conflicto no depende únicamente de identificar lo que siento, sino de la capacidad de: Modular la intensidad emocional Escuchar sin reaccionar automáticamente Diferenciar intención de impacto Negociar sin perder la regulación Cuando estas habilidades no están presentes, el lenguaje emocional puede convertirse en un recurso retórico más que en una herramienta funcional.La crítica, entonces, no es al avance del lenguaje emocional, sino a su uso incompleto. Nombrar emociones es necesario, pero no suficiente, dice Blanco. De hecho, puede ser contraproducente si reemplaza el trabajo real de regulación.Destaca que el desafío actual no es aprender más palabras, sino desarrollar más habilidades. Pasar de decir “esto me afecta” a preguntarse “¿qué hago con esto que me afecta?”. Pasar de identificar un detonante a entrenar la respuesta.   Revista, Buena vida, Diario Libre, Santo Domingo, Oom Blanco, Educación emocional, validación conductual 

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