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Economía

América Latina crece, pero no avanza

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La región no está estancada, sino atrapada en un crecimiento que no logra convertirse en desarrollo sostenido. Esto lo confirman las reuniones recientes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que dejan un mensaje menos evidente que los titulares, pero más relevante: América Latina llega a 2026 con más estabilidad que en otros momentos, pero sin el impulso necesario para dar un salto.

La región crecerá alrededor de 2% en 2026. No estaría mal en un entorno global complejo, pero tampoco es suficiente. El ingreso por habitante apenas avanza y la brecha con otras economías emergentes prácticamente no se reduce.

El punto no es solo cuánto se crece; es cómo se crece, y qué tanto ese crecimiento se sostiene.

Detrás de ese desempeño hay un patrón claro: inversión insuficiente, baja productividad, alta informalidad y economías con espacio fiscal limitado. En la práctica, el crecimiento sigue apoyándose en el consumo, mientras la inversión permanece contenida ante la incertidumbre. Pero incluso esa explicación se queda corta. América Latina no es una región sin oportunidades; es una que no logra convertirlas de forma consistente en resultados. Y ahí se marca la diferencia.

No todos los países crecerán igual en 2026. No por los shocks que enfrenten, sino por su capacidad de sostener condiciones que permitan que la inversión, la productividad y el empleo evolucionen de forma más predecible. Ahí es donde, en realidad, se define el desarrollo.

República Dominicana entra en este contexto en una posición relativamente favorable. Crece por encima del promedio regional y ha logrado mantener estabilidad en un entorno complejo. Pero el desafío es distinto.

El entorno externo es más exigente: mayores costos energéticos, condiciones financieras más restrictivas y riesgos climáticos más frecuentes. En ese contexto, el reto no es solo sostener el crecimiento, sino lograr que ese crecimiento se traduzca en mejoras más consistentes en productividad, empleo y bienestar.

La agenda para avanzar no es desconocida, pero sí exige consistencia. Implica destrabar la inversión con reglas previsibles y una ejecución que reduzca tiempos y costos. Implica también facilitar que las empresas crezcan, se formalicen y accedan a financiamiento y tecnología. Y, sobre todo, implica priorizar infraestructura y servicios -energía, agua y educación- que realmente eleven la productividad como base del crecimiento.

No es un problema de falta de crecimiento. Es un problema de que ese crecimiento no termina de consolidarse ni de permear.

El desarrollo no se mide solo por cuánto crece una economía, sino por cuánto de ese crecimiento se sostiene en el tiempo y se convierte en mejoras reales. Si no se refleja en mayor productividad, empleo de calidad y mejores condiciones de vida, deja de ser desarrollo y se queda en un buen dato.

 

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