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En 1953 Hollywood rodó un blockbuster frente a pruebas nucleares de EEUU. Fue la película más radiactiva de la historia, literalmente

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En 1953 Hollywood rodó un blockbuster frente a pruebas nucleares de EEUU. Fue la película más radiactiva de la historia, literalmente

Año 1953, durante una prueba nuclear en el desierto de Nevada, varios hoteles de Las Vegas ofrecían a sus huéspedes vistas privilegiadas del hongo atómico al amanecer como si fuera una atracción turística en Disneyland, con cócteles incluidos y terrazas llenas de espectadores. La escena, que hoy resulta difícil de imaginar, reflejaba hasta qué punto ciertos riesgos se percibían de forma muy distinta en plena era nuclear. 

Rodar en la Guerra Fría. A mediados de los años 50, The Conqueror nació como una superproducción histórica que ya desde el inicio arrastraba decisiones difíciles de justificar, como elegir a John Wayne para interpretar al mismísimo Gengis Kan bajo la producción de Howard Hughes. El rodaje se trasladó a exteriores en Utah, una zona que ofrecía paisajes espectaculares pero que, en aquel momento, se encontraba cerca de áreas donde Estados Unidos realizaba pruebas nucleares atmosféricas

El contexto no era un secreto, pero tampoco se comprendían plenamente sus riesgos, ya que la percepción pública y científica sobre la radiación era mucho más limitada que hoy. Aquella combinación de ambición cinematográfica y momento geopolítico dejó un escenario que, visto con perspectiva, resulta mucho más inquietante de lo que parecía entonces.

El entorno real. Está perfectamente documentado que las pruebas nucleares en el desierto de Nevada generaron lluvia radiactiva que se desplazó a zonas pobladas, afectando a comunidades conocidas posteriormente como “downwinders”

También está constatado que el equipo de rodaje trabajó en una de esas regiones, y que parte del material del entorno fue trasladado a otros sets, ampliando potencialmente la exposición. Este contexto no es una teoría ni una reconstrucción posterior, sino un hecho histórico reconocido por investigaciones y organismos oficiales que han estudiado las consecuencias de aquellas pruebas.

El paso del tiempo y la estadística incómoda. ¿Qué ocurrió? Que, con los años, una parte significativa del reparto y equipo de producción desarrolló cáncer, incluyendo figuras como el mismo John Wayne (que murió de la enfermedad en 1979), Susan Hayward o Dick Powell. 

La cifra más citada y que da una idea del posible impacto habla de más de 90 casos entre unas 220 personas vinculadas a la producción, un dato que ha alimentado la fama del rodaje como uno de los más inquietantes y malditos de la historia de Hollywood. Así todo, debemos recordar que ese número procede de recuentos divulgativos y no de estudios epidemiológicos controlados, lo que obliga a tratarlo con cierta cautela pese a su impacto.

Lo que sí está probado y lo que no. La línea entre hechos y relato es clave en la historia. Está probado que hubo exposición a un entorno potencialmente contaminado y que varios miembros del equipo desarrollaron enfermedades graves con el tiempo. 

Lo que no está demostrado es una relación causal directa entre el rodaje y esos cánceres, ya que pueden entrar factores como hábitos personales (incluido el tabaquismo) y la falta de datos clínicos comparables, hechos o causalidades que dificultan cualquier conclusión definitiva. Por eso, el caso se mantiene en un terreno ambiguo: perfectamente plausible en su planteamiento, pero no confirmado científicamente.

De fracaso a mito moderno. En su estreno, la película fue recibida con bastante frialdad y críticas, quedando en el imaginario popular como un fracaso más dentro de la industria. Sin embargo, con el paso de las décadas, su recuerdo ha cambiado por completo, transformándose en una historia que combina Hollywood, Guerra Fría y riesgo invisible. 

Lo que en su momento fue simplemente una mala decisión creativa y logística, acabó reinterpretado como un episodio del mundo del celuloide cargado de simbolismo sobre los límites del conocimiento y la (i)responsabilidad.

El contexto lo cambia todo. Porque la historia de The Conqueror no reside solo en lo que ocurrió durante el rodaje, sino en cómo ese mismo rodaje encaja dentro de una época en la que la exposición a riesgos nucleares formaba parte del paisaje cotidiano

Qué duda cabe, lo que entonces parecía asumible hoy se percibe como un auténtico disparate, y ese cambio de perspectiva tan radical es lo que convierte el caso en algo más que una anécdota de cine. No fue únicamente un rodaje problemático, sino un ejemplo de cómo decisiones aparentemente normales pueden adquirir un significado completamente distinto con el paso del tiempo.

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En 1953 Hollywood rodó un blockbuster frente a pruebas nucleares de EEUU. Fue la película más radiactiva de la historia, literalmente

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Miguel Jorge

.

 Año 1953, durante una prueba nuclear en el desierto de Nevada, varios hoteles de Las Vegas ofrecían a sus huéspedes vistas privilegiadas del hongo atómico al amanecer como si fuera una atracción turística en Disneyland, con cócteles incluidos y terrazas llenas de espectadores. La escena, que hoy resulta difícil de imaginar, reflejaba hasta qué punto ciertos riesgos se percibían de forma muy distinta en plena era nuclear. 

Rodar en la Guerra Fría. A mediados de los años 50, The Conqueror nació como una superproducción histórica que ya desde el inicio arrastraba decisiones difíciles de justificar, como elegir a John Wayne para interpretar al mismísimo Gengis Kan bajo la producción de Howard Hughes. El rodaje se trasladó a exteriores en Utah, una zona que ofrecía paisajes espectaculares pero que, en aquel momento, se encontraba cerca de áreas donde Estados Unidos realizaba pruebas nucleares atmosféricas. 

El contexto no era un secreto, pero tampoco se comprendían plenamente sus riesgos, ya que la percepción pública y científica sobre la radiación era mucho más limitada que hoy. Aquella combinación de ambición cinematográfica y momento geopolítico dejó un escenario que, visto con perspectiva, resulta mucho más inquietante de lo que parecía entonces.

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El entorno real. Está perfectamente documentado que las pruebas nucleares en el desierto de Nevada generaron lluvia radiactiva que se desplazó a zonas pobladas, afectando a comunidades conocidas posteriormente como “downwinders”. 

También está constatado que el equipo de rodaje trabajó en una de esas regiones, y que parte del material del entorno fue trasladado a otros sets, ampliando potencialmente la exposición. Este contexto no es una teoría ni una reconstrucción posterior, sino un hecho histórico reconocido por investigaciones y organismos oficiales que han estudiado las consecuencias de aquellas pruebas.

El paso del tiempo y la estadística incómoda. ¿Qué ocurrió? Que, con los años, una parte significativa del reparto y equipo de producción desarrolló cáncer, incluyendo figuras como el mismo John Wayne (que murió de la enfermedad en 1979), Susan Hayward o Dick Powell. 

La cifra más citada y que da una idea del posible impacto habla de más de 90 casos entre unas 220 personas vinculadas a la producción, un dato que ha alimentado la fama del rodaje como uno de los más inquietantes y malditos de la historia de Hollywood. Así todo, debemos recordar que ese número procede de recuentos divulgativos y no de estudios epidemiológicos controlados, lo que obliga a tratarlo con cierta cautela pese a su impacto.

Lo que sí está probado y lo que no. La línea entre hechos y relato es clave en la historia. Está probado que hubo exposición a un entorno potencialmente contaminado y que varios miembros del equipo desarrollaron enfermedades graves con el tiempo. 

Lo que no está demostrado es una relación causal directa entre el rodaje y esos cánceres, ya que pueden entrar factores como hábitos personales (incluido el tabaquismo) y la falta de datos clínicos comparables, hechos o causalidades que dificultan cualquier conclusión definitiva. Por eso, el caso se mantiene en un terreno ambiguo: perfectamente plausible en su planteamiento, pero no confirmado científicamente.

De fracaso a mito moderno. En su estreno, la película fue recibida con bastante frialdad y críticas, quedando en el imaginario popular como un fracaso más dentro de la industria. Sin embargo, con el paso de las décadas, su recuerdo ha cambiado por completo, transformándose en una historia que combina Hollywood, Guerra Fría y riesgo invisible. 

Lo que en su momento fue simplemente una mala decisión creativa y logística, acabó reinterpretado como un episodio del mundo del celuloide cargado de simbolismo sobre los límites del conocimiento y la (i)responsabilidad.

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El contexto lo cambia todo. Porque la historia de The Conqueror no reside solo en lo que ocurrió durante el rodaje, sino en cómo ese mismo rodaje encaja dentro de una época en la que la exposición a riesgos nucleares formaba parte del paisaje cotidiano. 

Qué duda cabe, lo que entonces parecía asumible hoy se percibe como un auténtico disparate, y ese cambio de perspectiva tan radical es lo que convierte el caso en algo más que una anécdota de cine. No fue únicamente un rodaje problemático, sino un ejemplo de cómo decisiones aparentemente normales pueden adquirir un significado completamente distinto con el paso del tiempo.

Imagen | RKO

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Miguel Jorge

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