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Mientras todos miraban a Oriente Medio, a Corea del Norte le ha dado tiempo de hacer lo que no ha podido Irán: hacerse "nuclear"

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Mientras todos miraban a Oriente Medio, a Corea del Norte le ha dado tiempo de hacer lo que no ha podido Irán: hacerse "nuclear"

Ocurrió hace pocos años, cuando en pleno aumento de tensiones con Corea del Norte, el gobierno de Japón llegó a enviar alertas a millones de móviles a través del sistema J-Alert cuando detectó el sobrevuelo de un misil, provocando escenas insólitas en las que trenes se detenían y ciudadanos se refugiaban en estaciones sin saber exactamente qué estaba ocurriendo. Aquella reacción, casi automática y difícil de imaginar en tiempos de paz, dejó una imagen clara de hasta qué punto ciertos equilibrios globales pueden tensarse sin previo aviso.

El régimen que no cayó. Contaba hace unos días en un extenso reportaje especial el Wall Street Journal la historia de la sorprendente fuente del poder perdurable de Corea del Norte, una nación que ha sobrevivido a la desaparición de la Unión Soviética y a la transformación de China porque dejó de ser solo un Estado comunista para convertirse en algo más resistente: una estructura ideológica cerrada, hereditaria y casi religiosa. 

Ahí es imposible no comenzar por la dinastía Kim que logró consolidar un sistema en el que el poder no solo se ejerce, sino que se cree, se interioriza y se transmite como una fe. Ese modelo, construido desde Kim Il Sung y perfeccionado por sus sucesores, ha permitido mantener una cohesión interna extraordinaria incluso en condiciones de aislamiento extremo. Mientras otros regímenes se erosionaban al abrirse al mundo o colapsaban bajo presión externa, Pyongyang consolidaba una base de control mucho más profunda, difícil de desmantelar desde fuera.

De ideología a religión de Estado. Recordaba el Journal que el núcleo de ese sistema no es solo político, sino simbólico y emocional, con elementos que recuerdan claramente a una religión organizada. La ideología Juche sustituyó progresivamente al marxismo clásico, incorporando rituales, símbolos y una narrativa casi mesiánica en torno al líder. 

La omnipresencia de Kim Il Sung, su conversión en “presidente eterno” y la continuidad dinástica han generado una estructura de lealtad que va más allá de la obediencia política. Este modelo, influido indirectamente por el cristianismo que alguna vez dominó Pyongyang, permitió construir un sistema donde la fidelidad al líder se percibe como una verdad absoluta, algo que explica en gran parte su estabilidad y capacidad de resistencia.

El salto militar silencioso. Sobre esa base interna, Corea del Norte ha desarrollado una estrategia bastante clara: blindarse militarmente hasta volverse prácticamente intocable, aunque nadie sepa exactamente cuánto de ello es cierto. Hoy se reconoce que dispone de misiles balísticos intercontinentales capaces de alcanzar territorio estadounidense y ha reforzado su arsenal con sistemas cada vez más sofisticados. 

No solo eso. Las pruebas recientes, hace apenas unos días desde su nuevo destructor, con misiles de crucero y antibuque de alta precisión, muestran a las claras que ya no se trata solo de acumular armas, sino de integrarlas en una arquitectura militar moderna, con capacidad de respuesta rápida y sistemas resistentes a interferencias. De hecho, la construcción acelerada de nuevos buques de guerra apunta a una transición desde plataformas aisladas hacia una fuerza naval estructurada, lo que amplía su capacidad de proyección y complica cualquier escenario de contención.

La expansión nuclear en pleno ruido. Lo contaba esta semana The Guardian a través de análisis internos en poder del organismo de control nuclear de la ONU. Mientras gran parte de la atención internacional se centraba en los conflictos en Oriente Medio, Corea del Norte ha ido aprovechado ese contexto para avanzar sin freno en su programa nuclear. ¿Cómo? La actividad en instalaciones clave como Yongbyon se ha intensificado, con nuevos reactores, plantas de reprocesamiento y posibles instalaciones no declaradas para enriquecer uranio. 

Las estimaciones del organismo apuntan a decenas de ojivas ya operativas y a una capacidad creciente para producir material suficiente para entre diez y veinte armas adicionales cada año. Dicho de otra forma, ese ritmo, sostenido en el tiempo, indica que el objetivo no es solo disuasión básica, sino alcanzar un volumen que garantice la supervivencia del régimen frente a cualquier intento de cambio forzado.

El poder que Irán no ha consolidado. La diferencia clave aquí es que Corea del Norte sí ha conseguido lo que otros países en situaciones similares (llámese Irán) no han podido: convertir su programa nuclear en una herramienta plenamente integrada en su estrategia de supervivencia. Mientras otras potencias bajo presión internacional han visto limitado o frenado su desarrollo, Pyongyang ha avanzado hasta acercarse a un punto de no retorno, uno donde su capacidad es lo suficientemente amplia como para disuadir cualquier intervención. 

En ese contexto, es posible que el verdadero cambio ya no sea solo cuantitativo, sino estratégico: porque cuando alcance un excedente de capacidad nuclear, el riesgo dejará de ser únicamente regional y pasará a tener implicaciones globales, abriendo la puerta, como mínimo, a nuevas dinámicas de proliferación.

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fue publicada originalmente en

Xataka

por
Miguel Jorge

.

 Ocurrió hace pocos años, cuando en pleno aumento de tensiones con Corea del Norte, el gobierno de Japón llegó a enviar alertas a millones de móviles a través del sistema J-Alert cuando detectó el sobrevuelo de un misil, provocando escenas insólitas en las que trenes se detenían y ciudadanos se refugiaban en estaciones sin saber exactamente qué estaba ocurriendo. Aquella reacción, casi automática y difícil de imaginar en tiempos de paz, dejó una imagen clara de hasta qué punto ciertos equilibrios globales pueden tensarse sin previo aviso.

El régimen que no cayó. Contaba hace unos días en un extenso reportaje especial el Wall Street Journal la historia de la sorprendente fuente del poder perdurable de Corea del Norte, una nación que ha sobrevivido a la desaparición de la Unión Soviética y a la transformación de China porque dejó de ser solo un Estado comunista para convertirse en algo más resistente: una estructura ideológica cerrada, hereditaria y casi religiosa. 

Ahí es imposible no comenzar por la dinastía Kim que logró consolidar un sistema en el que el poder no solo se ejerce, sino que se cree, se interioriza y se transmite como una fe. Ese modelo, construido desde Kim Il Sung y perfeccionado por sus sucesores, ha permitido mantener una cohesión interna extraordinaria incluso en condiciones de aislamiento extremo. Mientras otros regímenes se erosionaban al abrirse al mundo o colapsaban bajo presión externa, Pyongyang consolidaba una base de control mucho más profunda, difícil de desmantelar desde fuera.

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De ideología a religión de Estado. Recordaba el Journal que el núcleo de ese sistema no es solo político, sino simbólico y emocional, con elementos que recuerdan claramente a una religión organizada. La ideología Juche sustituyó progresivamente al marxismo clásico, incorporando rituales, símbolos y una narrativa casi mesiánica en torno al líder. 

La omnipresencia de Kim Il Sung, su conversión en “presidente eterno” y la continuidad dinástica han generado una estructura de lealtad que va más allá de la obediencia política. Este modelo, influido indirectamente por el cristianismo que alguna vez dominó Pyongyang, permitió construir un sistema donde la fidelidad al líder se percibe como una verdad absoluta, algo que explica en gran parte su estabilidad y capacidad de resistencia.

El salto militar silencioso. Sobre esa base interna, Corea del Norte ha desarrollado una estrategia bastante clara: blindarse militarmente hasta volverse prácticamente intocable, aunque nadie sepa exactamente cuánto de ello es cierto. Hoy se reconoce que dispone de misiles balísticos intercontinentales capaces de alcanzar territorio estadounidense y ha reforzado su arsenal con sistemas cada vez más sofisticados. 

No solo eso. Las pruebas recientes, hace apenas unos días desde su nuevo destructor, con misiles de crucero y antibuque de alta precisión, muestran a las claras que ya no se trata solo de acumular armas, sino de integrarlas en una arquitectura militar moderna, con capacidad de respuesta rápida y sistemas resistentes a interferencias. De hecho, la construcción acelerada de nuevos buques de guerra apunta a una transición desde plataformas aisladas hacia una fuerza naval estructurada, lo que amplía su capacidad de proyección y complica cualquier escenario de contención.

La expansión nuclear en pleno ruido. Lo contaba esta semana The Guardian a través de análisis internos en poder del organismo de control nuclear de la ONU. Mientras gran parte de la atención internacional se centraba en los conflictos en Oriente Medio, Corea del Norte ha ido aprovechado ese contexto para avanzar sin freno en su programa nuclear. ¿Cómo? La actividad en instalaciones clave como Yongbyon se ha intensificado, con nuevos reactores, plantas de reprocesamiento y posibles instalaciones no declaradas para enriquecer uranio. 

Las estimaciones del organismo apuntan a decenas de ojivas ya operativas y a una capacidad creciente para producir material suficiente para entre diez y veinte armas adicionales cada año. Dicho de otra forma, ese ritmo, sostenido en el tiempo, indica que el objetivo no es solo disuasión básica, sino alcanzar un volumen que garantice la supervivencia del régimen frente a cualquier intento de cambio forzado.

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En ese contexto, es posible que el verdadero cambio ya no sea solo cuantitativo, sino estratégico: porque cuando alcance un excedente de capacidad nuclear, el riesgo dejará de ser únicamente regional y pasará a tener implicaciones globales, abriendo la puerta, como mínimo, a nuevas dinámicas de proliferación.

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Miguel Jorge

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