Economía

Ni exceso ni escasez: el problema es cómo gestionamos el agua

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<p>&ZeroWidthSpace;<&sol;p>&NewLine;<p>Lo que debería preocuparnos no es la intensidad de las lluvias recientes&comma; sino que&comma; año tras año&comma; producen el mismo resultado&period;<&sol;p>&NewLine;<p>En Santo Domingo&comma; episodios que ya deberían ser manejables siguen traduciéndose en interrupciones de movilidad&comma; pérdida de horas productivas y presión sobre servicios básicos&period; Viviendas se inundan y la actividad económica se detiene&comma; mientras que&comma; en períodos de menor precipitación&comma; la misma ciudad enfrenta limitaciones en el acceso a agua potable&period;<&sol;p>&NewLine;<p>Hoy&comma; una proporción importante de los hogares recibe agua de manera intermitente&comma; mientras amplias zonas de la ciudad carecen de drenaje pluvial efectivo&period; El resultado es un sistema que falla en dos extremos&colon; no logra manejar el exceso ni garantizar la disponibilidad&period;<&sol;p>&NewLine;<p>Durante años&comma; la gestión del agua se ha abordado de forma fragmentada&colon; expansión de acueductos por un lado&comma; intervenciones puntuales de drenaje por otro&comma; y una planificación territorial que no acompaña el ritmo de crecimiento urbano&period; Cada esfuerzo suma&comma; pero no converge&period;<br &sol;>No es que falten diagnósticos ni inversión&period; Es que el sistema no termina de integrarse&period;<&sol;p>&NewLine;<p>Ese impacto no se queda en lo inmediato&period; Se acumula en mayores costos&comma; menor previsibilidad y una economía que opera con ineficiencias&period; En América Latina&comma; organismos multilaterales han documentado que estas brechas pueden traducirse en pérdidas equivalentes a varios puntos del PIB&comma; por efectos en salud y productividad&period;<&sol;p>&NewLine;<p>Esta no es una discusión aislada&semi; es parte de un patrón más amplio&colon; como economía&comma; seguimos reaccionando a los shocks -sean externos&comma; como el precio del petróleo&comma; o internos&comma; como la gestión del agua- sin aprovechar del todo los períodos de estabilidad para prepararnos mejor&period;<&sol;p>&NewLine;<p>La agenda pendiente es concreta&period; Implica&comma; en primer lugar&comma; tratar el agua como sistema&comma; integrando &lpar;drenaje&comma; agua potable y ordenamiento territorial bajo una misma lógica operativa&rpar;&period; En segundo lugar&comma; incorporar soluciones que reduzcan la presión sobre la infraestructura existente&comma; recuperando capacidad de absorción en la ciudad y ampliando el uso de captación y almacenamiento de agua de lluvia&period; En tercer lugar&comma; asumir este desafío como una agenda público-privada-social&comma; en la que la inversión pública&comma; la participación privada y los incentivos adecuados se alineen con cambios en el uso del suelo y en los patrones de consumo y gestión del agua a nivel ciudadano&period;<&sol;p>&NewLine;<p>Pero también implica algo menos visible&colon; actuar cuando no hay urgencia&comma; porque esto no es un problema de lluvias&semi; es de cómo gestionamos riesgos previsibles en una economía que aspira a crecer de forma más sostenible&period;<&sol;p>&NewLine;<p>Mientras no logremos anticipar -y no solo reaccionar-&comma; seguiremos enfrentando no solo eventos más disruptivos&comma; también límites silenciosos que terminan condicionando nuestro propio desarrollo&period;<&sol;p>&NewLine;<p> <&sol;p>&NewLine;

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