Economía
El problema no es cuando el petróleo sube
Cada vez que el precio del petróleo sube, la conversación se repite: inflación, subsidios, presión fiscal. El diagnóstico es conocido. Lo que sigue siendo menos evidente es por qué el país llega igual a cada ciclo.
Entre 2020 y 2021, los precios internacionales se mantuvieron en niveles inusualmente bajos, con el Brent incluso por debajo de US$50 por barril en varios momentos. Ese período ofrecía margen para ajustar. Sin embargo, el espacio se utilizó más para absorber el alivio que para reducir vulnerabilidades.
El contraste claro fue en 2022. Con el Brent por encima de US$120 por barril, el aumento en costos de transporte y flete se trasladó rápidamente a precios internos. La respuesta fue contundente: más de RD$80,000 millones en subsidios a combustibles, cerca de 1.3% del PIB, para contener el impacto. Era necesario. Pero también reflejó la ausencia de amortiguadores previos.
Hoy, con una factura petrolera que supera los US$4,500 millones anuales, equivalente a una proporción relevante de las importaciones totales de bienes, el patrón se mantiene. Cada aumento de US$10 por barril presiona simultáneamente la inflación, la cuenta corriente y el balance fiscal, en una economía que sigue siendo importadora neta de energía.
El problema no es el shock. Es que seguimos dependiendo de reaccionar. Parte de la agenda ya está definida desde hace años: focalización de subsidios, mayor eficiencia energética, diversificación de la matriz, y mejor estructuración de inversiones. Nada de esto es nuevo y, sin embargo, su implementación sigue siendo parcial.
No es un problema de diagnóstico. Es un problema de timing. Prepararse implica tomar decisiones en momentos en que no parecen urgentes. Y ahí es donde el sistema —público y privado— tiende a postergar. Porque ajustar en bonanza tiene costos. Y no ajustar los traslada, amplificados, al siguiente ciclo.
El resultado es una economía que crece y se adapta, pero que no termina de reducir su exposición. Aquí es donde la conversación debería cambiar. No hacia nuevas ideas, sino hacia compromisos más concretos: mecanismos de ahorro contracíclicos cuando los precios bajan, subsidios más precisos aunque impliquen costos políticos, y esquemas de inversión, incluyendo alianzas público – privadas, que prioricen ejecución sobre anuncio.
Nada de esto elimina la volatilidad del petróleo. Pero sí evita que cada ciclo empiece desde cero. Porque la resiliencia no se mide en la capacidad de reaccionar. Se mide en cuántas decisiones difíciles se tomaron cuando no eran urgentes. El petróleo va a volver a subir. La pregunta no es cuándo. Es si esta vez el país llegará mejor preparado o volverá a confirmar que el problema nunca fue el petróleo.
