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Economía

La infraestructura invisible 7/10

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Cuando se habla de crecimiento económico, la atención suele dirigirse a carreteras, puertos, aeropuertos, redes eléctricas y obras físicas de gran escala. La infraestructura visible tiene la ventaja de ser tangible, medible y políticamente exhibible. Sin embargo, existe otra infraestructura menos perceptible que condiciona de manera decisiva la calidad del crecimiento: la institucional. No aparece en el paisaje, pero determina cómo se asignan los recursos, cómo se resuelven disputas, cómo se aplican las reglas del juego y qué horizonte temporal asumen las decisiones de inversión.

Una economía puede expandirse con instituciones imperfectas. Lo que no puede hacer es converger de manera sostenida hacia niveles superiores de desarrollo sin fortalecer esa base invisible.

A lo largo de esta serie se ha planteado que crecer no es lo mismo que converger; que la convergencia requiere productividad, complejidad económica, resiliencia externa, cohesión territorial y arquitectura fiscal coherente. La calidad institucional atraviesa todas esas dimensiones. Es el sustrato que permite que la productividad escale, que la inversión asuma riesgos de largo plazo y que la política pública sea predecible.

Las decisiones de inversión de largo plazo dependen menos del ciclo económico y más de la previsibilidad normativa. Cuando las reglas cambian con frecuencia, cuando la aplicación es desigual o cuando los procesos administrativos son inciertos, el capital tiende a orientarse hacia actividades de retorno rápido y menor exposición regulatoria. La economía puede crecer en volumen, pero no necesariamente en sofisticación.

Los indicadores internacionales permiten medir esta dimensión con cierta objetividad comparativa. En los Worldwide Governance Indicators (WGI) 2023 del Banco Mundial, la República Dominicana se ubica aproximadamente en el percentil 56.6 en Efectividad Gubernamental, en el percentil 58.0 en Calidad Regulatoria, y en el percentil 37.7 en Control de la Corrupción. Estos percentiles indican la posición relativa del país frente al conjunto global de economías evaluadas.

El dato más relevante no es únicamente la posición absoluta, sino la comparación estructural. En los países miembros de la OCDE, los percentiles en estas dimensiones suelen situarse consistentemente por encima del 75–80. La distancia no es simbólica. Refleja diferencias en previsibilidad normativa, coherencia regulatoria, consistencia en aplicación de reglas y fortaleza institucional.

La percepción de corrupción refuerza este diagnóstico. En el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparency International, la República Dominicana obtuvo 37 puntos sobre 100, mostrando una ligera mejora respecto a años anteriores, pero permaneciendo por debajo del promedio mundial (aproximadamente 43) y significativamente por debajo del rango típico de los países OCDE, que se sitúan generalmente entre 66 y 70 puntos.

Esta brecha no constituye un juicio moral. Es un indicador del entorno de confianza en el que operan empresas, inversionistas y ciudadanos. Cuando la confianza institucional es limitada, los costos de transacción aumentan, los contratos se vuelven más complejos y la inversión incorpora una prima de riesgo adicional.

Esa prima de riesgo institucional no necesariamente se traduce en menor crecimiento inmediato. Se traduce en selección sectorial.

Las actividades intensivas en conocimiento —tecnología avanzada, manufactura sofisticada, servicios empresariales complejos, investigación aplicada— requieren estabilidad regulatoria, protección efectiva de contratos y previsibilidad intertemporal. Cuando ese entorno no está plenamente consolidado, el capital tiende a concentrarse en sectores menos expuestos a la incertidumbre institucional: construcción de rápida rotación, comercio de ciclo corto, servicios ligados a demanda inmediata o actividades protegidas por regímenes específicos.

El resultado no es necesariamente bajo crecimiento. Es una especialización persistente en actividades de menor complejidad tecnológica, lo cual conecta directamente con el análisis de diversificación y sofisticación económica desarrollado en artículos anteriores.

En otras palabras, la calidad institucional influye en qué sectores crecen, no solo en cuánto crece la economía. Si el entorno favorece decisiones de corto plazo, la estructura productiva tenderá a reproducir ese horizonte. Si el entorno reduce incertidumbre estructural y protege reglas estables, el sistema puede asumir proyectos de mayor sofisticación, retorno prolongado y aprendizaje tecnológico acumulativo.

La convergencia hacia estándares OCDE no depende únicamente de atraer inversión; depende de atraer y retener inversión que aprenda, innove, escale y eleve productividad sistémica.

La competencia económica es otro componente central de esta infraestructura invisible. En economías donde las reglas de competencia se aplican con independencia técnica y consistencia, las empresas enfrentan presión constante para mejorar eficiencia, reducir costos e innovar. Cuando las barreras de entrada son elevadas o la concentración se mantiene sin contrapesos efectivos, la presión competitiva disminuye. La economía puede mantener estabilidad en ciertos sectores, pero no necesariamente mejora su productividad promedio.

La convergencia exige que la competencia funcione como disciplina sistémica y no como principio declarativo.
La capacidad de implementación del Estado completa el cuadro institucional. No basta con aprobar leyes o anunciar estrategias nacionales. El impacto depende de la coherencia entre diseño normativo, ejecución administrativa y evaluación de resultados. Programas de formación técnica, incentivos productivos o inversiones estratégicas pueden fracasar no por su intención declarada, sino por debilidades en gestión, coordinación interinstitucional o seguimiento presupuestario.

En economías que han reducido brechas estructurales, la gestión pública incorpora evaluación rigurosa, presupuestos orientados a resultados y mecanismos de corrección temprana. La calidad institucional no es únicamente estabilidad normativa; es capacidad operativa sostenida y capacidad de aprendizaje administrativo.
La dimensión territorial añade una capa adicional. La infraestructura institucional no es homogénea en todo el país. La capacidad de gestión, supervisión y ejecución varía entre regiones. Si la institucionalidad subnacional es débil, la inversión pública no se traduce plenamente en aumento de productividad local. La convergencia interna —analizada en el artículo anterior— exige consistencia institucional en todo el territorio. Una economía fragmentada institucionalmente tiende también a fragmentarse productivamente.

La República Dominicana ha consolidado estabilidad macroeconómica durante décadas, y ese logro constituye una base importante. Sin embargo, estabilidad no equivale automáticamente a sofisticación institucional. Se puede crecer con reglas que funcionan de manera suficiente. Converger exige reglas que funcionen mejor que suficiente, que reduzcan incertidumbre estructural y que permitan al sistema productivo asumir riesgos de mayor complejidad.

La infraestructura visible impulsa actividad. La infraestructura invisible define trayectoria.

Mientras la discusión económica continúe centrada casi exclusivamente en cifras anuales de crecimiento, inflación o déficit, la dimensión institucional seguirá tratándose como variable secundaria. Sin embargo, si el objetivo es converger hacia estándares más exigentes —en productividad, complejidad, cohesión territorial y calidad fiscal— la calidad regulatoria, el Estado de derecho, el control efectivo de la corrupción, la competencia funcional y la capacidad administrativa deben ocupar el centro del análisis.

Crecer puede ser compatible con instituciones suficientes. Converger exige instituciones exigentes.
En esa diferencia estructural se juega la posibilidad de transformar expansión en desarrollo sostenido y acumulativo.

 

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