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Espectáculo

La fotografía como relato de Ricardo Piantini

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Cuando conocí a Ricardo Piantini no tenía una cámara en las manos. Éramos compañeros de aula como estudiantes de Derecho en la universidad. En aquellos años noventa elegir una carrera parecía responder a una lógica bastante clara: estudiar algo formal que pudiera garantizar un sustento.

Ejerció la abogacía durante una década y, aunque nunca le generó una inconformidad abierta, tampoco encontró allí su vocación. Desde temprano le atraían las artes: la pintura, el cine, la arquitectura.

En la fotografía halló un refugio, un espacio propio que equilibraba las jornadas largas en la oficina —tomaba cursos, participaba en grupos de fotógrafos aficionados— y, sin saberlo, comenzaba a entrenar la mirada.

La vida, sin embargo, tiene formas inesperadas de reordenar las prioridades. Un proceso delicado de salud lo obligó a detenerse y replantearse su rumbo. Fue entonces cuando decidió apostar por aquello que realmente lo apasionaba.

Empezar significaba construir una carrera desde cero: buscar clientes, descubrir qué fotografiar y en qué terreno podía desarrollar su propia voz. Poco a poco las oportunidades comenzaron a aparecer.

Hasta que en 2007 ganó el primer premio de fotografía en la XXIV Bienal Nacional de Artes Visuales de Santo Domingo con una obra sobre el feminicidio, un tema social que ya revelaba la sensibilidad de su propuesta.

Hoy su enfoque profesional abarca el retrato, la fotografía corporativa, de interiores y de arquitectura, así como la editorial. Pero en su obra más personal hay una búsqueda distinta: una mirada atenta a la sociedad, a esas escenas de lo cotidiano que revelan algo sobre nosotros.

Para Piantini, una fotografía no se agota en ser una imagen bella. Le interesa que cuente algo, que invite a pensar. Por eso se involucra tanto en cada retrato.

Como fotógrafo oficial de la primera edición del Festival Mar de Palabras, investigó a los autores invitados para comprender su obra y su personalidad antes de retratarlos. La luz, los ángulos y la composición son herramientas; lo esencial es capturar a la persona en ese momento.

Su formación jurídica, curiosamente, también dejó una huella en su método. Aquella disciplina rigurosa y meticulosa que exige el Derecho se transformó en una manera de trabajar cada imagen con minuciosidad. Investiga, observa, estudia el contexto. Nada queda completamente al azar.

Después de más de veinte años dedicado a la fotografía, sigue sintiéndose un aprendiz. Mantiene una inquietud constante: hacer mejores fotos, seguir aprendiendo y evolucionar. Más que tomar imágenes, Ricardo busca contar historias.

​Cuando conocí a Ricardo Piantini no tenía una cámara en las manos. Éramos compañeros de aula como estudiantes de Derecho en la universidad. En aquellos años noventa elegir una carrera parecía responder a una lógica bastante clara: estudiar algo formal que pudiera garantizar un sustento.Ejerció la abogacía durante una década y, aunque nunca le generó una inconformidad abierta, tampoco encontró allí su vocación. Desde temprano le atraían las artes: la pintura, el cine, la arquitectura. En la fotografía halló un refugio, un espacio propio que equilibraba las jornadas largas en la oficina —tomaba cursos, participaba en grupos de fotógrafos aficionados— y, sin saberlo, comenzaba a entrenar la mirada.La vida, sin embargo, tiene formas inesperadas de reordenar las prioridades. Un proceso delicado de salud lo obligó a detenerse y replantearse su rumbo. Fue entonces cuando decidió apostar por aquello que realmente lo apasionaba. Te puede interesar Víctor Colden, entre la memoria y el instante María Amalia León, una maestra constante Empezar significaba construir una carrera desde cero: buscar clientes, descubrir qué fotografiar y en qué terreno podía desarrollar su propia voz. Poco a poco las oportunidades comenzaron a aparecer. Hasta que en 2007 ganó el primer premio de fotografía en la XXIV Bienal Nacional de Artes Visuales de Santo Domingo con una obra sobre el feminicidio, un tema social que ya revelaba la sensibilidad de su propuesta.Hoy su enfoque profesional abarca el retrato, la fotografía corporativa, de interiores y de arquitectura, así como la editorial. Pero en su obra más personal hay una búsqueda distinta: una mirada atenta a la sociedad, a esas escenas de lo cotidiano que revelan algo sobre nosotros.Para Piantini, una fotografía no se agota en ser una imagen bella. Le interesa que cuente algo, que invite a pensar. Por eso se involucra tanto en cada retrato. Como fotógrafo oficial de la primera edición del Festival Mar de Palabras, investigó a los autores invitados para comprender su obra y su personalidad antes de retratarlos. La luz, los ángulos y la composición son herramientas; lo esencial es capturar a la persona en ese momento.Su formación jurídica, curiosamente, también dejó una huella en su método. Aquella disciplina rigurosa y meticulosa que exige el Derecho se transformó en una manera de trabajar cada imagen con minuciosidad. Investiga, observa, estudia el contexto. Nada queda completamente al azar.Después de más de veinte años dedicado a la fotografía, sigue sintiéndose un aprendiz. Mantiene una inquietud constante: hacer mejores fotos, seguir aprendiendo y evolucionar. Más que tomar imágenes, Ricardo busca contar historias. Leer más Nathalie Peña Comas y la voz como instrumento El humus literario de Diego Pérez Ordóñez Manuel Arias Maldonado, pensar desde el cine  Revista, columnistas, Jarouska Cocco, Santo Domingo, Fotografía, vocación, narrativa visual, Ricardo Piantini, Sensibilidad social 

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