Ciencia y Tecnología
Arqueólogos hallan indicios de un arma romana similar a una "ametralladora" en Pompeya
Durante siglos, las murallas del sector norte de Pompeya –mucho antes de quedar congeladas en el tiempo por la erupción del Vesubio– guardaron en silencio un pequeño enigma. Entre los enormes agujeros redondos que los proyectiles romanos abrieron en la piedra durante el asedio del año 89 a. C., aparecen también una serie de diminutas cavidades cuadrangulares, dispuestas en forma de abanico. Durante mucho tiempo, su origen no estuvo claro.
Ahora, un equipo de investigadores cree haber identificado una posible explicación, y resulta tan fascinante como inesperada: el ejército romano pudo haber utilizado algo parecido a una primitiva arma de disparo rápido, a veces comparada –de forma aproximada– con una ametralladora por su capacidad de disparo repetitivo.
Un arma romana de disparo repetitivo
Un nuevo estudio propone que ciertos patrones de daño en la fortificación norte de la ciudad fueron causados por un polibolo, una máquina de guerra diseñada para disparar proyectiles de forma repetitiva y relativamente rápida.
La hipótesis se basa en marcas de impacto muy particulares que aún pueden observarse entre las puertas Vesubio y Herculano. Según el estudio, publicado en la revista Heritage, estas cavidades cuadrangulares aparecen agrupadas y alineadas a intervalos regulares, formando patrones curvos que son compatibles con las descripciones antiguas atribuidas a esta arma.
Para entender el contexto, hay que retroceder al año 89 a. C., cuando Pompeya se unió a la rebelión de varias ciudades de la península itálica que exigían ciudadanía plena o independencia, en el marco de la llamada guerra Social (91–88 a. C.). La ciudad fue sitiada por el general romano Lucio Cornelio Sila, quien finalmente la incorporó a la República. Durante el asedio, sus murallas recibieron el impacto de diversa artillería romana.
Menos de dos siglos después, la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. cubrió Pompeya con gruesas capas de ceniza volcánica y piedra pómez. Y con ella quedaron también preservadas, casi intactas, las cicatrices de aquella batalla.
Las marcas en los muros de Pompeya y su análisis 3D
Las evidencias más claras corresponden a las catapultas conocidas como "escorpiones", que, según el estudio, disparaban proyectiles pesados y dejaron grandes agujeros circulares en los muros. Sin embargo, junto a ellos aparecen marcas muy distintas: pequeños orificios de cuatro lados dispuestos en forma de abanico, un patrón que, según describen los investigadores, no coincide con las armas romanas convencionales conocidas.
Para investigar su origen, un equipo dirigido por Adriana Rossi, de la Universidad de Campania, analizó las murallas mediante fotogrametría, escaneo láser y escaneo 3D de luz estructurada. Con estas técnicas crearon modelos digitales de alta resolución de cada impacto, lo que permitió estudiar con precisión sus dimensiones y orientación.
Los modelos resultantes sugieren el uso de un arma capaz de lanzar una rápida sucesión de dardos metálicos, cuya geometría coincide con la de las puntas piramidales de dardos conservadas en colecciones arqueológicas y museos.
El polibolo: el arma que solo existía en textos antiguos
Una de las explicaciones más plausibles es el polibolo, una balista repetitiva descrita por el ingeniero griego Filón de Bizancio en el siglo III a. C. El arma funcionaba mediante engranajes y una transmisión por cadena capaz de recargar los proyectiles de forma automática, y según las fuentes históricas habría sido inventada por Dionisio de Alejandría, quien trabajó en el arsenal de Rodas.
Curiosamente, ningún ejemplar arqueológico del políbolo ha llegado hasta nosotros; lo que se sabe de él procede únicamente de las fuentes escritas antiguas. Por eso, si las marcas de Pompeya corresponden realmente a esta máquina, podrían representar una evidencia física –aunque indirecta– de su uso en combate.
Los investigadores también sugieren que el modelo descrito por Filón pudo haber evolucionado con el tiempo. Para explicar la potencia necesaria para producir las marcas observadas, el estudio plantea la posible incorporación de un sistema de reducción de engranajes similar, según la propia analogía de los autores, a las marchas cortas de una bicicleta.
Reconstrucción moderna sugiere su viabilidad
No es una comparación casual. Según explica el estudio, el interés moderno por el polibolo resurgió en el siglo XIX, cuando los estudiosos alemanes Hermann Köchly y Wilhelm Rüstow analizaron las fragmentarias y a menudo imprecisas descripciones transmitidas por las fuentes antiguas, conservadas sin sus ilustraciones originales.
A partir de ese renovado interés, el oficial y arqueólogo alemán Erwin Schramm, basándose en su propia traducción al alemán del tratado griego de Filón de Bizancio, construyó años después una reconstrucción a escala real de esta catapulta automática. Para reproducir el sistema de transmisión, utilizó una cadena de bicicleta en lugar del mecanismo original. El dispositivo llegó a funcionar, lo que indica que el principio mecánico descrito en las fuentes antiguas podría ser técnicamente viable.
El interés por este ingenio antiguo también ha llegado a la cultura popular. En 2010, el programa MythBusters construyó una réplica del polibolo a partir de las descripciones de Filón de Bizancio, utilizando engranajes, cadena y una manivela para accionar el sistema de recarga. En las pruebas, el artefacto logró alcanzar distancias superiores a los 200 metros y una cadencia comparable a la de un arquero, aunque el mecanismo resultó complejo y propenso a fallos frecuentes. Los experimentadores concluyeron que la existencia histórica de un arma de este tipo era plausible, pese a que no existen registros claros de su uso en combate.
Ahora, los investigadores buscan avanzar un paso más allá. El equipo trabaja en la reconstrucción de un modelo virtual funcional del polibolo en 3D, cotejando los daños físicos de las murallas con las descripciones de Filón.
Si la hipótesis se confirma, las cicatrices en las murallas de Pompeya no solo conservarían el recuerdo de una ciudad que resistió y finalmente cayó. También podrían ofrecer una rara pista arqueológica sobre el uso de sistemas de disparo repetitivo en la guerra antigua. En ese caso, los muros de la ciudad enterrada por el Vesubio habrían preservado, durante más de dos mil años, la posible huella de una de las máquinas militares más sofisticadas que pudieron existir en los campos de batalla del mundo antiguo.
