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Tailandia tiene un problema: los muertos se le acumulan porque no los pueden cremar

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Tailandia tiene un problema: los muertos se le acumulan porque no los pueden cremar

Mientras los misiles siguen cayendo en Medio Oriente, su onda expansiva ha asfixiado a 600 millones de personas en el sudeste asiático por una crisis letal: la falta de combustible. 

El problema, tal y como recopila The New York Times, es una brecha abismal de reservas. Mientras vecinos ricos como Japón o Corea del Sur tienen crudo acumulado para más de 200 días, países como Vietnam o Indonesia sobreviven con lo justo para apenas tres semanas. Tailandia, por su parte, resiste con un margen de solo dos meses. Con esta bomba de relojería sobre la mesa, el colapso logístico no era una posibilidad; era solo cuestión de tiempo.

El efecto mariposa. En medio de este shock energético, el impacto más insólito y desgarrador se está viviendo en los templos de Tailandia. Un reportaje de investigación del South China Morning Post (SCMP) alerta de que la escasez de diésel está amenazando las ceremonias funerarias sagradas en este país de mayoría budista. En la tradición local, la cremación, que sigue a varias noches de cánticos, requiere hornos conectados a altas chimeneas. El humo que liberan es un ritual que, según sus creencias, ayuda a guiar a los espíritus hacia el cielo.

Hoy, esos hornos se están apagando. En Wat Saman Rattanaram, un famoso templo a unos 80 kilómetros al este de Bangkok, el abad Phra Ratchwachiraprachanart confesó al rotativo asiático que la suspensión de las cremaciones es inminente. "En más de 50 años, nunca he visto nada igual", lamentó. Al templo solo le quedan unos 200 litros de diésel, el equivalente a dos cremaciones, que es su media semanal. El problema se agrava por el racionamiento impuesto en las calles. Otro templo en el noreste del país ya ha tenido que suspender sus servicios funerarios porque las gasolineras locales se negaron a permitirles llenar bidones de plástico con combustible.

El colapso de las arterias económicas. Mientras los templos sufren, el pánico se apodera de las calles. El primer ministro tailandés, Anutin Charnvirakul, declaró a la agencia Xinhua que el país no enfrenta una escasez real de importaciones, sino una crisis de ansiedad pública. El miedo al desabastecimiento ha provocado compras de pánico, disparando el consumo diario de combustible de los habituales 60-67 millones de litros a unos desorbitados 84 millones.

Las consecuencias de este pánico son palpables. Una encuesta del Ministerio de Energía tailandés citada por el SCMP reveló que, de 1.500 gasolineras inspeccionadas, el 10% había cerrado por falta de suministro y casi el 70% reportaba niveles críticos. 

Un estrangulamiento logístico. Toda esta situación se está reflejando en los mercados, donde los vendedores no pueden conseguir frutas frescas porque los camioneros se niegan a realizar viajes largos, como la ruta de Pathum Thani a Chiang Mai, por terror a quedarse varados en la carretera con el depósito vacío.

Y la asfixia se extiende más allá de las fronteras tailandesas. Las cifras de The New York Times reflejan que en Laos, más del 40% de las gasolineras han tenido que cerrar; en Camboya, casi un tercio. En Tailandia, pescadores como Wittaya Lekdee tienen su barco camaronero amarrado a puerto porque el precio del combustible naval se ha disparado un 75%. En Filipinas, la situación es idéntica: pescadores que antes eran dueños de sus embarcaciones ahora buscan trabajo en otras ciudades para poder pagar el alquiler, al ser incapaces de hacer frente a los costes del diésel.

Medidas a la desesperada. Los gobiernos operan en modo de emergencia, tomando decisiones drásticas para intentar frenar la sangría. Según Reuters, Tailandia está intentando mantener un tope al precio del diésel en 33 baht (1,02 dólares) por litro, pero su Fondo del Petróleo ya acumula un déficit superior a los 12.000 millones de baht. En un giro geopolítico provocado por la necesidad, el país está negociando la compra de crudo a Rusia, al tiempo que recibe cargamentos de emergencia de Angola y Estados Unidos.

El ahorro de energía se ha convertido en una política de Estado. Como detalla la cobertura The Guardian, en Tailandia se ha ordenado a los funcionarios que dejen de usar corbata y lleven camisas de manga corta para poder subir el aire acondicionado a 26-27°C, además de suspender viajes al extranjero. Indonesia está acelerando un programa para mezclar diésel convencional con un 50% de biodiésel a base de aceite de palma. Por su parte, el gobierno de Filipinas ha implementado semanas laborales de cuatro días para muchos funcionarios y está entregando subsidios en efectivo de 5.000 pesos a los conductores de jeepneys (el transporte público local). Sin embargo, conductores como Elmer Carrascal explican al medio británico que este dinero apenas dura unos días, mientras sus ingresos diarios han caído de 1.000 a 400 pesos, una cantidad insuficiente incluso para comprar arroz.

Los daños colaterales invisibles. La onda expansiva de los altos precios del petróleo ha tocado sectores insospechados. The Straits Times advierte de una crisis inminente en el sistema sanitario tailandés: las ambulancias de 39 provincias están sufriendo por la falta de combustible. Con 14.213 vehículos de emergencia que requieren unos 71.065 litros diarios, el Instituto Nacional de Medicina de Emergencias (NIEM) ha tenido que recurrir a Facebook para rogar a las gasolineras que reserven entre 50 y 100 litros exclusivamente para salvar vidas. En provincias como Kalasin, las ambulancias municipales ya no pueden operar.

El sector agrícola e industrial también agoniza. El reportaje de The New York Times expone cómo en Vietnam el coste de los fertilizantes para cooperativas cafetaleras ha subido casi un 30% en dos semanas. En Tailandia, los fabricantes de envases para alimentos de mascotas se enfrentan a un encarecimiento del 40% en los pellets de plástico. En Myanmar, bajo un régimen militar que ha impuesto la conducción en días alternos, ciudadanas como Tin Hlaing Moe han sido multadas con 30.000 kyats (7,50 dólares) simplemente por usar su coche en un día prohibido para llevar a su madre infartada al hospital.

A veces, la escasez deja estampas que rozan lo surrealista: en la antigua capital tailandesa de Ayutthaya, un campamento ha informado al diario británico de que sus elefantes ahora deben caminar cinco kilómetros diarios para ir a trabajar, ya que no hay diésel para los camiones que solían transportarlos.

El precio final de una guerra ajena. El Estrecho de Ormuz está a más de 5.000 kilómetros de Bangkok, de Manila o de Hanói. Sin embargo, el bloqueo de sus aguas ha demostrado la extrema fragilidad del mundo globalizado. Lo que en los despachos internacionales se discute como una crisis geopolítica y de mercados energéticos, en el sudeste asiático se traduce en redes de pesca secas, ambulancias aparcadas y agricultores arruinados. 

Pero quizás ninguna imagen resuma mejor la profundidad de este desastre que la de los templos tailandeses; una región entera dándose cuenta de su vulnerabilidad, donde una guerra lejana no solo ha paralizado el mundo de los vivos, sino que amenaza con apagar el fuego que, durante siglos, ha guiado a sus muertos.

Imagen | Tevaprapas

Xataka | Si quedaba alguna esperanza por evitar una crisis energética histórica, Irán la ha arrinconado bombardeando Ras Laffan


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Tailandia tiene un problema: los muertos se le acumulan porque no los pueden cremar

fue publicada originalmente en

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por
Alba Otero

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 Mientras los misiles siguen cayendo en Medio Oriente, su onda expansiva ha asfixiado a 600 millones de personas en el sudeste asiático por una crisis letal: la falta de combustible. 
El problema, tal y como recopila The New York Times, es una brecha abismal de reservas. Mientras vecinos ricos como Japón o Corea del Sur tienen crudo acumulado para más de 200 días, países como Vietnam o Indonesia sobreviven con lo justo para apenas tres semanas. Tailandia, por su parte, resiste con un margen de solo dos meses. Con esta bomba de relojería sobre la mesa, el colapso logístico no era una posibilidad; era solo cuestión de tiempo.
El efecto mariposa. En medio de este shock energético, el impacto más insólito y desgarrador se está viviendo en los templos de Tailandia. Un reportaje de investigación del South China Morning Post (SCMP) alerta de que la escasez de diésel está amenazando las ceremonias funerarias sagradas en este país de mayoría budista. En la tradición local, la cremación, que sigue a varias noches de cánticos, requiere hornos conectados a altas chimeneas. El humo que liberan es un ritual que, según sus creencias, ayuda a guiar a los espíritus hacia el cielo.
Hoy, esos hornos se están apagando. En Wat Saman Rattanaram, un famoso templo a unos 80 kilómetros al este de Bangkok, el abad Phra Ratchwachiraprachanart confesó al rotativo asiático que la suspensión de las cremaciones es inminente. "En más de 50 años, nunca he visto nada igual", lamentó. Al templo solo le quedan unos 200 litros de diésel, el equivalente a dos cremaciones, que es su media semanal. El problema se agrava por el racionamiento impuesto en las calles. Otro templo en el noreste del país ya ha tenido que suspender sus servicios funerarios porque las gasolineras locales se negaron a permitirles llenar bidones de plástico con combustible.

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El colapso de las arterias económicas. Mientras los templos sufren, el pánico se apodera de las calles. El primer ministro tailandés, Anutin Charnvirakul, declaró a la agencia Xinhua que el país no enfrenta una escasez real de importaciones, sino una crisis de ansiedad pública. El miedo al desabastecimiento ha provocado compras de pánico, disparando el consumo diario de combustible de los habituales 60-67 millones de litros a unos desorbitados 84 millones.
Las consecuencias de este pánico son palpables. Una encuesta del Ministerio de Energía tailandés citada por el SCMP reveló que, de 1.500 gasolineras inspeccionadas, el 10% había cerrado por falta de suministro y casi el 70% reportaba niveles críticos. 
Un estrangulamiento logístico. Toda esta situación se está reflejando en los mercados, donde los vendedores no pueden conseguir frutas frescas porque los camioneros se niegan a realizar viajes largos, como la ruta de Pathum Thani a Chiang Mai, por terror a quedarse varados en la carretera con el depósito vacío.
Y la asfixia se extiende más allá de las fronteras tailandesas. Las cifras de The New York Times reflejan que en Laos, más del 40% de las gasolineras han tenido que cerrar; en Camboya, casi un tercio. En Tailandia, pescadores como Wittaya Lekdee tienen su barco camaronero amarrado a puerto porque el precio del combustible naval se ha disparado un 75%. En Filipinas, la situación es idéntica: pescadores que antes eran dueños de sus embarcaciones ahora buscan trabajo en otras ciudades para poder pagar el alquiler, al ser incapaces de hacer frente a los costes del diésel.
Medidas a la desesperada. Los gobiernos operan en modo de emergencia, tomando decisiones drásticas para intentar frenar la sangría. Según Reuters, Tailandia está intentando mantener un tope al precio del diésel en 33 baht (1,02 dólares) por litro, pero su Fondo del Petróleo ya acumula un déficit superior a los 12.000 millones de baht. En un giro geopolítico provocado por la necesidad, el país está negociando la compra de crudo a Rusia, al tiempo que recibe cargamentos de emergencia de Angola y Estados Unidos.
El ahorro de energía se ha convertido en una política de Estado. Como detalla la cobertura The Guardian, en Tailandia se ha ordenado a los funcionarios que dejen de usar corbata y lleven camisas de manga corta para poder subir el aire acondicionado a 26-27°C, además de suspender viajes al extranjero. Indonesia está acelerando un programa para mezclar diésel convencional con un 50% de biodiésel a base de aceite de palma. Por su parte, el gobierno de Filipinas ha implementado semanas laborales de cuatro días para muchos funcionarios y está entregando subsidios en efectivo de 5.000 pesos a los conductores de jeepneys (el transporte público local). Sin embargo, conductores como Elmer Carrascal explican al medio británico que este dinero apenas dura unos días, mientras sus ingresos diarios han caído de 1.000 a 400 pesos, una cantidad insuficiente incluso para comprar arroz.
Los daños colaterales invisibles. La onda expansiva de los altos precios del petróleo ha tocado sectores insospechados. The Straits Times advierte de una crisis inminente en el sistema sanitario tailandés: las ambulancias de 39 provincias están sufriendo por la falta de combustible. Con 14.213 vehículos de emergencia que requieren unos 71.065 litros diarios, el Instituto Nacional de Medicina de Emergencias (NIEM) ha tenido que recurrir a Facebook para rogar a las gasolineras que reserven entre 50 y 100 litros exclusivamente para salvar vidas. En provincias como Kalasin, las ambulancias municipales ya no pueden operar.
El sector agrícola e industrial también agoniza. El reportaje de The New York Times expone cómo en Vietnam el coste de los fertilizantes para cooperativas cafetaleras ha subido casi un 30% en dos semanas. En Tailandia, los fabricantes de envases para alimentos de mascotas se enfrentan a un encarecimiento del 40% en los pellets de plástico. En Myanmar, bajo un régimen militar que ha impuesto la conducción en días alternos, ciudadanas como Tin Hlaing Moe han sido multadas con 30.000 kyats (7,50 dólares) simplemente por usar su coche en un día prohibido para llevar a su madre infartada al hospital.
A veces, la escasez deja estampas que rozan lo surrealista: en la antigua capital tailandesa de Ayutthaya, un campamento ha informado al diario británico de que sus elefantes ahora deben caminar cinco kilómetros diarios para ir a trabajar, ya que no hay diésel para los camiones que solían transportarlos.

El precio final de una guerra ajena. El Estrecho de Ormuz está a más de 5.000 kilómetros de Bangkok, de Manila o de Hanói. Sin embargo, el bloqueo de sus aguas ha demostrado la extrema fragilidad del mundo globalizado. Lo que en los despachos internacionales se discute como una crisis geopolítica y de mercados energéticos, en el sudeste asiático se traduce en redes de pesca secas, ambulancias aparcadas y agricultores arruinados. 
Pero quizás ninguna imagen resuma mejor la profundidad de este desastre que la de los templos tailandeses; una región entera dándose cuenta de su vulnerabilidad, donde una guerra lejana no solo ha paralizado el mundo de los vivos, sino que amenaza con apagar el fuego que, durante siglos, ha guiado a sus muertos.
Imagen | Tevaprapas
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