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Economía

¿Hacia dónde va la guagua? Entre la IA y el precio del plátano

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Hoy decido alejarme del rigor técnico de los seguros para observar el país de contrastes en el que vivimos. Somos una nación de matices extremos: celebramos a nuestros peloteros que hacen vibrar el mundo con esa cultura bullosa y caribeña, a veces ofensiva, pero siempre contagiosa, mientras, paradójicamente, ignoramos las crisis globales que acechan a nuestra puerta.

Observamos con desconexión cómo las decisiones en Washington, bajo el volátil tablero de Oriente Próximo, amenazan nuestra estabilidad.

Resulta irónico que, mientras figuras históricas como Richard Nixon y Henry Kissinger, pese a sus claroscuros, buscaron equilibrios de poder en la región, hoy el avispero parece agitarse sin una hoja de ruta clara, afectando directamente nuestra economía dependiente.

En un reciente congreso de seguros, el Presidente volvió a ajustar el cronograma de la Estrategia Nacional de Desarrollo, apuntando a duplicar el PIB para el 2036. Sin embargo, los síntomas de nuestra economía cuentan otra historia: entramos en una fase de desaceleración, arrastrando un lastre de gastos corrientes y subsidios incongruentes.

Seguimos perdiendo dinero en un sistema eléctrico deficitario y en un modelo educativo que no logra rescatar a jóvenes perdidos entre la pantalla del móvil y el espejismo de la Inteligencia Artificial. Mientras tanto, en el barrio, “la doña” sigue anotando en su cuaderno el “fiao”, porque el presupuesto familiar simplemente no alcanza.

El déficit no es exclusivo de los hogares; es la norma del Gobierno, que compensa sus carencias con un endeudamiento agresivo, hipotecando un futuro incierto. Cada mes, el Banco Central y el Ministerio de Turismo inundan los titulares con cifras récord de remesas y visitantes.

Pero cabe preguntarse: ¿de qué sirven esos números si no se traducen en bienestar real? ¿De qué vale contar cabezas en las playas si el turista no consume nuestra cultura ni dinamiza la producción local? ¿Y qué ganamos como nación si nuestro mayor activo, la juventud, debe emigrar para enviar “míseros dólares” que solo sirven para la subsistencia?

Nuestros líderes parecen más enfocados en cómo repartirse el pastel que en resolver problemas agobiantes como el tránsito. El caos vial no es solo un tema de tiempo perdido; es una sangría humana que deja más de 30,000 discapacitados al año, convirtiéndose en una carga económica y emocional para las familias y el Estado. Ante esto, solo recibimos “parches” que suelen favorecer intereses particulares en lugar del bien común.

En medio de este escenario, las pequeñas y medianas empresas (pymes), responsables de la mayor parte del empleo, sobreviven a duras penas. El empresario local “deja el forro en el aro” lidiando con impuestos anticipados, intereses elevados y la morosidad de un Estado que es, al mismo tiempo, su mayor cliente y su peor pagador.

Vivimos en el país de las contradicciones. Se nos dice que hoy tenemos una justicia independiente y, sin embargo, parece ser el momento en que más funcionarios se sienten motivados a depredar el erario.

Ni siquiera el presupuesto de salud para los más pobres se ha salvado de la corrupción.

A pesar de todo, la fiesta no se detiene. Seguimos de celebración en celebración, con periódicos saturados de publicidad gubernamental que intenta, infructuosamente, matizar la ineptitud con propaganda. La guagua sigue corriendo, pero las preguntas siguen en el aire: ¿realmente sabemos hacia dónde va? ¿Cuándo tendremos un buen conductor?

 

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