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El edificio más feo y odiado de París es su único rascacielos. Como no lo pueden demoler han dado con otra solución: invisibilizarlo

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El edificio más feo y odiado de París es su único rascacielos. Como no lo pueden demoler han dado con otra solución: invisibilizarlo

Durante más de medio siglo, el horizonte de París ha permanecido prácticamente congelado. A lo mejor no te has dado cuenta, pero en el centro histórico prácticamente ningún edificio puede superar las siete plantas. Esa norma nació tras una polémica construcción de los años setenta que provocó tal rechazo público que cambió para siempre las reglas urbanísticas de la ciudad. Hoy, aquel experimento arquitectónico vuelve a estar en el centro del debate.

Y han encontrado una solución.

La torre que nunca debió existir. En una ciudad famosa por su horizonte uniforme de edificios de piedra de seis o siete plantas, la silueta oscura de la Torre Montparnasse lleva más de 50 años rompiendo la armonía visual de París. Inaugurada en 1973 con 59 plantas y cerca de 210 metros de altura, la mole nació como símbolo del progreso en una capital que trataba de modernizarse tras la posguerra y transformar el deteriorado barrio de Montparnasse en un distrito de negocios. 

El proyecto contaba con el respaldo político del presidente Georges Pompidou y del ministro de Cultura André Malraux, y debía demostrar que la ciudad podía abrazar “la modernidad de la electricidad”, los trenes rápidos y las telecomunicaciones. Sin embargo, el resultado fue un enorme monolito de acero y cristal color marrón oscuro que sobresalía de forma brutal sobre el tejido urbano del siglo XIX, convirtiéndose casi de inmediato en el edificio más odiado de la capital.

Envejecer demasiado rápido. Como suele ocurrir en proyectos hiperbólicos que no terminan bien, el problema comenzó incluso antes de que la torre estuviera terminada. El plan había sido concebido en los años cincuenta, pero no pudo iniciarse hasta finales de los sesenta por falta de tecnología, dinero y experiencia para construir un rascacielos de esas dimensiones en Europa. 

Cuando finalmente se levantó, su estética de cierto modernismo tardío ya parecía anticuada, y su color oscuro (comparado por algunos críticos con una mancha de nicotina) contrastaba de forma violenta con la arquitectura clásica parisina. Se convirtió casi al instante en un renglón torcido de la capital. 

Tour Montparnasse 2

La oveja negra. La reacción pública fue tan negativa que apenas cuatro años después de su inauguración el Ayuntamiento prohibió construir edificios de más de siete plantas en el centro de la ciudad, expulsando los rascacielos hacia el distrito de negocios de La Défense. 

Desde entonces, la torre ha permanecido como una anomalía urbana o, si se quiere, como un recordatorio a evitar: el único rascacielos en el París histórico.

D

El edificio más repudiado de la ciudad más fotografiada. A lo largo de las décadas, muchas construcciones polémicas de París terminaron siendo aceptadas e incluso queridas, desde la mismísima Torre Eiffel hasta la pirámide del Louvre o el Centro Pompidou. La Torre Montparnasse, en cambio, nunca logró reconciliarse con los parisinos. Las bromas sobre su presencia se convirtieron en parte de la cultura popular: muchos dicen que la mejor vista de París es desde su mirador porque es el único lugar desde donde no se ve la torre. Otros la describen como la caja en la que llegó empaquetada la Torre Eiffel. 

Incluso políticos locales han calificado el edificio de “catástrofe urbana”, y durante años surgieron propuestas para derribarlo por completo. Sin embargo, a pesar del rechazo generalizado, el rascacielos también ha mantenido una curiosa vida cultural. Por ejemplo, el famoso “Spiderman francés” Alain Robert escaló la torre, y también ha aparecido en películas y sigue atrayendo a turistas que suben a su plataforma de observación para contemplar la ciudad.

Tour Montparnasse View Arc

Una demolición imposible. Es posible que lo estés pensando. Si París en peso odia su propia creación, ¿por qué demonios no la han tumbado? A pesar de lo tentadora que resulta para muchos la idea de eliminar la torre del horizonte parisino, derribarla nunca fue una opción realista. ¿La razón? El edificio sigue albergando oficinas, tiene una enorme infraestructura comercial en su base y su demolición implicaría un coste gigantesco además de enormes problemas logísticos y ambientales. 

Incluso quienes desearían verla desaparecer reconocen que sería financieramente inviable. La torre es demasiado grande, demasiado compleja y está demasiado integrada en el barrio para simplemente borrarla del mapa. Esa realidad obligó a la ciudad y a los promotores a buscar una solución alternativa: si no se podía destruir el rascacielos más odiado de París, habría que intentar transformarlo.

O directamente borrarlo.

Montparnasse Tower Paris France City Buildings Metropolitan View 696282 Jpg D

La solución: hacerlo desaparecer. De esa paradoja nació uno de los proyectos de renovación urbana más ambiciosos de la ciudad. Porque la estrategia no consiste en demoler la Torre Montparnasse, sino en alterar radicalmente su apariencia para que, en esencia no se “vea” y deje de dominar el horizonte parisino. 

El plan, impulsado por un consorcio de arquitectos franceses y acompañado por la remodelación del entorno diseñada por Renzo Piano, pretende sustituir la fachada oscura por una especie de piel de cristal transparente atravesada por terrazas ajardinadas, balcones y jardines verticales que fragmenten visualmente el volumen del edificio. La idea es bastante clara: aligerar su presencia hasta el punto de que el gigantesco bloque marrón deje de imponerse sobre el skyline

Un “truco” de 700 millones. La transformación de la torre y de todo el complejo urbano que la rodea superará los 700 millones de euros y pretende convertir un entorno degradado (marcado por un centro comercial casi abandonado y una plataforma de hormigón poco acogedora) en un espacio abierto con plazas, paseos peatonales, zonas verdes y nuevas conexiones con el barrio. 

De esta forma, la torre conservará su estructura original para reducir emisiones de carbono durante la construcción, incorporará tecnologías energéticas más eficientes y añadirá jardines en altura y un invernadero en la azotea. El proyecto lleva años atrapado entre debates políticos, preocupaciones vecinales y discusiones arquitectónicas, pero el cierre del edificio para desalojar a los inquilinos abre ahora la puerta al inicio de las obras.

El extraño destino de la mole de Montparnasse. En definitiva, más de cincuenta años después de aquella atolondrada inauguración, la Torre Montparnasse sigue siendo una anomalía repudiada en la ciudad que prohibió los rascacielos tras su construcción. Paradójicamente, esa misma singularidad la ha convertido también en una especie de icono involuntario de París: porque aparece en sets de Lego, en películas y en guías turísticas, mientras miles de visitantes continúan subiendo a su mirador. 

Si se quiere también, su destino refleja una de las tensiones permanentes de la capital francesa entre conservación y modernidad. Durante décadas fue el símbolo de un error grosero urbanístico. Ahora París intenta convertir ese mismo “fallo” en otra cosa: un rascacielos que, sin desaparecer del todo, deje de imponerse sobre la ciudad que durante medio siglo ha intentado ignorarlo.

Imagen | Андрей Бобровский, ASaber91, victortsu, Steven Strehl, PXHere

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El edificio más feo y odiado de París es su único rascacielos. Como no lo pueden demoler han dado con otra solución: invisibilizarlo

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Miguel Jorge

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​Durante más de medio siglo, el horizonte de París ha permanecido prácticamente congelado. A lo mejor no te has dado cuenta, pero en el centro histórico prácticamente ningún edificio puede superar las siete plantas. Esa norma nació tras una polémica construcción de los años setenta que provocó tal rechazo público que cambió para siempre las reglas urbanísticas de la ciudad. Hoy, aquel experimento arquitectónico vuelve a estar en el centro del debate.

Y han encontrado una solución.

La torre que nunca debió existir. En una ciudad famosa por su horizonte uniforme de edificios de piedra de seis o siete plantas, la silueta oscura de la Torre Montparnasse lleva más de 50 años rompiendo la armonía visual de París. Inaugurada en 1973 con 59 plantas y cerca de 210 metros de altura, la mole nació como símbolo del progreso en una capital que trataba de modernizarse tras la posguerra y transformar el deteriorado barrio de Montparnasse en un distrito de negocios. 

El proyecto contaba con el respaldo político del presidente Georges Pompidou y del ministro de Cultura André Malraux, y debía demostrar que la ciudad podía abrazar “la modernidad de la electricidad”, los trenes rápidos y las telecomunicaciones. Sin embargo, el resultado fue un enorme monolito de acero y cristal color marrón oscuro que sobresalía de forma brutal sobre el tejido urbano del siglo XIX, convirtiéndose casi de inmediato en el edificio más odiado de la capital.

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Envejecer demasiado rápido. Como suele ocurrir en proyectos hiperbólicos que no terminan bien, el problema comenzó incluso antes de que la torre estuviera terminada. El plan había sido concebido en los años cincuenta, pero no pudo iniciarse hasta finales de los sesenta por falta de tecnología, dinero y experiencia para construir un rascacielos de esas dimensiones en Europa. 

Cuando finalmente se levantó, su estética de cierto modernismo tardío ya parecía anticuada, y su color oscuro (comparado por algunos críticos con una mancha de nicotina) contrastaba de forma violenta con la arquitectura clásica parisina. Se convirtió casi al instante en un renglón torcido de la capital. 

La oveja negra. La reacción pública fue tan negativa que apenas cuatro años después de su inauguración el Ayuntamiento prohibió construir edificios de más de siete plantas en el centro de la ciudad, expulsando los rascacielos hacia el distrito de negocios de La Défense. 

Desde entonces, la torre ha permanecido como una anomalía urbana o, si se quiere, como un recordatorio a evitar: el único rascacielos en el París histórico.

El edificio más repudiado de la ciudad más fotografiada. A lo largo de las décadas, muchas construcciones polémicas de París terminaron siendo aceptadas e incluso queridas, desde la mismísima Torre Eiffel hasta la pirámide del Louvre o el Centro Pompidou. La Torre Montparnasse, en cambio, nunca logró reconciliarse con los parisinos. Las bromas sobre su presencia se convirtieron en parte de la cultura popular: muchos dicen que la mejor vista de París es desde su mirador porque es el único lugar desde donde no se ve la torre. Otros la describen como la caja en la que llegó empaquetada la Torre Eiffel. 

Incluso políticos locales han calificado el edificio de “catástrofe urbana”, y durante años surgieron propuestas para derribarlo por completo. Sin embargo, a pesar del rechazo generalizado, el rascacielos también ha mantenido una curiosa vida cultural. Por ejemplo, el famoso “Spiderman francés” Alain Robert escaló la torre, y también ha aparecido en películas y sigue atrayendo a turistas que suben a su plataforma de observación para contemplar la ciudad.

Una demolición imposible. Es posible que lo estés pensando. Si París en peso odia su propia creación, ¿por qué demonios no la han tumbado? A pesar de lo tentadora que resulta para muchos la idea de eliminar la torre del horizonte parisino, derribarla nunca fue una opción realista. ¿La razón? El edificio sigue albergando oficinas, tiene una enorme infraestructura comercial en su base y su demolición implicaría un coste gigantesco además de enormes problemas logísticos y ambientales. 

Incluso quienes desearían verla desaparecer reconocen que sería financieramente inviable. La torre es demasiado grande, demasiado compleja y está demasiado integrada en el barrio para simplemente borrarla del mapa. Esa realidad obligó a la ciudad y a los promotores a buscar una solución alternativa: si no se podía destruir el rascacielos más odiado de París, habría que intentar transformarlo.

O directamente borrarlo.

La solución: hacerlo desaparecer. De esa paradoja nació uno de los proyectos de renovación urbana más ambiciosos de la ciudad. Porque la estrategia no consiste en demoler la Torre Montparnasse, sino en alterar radicalmente su apariencia para que, en esencia no se “vea” y deje de dominar el horizonte parisino. 

El plan, impulsado por un consorcio de arquitectos franceses y acompañado por la remodelación del entorno diseñada por Renzo Piano, pretende sustituir la fachada oscura por una especie de piel de cristal transparente atravesada por terrazas ajardinadas, balcones y jardines verticales que fragmenten visualmente el volumen del edificio. La idea es bastante clara: aligerar su presencia hasta el punto de que el gigantesco bloque marrón deje de imponerse sobre el skyline. 

Un “truco” de 700 millones. La transformación de la torre y de todo el complejo urbano que la rodea superará los 700 millones de euros y pretende convertir un entorno degradado (marcado por un centro comercial casi abandonado y una plataforma de hormigón poco acogedora) en un espacio abierto con plazas, paseos peatonales, zonas verdes y nuevas conexiones con el barrio. 

De esta forma, la torre conservará su estructura original para reducir emisiones de carbono durante la construcción, incorporará tecnologías energéticas más eficientes y añadirá jardines en altura y un invernadero en la azotea. El proyecto lleva años atrapado entre debates políticos, preocupaciones vecinales y discusiones arquitectónicas, pero el cierre del edificio para desalojar a los inquilinos abre ahora la puerta al inicio de las obras.

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El extraño destino de la mole de Montparnasse. En definitiva, más de cincuenta años después de aquella atolondrada inauguración, la Torre Montparnasse sigue siendo una anomalía repudiada en la ciudad que prohibió los rascacielos tras su construcción. Paradójicamente, esa misma singularidad la ha convertido también en una especie de icono involuntario de París: porque aparece en sets de Lego, en películas y en guías turísticas, mientras miles de visitantes continúan subiendo a su mirador. 

Si se quiere también, su destino refleja una de las tensiones permanentes de la capital francesa entre conservación y modernidad. Durante décadas fue el símbolo de un error grosero urbanístico. Ahora París intenta convertir ese mismo “fallo” en otra cosa: un rascacielos que, sin desaparecer del todo, deje de imponerse sobre la ciudad que durante medio siglo ha intentado ignorarlo.

Imagen | Андрей Бобровский, ASaber91, victortsu, Steven Strehl, PXHere

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Miguel Jorge

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