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La turbia historia de Fanta: el bloqueo de ingredientes a la Alemania nazi llevó a Coca Cola a tirar de suero y pulpa de manzana

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La turbia historia de Fanta: el bloqueo de ingredientes a la Alemania nazi llevó a Coca Cola a tirar de suero y pulpa de manzana

Cuando abres una Fanta, difícilmente piensas en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esta bebida con sabor a frutas nació en 1940 dentro de la Alemania nazi. Era una solución de Coca-Cola, dueña de la marca, al bloqueo de ingredientes que los aliados impusieron al país. Todo un giro comercial que tendría como fruto una de las bebidas más populares de la compañía.

A bloquear. En septiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia y el Reino Unido y Francia declararon la guerra al Tercer Reich, las consecuencias económicas se propagaron mucho más allá de los frentes de batalla. Las multinacionales americanas que mantenían lazos industriales con territorio alemán vieron interrumpida la comunicación con sus filiales. El bloqueo naval británico cerró los puertos; el comercio con Estados Unidos, que había crecido durante toda la década anterior, se detuvo.

La situación de Coca-Cola. La compañía llevaba operando en Alemania desde 1929. Max Keith era un directivo alemán que había asumido el control de la filial y había construido desde cero una infraestructura gigante con plantas embotelladoras y redes de distribución. Hasta había conseguido producir por su cuenta siete de los nueve ingredientes secretos. Pero el jarabe concentrado viajaba a Alemania desde Atlanta, sede de Coca-Cola. Cuando el embargo cortó ese suministro, las plantas se paralizaron. La alternativa era el cierre, pero Keith no cedió.

Los restos. Lo que hizo fue buscar sustitutos en lo que tenía a mano, residuos de otras industrias alimentarias. Como contaba el experto Mark Pendergrast, “lo que quedaba de lo que quedaba”: el suero de leche, subproducto de la elaboración del queso; la pulpa de manzana sobrante de las prensas de sidra; cáscaras de frutas; azúcar de remolacha, porque la caña de azúcar era un lujo… el líquido resultante era de un amarillo pardusco, mucho menos dulce que cualquier refresco moderno, y su sabor cambiaba de un lote a otro dependiendo de qué ingredientes hubiera disponibles.

Un nombre. Keith reunió a su equipo para bautizar la bebida. Les pidió que usaran la imaginación, la Fantasie. Y de ahí salió directamente el nombre, con la ventaja de que funcionaba casi en cualquier idioma sin necesidad de traducción ni adaptación fonética. Fue un éxito inmediato: en 1943 Coca-Cola vendió aproximadamente tres millones de cajas de Fanta en Alemania. Y aunque el refresco nunca tuvo una vinculación directa con los nazis, Keith sí que logró integrar su publicidad en los actos del régimen, incluyendo las olimpiadas de Berlín de 1936. De hecho, pudo haber registrado Fanta a su propio nombre, pero no lo hizo.

Un éxito. Fanta no se bebía únicamente como refresco. El racionamiento de azúcar era tan severo en la Alemania de guerra que en muchos hogares alemanes se utilizaba para endulzar sopas y guisos. Keith había conseguido en 1941 una exención parcial del racionamiento de azúcar, por lo que no solo era un refresco, sino también un edulcorante accesible.

No fue un caso aislado. Fanta no fue una rareza. La industria alimentaria de la Segunda Guerra Mundial reformuló varios productos forzada por embargos y racionamientos. Nescafé, lanzado en 1938, surgió de la necesidad de dar salida al excedente de café brasileño en una época de crisis comercial: su formato soluble permitía distribuirlo en condiciones logísticas difíciles, y se convirtió en suministro estándar del ejército americano. La margarina fue un sustituto de la mantequilla en tiempos de escasez napoleónica, y experimentó en los años cuarenta una segunda expansión masiva en Europa porque la mantequilla estaba racionada.

Post-guerra. Cuando en abril de 1955 Coca-Cola relanzó Fanta en Nápoles con una fórmula de naranja elaborada a partir de cítricos locales, el nombre era lo único que la conectaba con la posguerra alemana. La empresa italiana SNIBEG había desarrollado la receta por su cuenta y Coca-Cola la compró, adjudicándole el nombre del que ya tenía la propiedad intelectual. Desde ahí creció: llegó a Estados Unidos en 1958 y se expandió globalmente a lo largo de los años sesenta y setenta.

Spot conflictivo. Sin embargo, el pasado alemán de la bebida se cernió sobre la marca en 2015, cuando Coca-Cola lanzó en Alemania una edición especial para el 75 aniversario de Fanta. Era una reedición de la receta original, con un 30% de suero y extracto de manzana, distribuido en botellas de vidrio que evocaban el diseño de los años cuarenta. El vídeo de campaña era especialmente inadecuado, pues solo hablaba de ingenio en tiempos de escasez y obviaba el motivo de ese ingenio: embargos de guerra contra la Alemania nazi. Concluía invitando a los espectadores a recuperar “la sensación de los buenos tiempos de antes”. El vídeo fue retirado tras el rechazo frontal de público y prensa.

Fue inevitable recordar entonces a marcas como Volkswagen, cuyo nombre alude directamente al programa de automoción del régimen nazi y cuyas plantas utilizaron trabajo forzado durante la guerra; o como Hugo Boss, que fabricó uniformes militares para las SS y la Wehrmacht; o como la filial alemana de IBM, Dehomag, que proporcionó al régimen la tecnología de tarjetas perforadas que permitió censar, clasificar y rastrear poblaciones enteras con una velocidad que los métodos manuales hacían imposible. Orígenes a veces turbios por el contexto, pero que dejan en el aire unas cuantas preguntas sobre el papel inhumano de cualquier industria. Lo que incluye las chispas de la vida.

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La turbia historia de Fanta: el bloqueo de ingredientes a la Alemania nazi llevó a Coca Cola a tirar de suero y pulpa de manzana

fue publicada originalmente en

Xataka

por
John Tones

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​Cuando abres una Fanta, difícilmente piensas en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esta bebida con sabor a frutas nació en 1940 dentro de la Alemania nazi. Era una solución de Coca-Cola, dueña de la marca, al bloqueo de ingredientes que los aliados impusieron al país. Todo un giro comercial que tendría como fruto una de las bebidas más populares de la compañía.

A bloquear. En septiembre de 1939, cuando Alemania invadió Polonia y el Reino Unido y Francia declararon la guerra al Tercer Reich, las consecuencias económicas se propagaron mucho más allá de los frentes de batalla. Las multinacionales americanas que mantenían lazos industriales con territorio alemán vieron interrumpida la comunicación con sus filiales. El bloqueo naval británico cerró los puertos; el comercio con Estados Unidos, que había crecido durante toda la década anterior, se detuvo.

La situación de Coca-Cola. La compañía llevaba operando en Alemania desde 1929. Max Keith era un directivo alemán que había asumido el control de la filial y había construido desde cero una infraestructura gigante con plantas embotelladoras y redes de distribución. Hasta había conseguido producir por su cuenta siete de los nueve ingredientes secretos. Pero el jarabe concentrado viajaba a Alemania desde Atlanta, sede de Coca-Cola. Cuando el embargo cortó ese suministro, las plantas se paralizaron. La alternativa era el cierre, pero Keith no cedió.

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Se suponía que la IA iba a abaratar costes y reducir personal. El anuncio de Coca-Cola ilustra lo mucho que nos equivocábamos

Los restos. Lo que hizo fue buscar sustitutos en lo que tenía a mano, residuos de otras industrias alimentarias. Como contaba el experto Mark Pendergrast, “lo que quedaba de lo que quedaba”: el suero de leche, subproducto de la elaboración del queso; la pulpa de manzana sobrante de las prensas de sidra; cáscaras de frutas; azúcar de remolacha, porque la caña de azúcar era un lujo… el líquido resultante era de un amarillo pardusco, mucho menos dulce que cualquier refresco moderno, y su sabor cambiaba de un lote a otro dependiendo de qué ingredientes hubiera disponibles.
Un nombre. Keith reunió a su equipo para bautizar la bebida. Les pidió que usaran la imaginación, la Fantasie. Y de ahí salió directamente el nombre, con la ventaja de que funcionaba casi en cualquier idioma sin necesidad de traducción ni adaptación fonética. Fue un éxito inmediato: en 1943 Coca-Cola vendió aproximadamente tres millones de cajas de Fanta en Alemania. Y aunque el refresco nunca tuvo una vinculación directa con los nazis, Keith sí que logró integrar su publicidad en los actos del régimen, incluyendo las olimpiadas de Berlín de 1936. De hecho, pudo haber registrado Fanta a su propio nombre, pero no lo hizo.

Un éxito. Fanta no se bebía únicamente como refresco. El racionamiento de azúcar era tan severo en la Alemania de guerra que en muchos hogares alemanes se utilizaba para endulzar sopas y guisos. Keith había conseguido en 1941 una exención parcial del racionamiento de azúcar, por lo que no solo era un refresco, sino también un edulcorante accesible.
No fue un caso aislado. Fanta no fue una rareza. La industria alimentaria de la Segunda Guerra Mundial reformuló varios productos forzada por embargos y racionamientos. Nescafé, lanzado en 1938, surgió de la necesidad de dar salida al excedente de café brasileño en una época de crisis comercial: su formato soluble permitía distribuirlo en condiciones logísticas difíciles, y se convirtió en suministro estándar del ejército americano. La margarina fue un sustituto de la mantequilla en tiempos de escasez napoleónica, y experimentó en los años cuarenta una segunda expansión masiva en Europa porque la mantequilla estaba racionada.
Post-guerra. Cuando en abril de 1955 Coca-Cola relanzó Fanta en Nápoles con una fórmula de naranja elaborada a partir de cítricos locales, el nombre era lo único que la conectaba con la posguerra alemana. La empresa italiana SNIBEG había desarrollado la receta por su cuenta y Coca-Cola la compró, adjudicándole el nombre del que ya tenía la propiedad intelectual. Desde ahí creció: llegó a Estados Unidos en 1958 y se expandió globalmente a lo largo de los años sesenta y setenta.

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El “divorcio” entre Coca-Cola y Nestlé deja una gran pregunta: a quién pertenece la “fórmula” del refresco

Spot conflictivo. Sin embargo, el pasado alemán de la bebida se cernió sobre la marca en 2015, cuando Coca-Cola lanzó en Alemania una edición especial para el 75 aniversario de Fanta. Era una reedición de la receta original, con un 30% de suero y extracto de manzana, distribuido en botellas de vidrio que evocaban el diseño de los años cuarenta. El vídeo de campaña era especialmente inadecuado, pues solo hablaba de ingenio en tiempos de escasez y obviaba el motivo de ese ingenio: embargos de guerra contra la Alemania nazi. Concluía invitando a los espectadores a recuperar “la sensación de los buenos tiempos de antes”. El vídeo fue retirado tras el rechazo frontal de público y prensa.

Fue inevitable recordar entonces a marcas como Volkswagen, cuyo nombre alude directamente al programa de automoción del régimen nazi y cuyas plantas utilizaron trabajo forzado durante la guerra; o como Hugo Boss, que fabricó uniformes militares para las SS y la Wehrmacht; o como la filial alemana de IBM, Dehomag, que proporcionó al régimen la tecnología de tarjetas perforadas que permitió censar, clasificar y rastrear poblaciones enteras con una velocidad que los métodos manuales hacían imposible. Orígenes a veces turbios por el contexto, pero que dejan en el aire unas cuantas preguntas sobre el papel inhumano de cualquier industria. Lo que incluye las chispas de la vida.

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La turbia historia de Fanta: el bloqueo de ingredientes a la Alemania nazi llevó a Coca Cola a tirar de suero y pulpa de manzana

fue publicada originalmente en

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