Ciencia y Tecnología
Miles de CEOs admiten que no está cambiando nada (todavía). La paradoja de la productividad de los 80 resurge con fuerza
La IA nos hará más productivos, decían los estudios y los defensores de la IA. Es un discurso ya muy conocido y que parecía razonable: los modelos nos permiten automatizar tareas rutinarias y usar ese tiempo en otras cosas productivas, ¿no? Pues la verdad, (de momento) no. Y lo que está pasando es curiosamente lo mismo que pasó hace 40 años.
La paradoja de la productividad. En 1987 el economista y premio Nobel Robert Solow se dio cuenta de una singular paradoja en la llamada “era de la información”. Se suponía que los transistores, microprocesadores y circuitos integrados descubiertos en los años 1960 revolucionarían las empresas y aumentarían la productividad de forma notable. Lo que pasó fue justo lo contrario. El crecimiento de la producitvidad no se aceleró, sino que se ralentizó: entre 1948 y 1973 era del 2,9%, pero desde 1973 ese crecimiento era de tan solo el 1,1%. ¿Tanto chip para nada? Eso pareció, al menos esos primeros años.
Se repite la historia: la IA no sirve de mucho. Como señalan en Fortune, esa paradoja ha resurgido justo ahora que estamos sufriendo exactamente lo mismo con la IA. Un nuevo estudio publicado por el National Bureau of Economic Research (NBER) revela una conclusión llamativa tras encuestar a nada menos que 6.000 CEOs, CFOs y otros directivos de varios países: ven muy poco impacto de la IA en su operativa real.
La IA no está cambiando nada. Aunque dos terceras partes de los directivos encuestados indicaron que usaban IA en sus procesos, ese uso fue muy limitado: cerca de 1,5 horas a la semana. El 25% de los participantes indicó que no usaban la IA para nada en el trabajo. Cerca del 90% de las empresas que participaron destacaron que la IA no ha influido en sus contrataciones o en la productividad en los últimos tres años.
Pero son optimistas. El uso de IA por parte de dichos ejecutivos parece ser de momento muy limitado, pero esas mismas empresas siguen esperando un impacto sustancial. De hecho, esperan que la productividad se incremente en un 1,4% en los próximos tres años. Otra paradoja: se suponía que estos primeros años la IA recortara en un 0,7% las contrataciones, pero los encuestados revelaron un 0,5% de aumento en esas contrataciones.
Los datos confirman que de momento, poca cosa. Lo cierto es que la cacareada revolución de la IA sigue sin hacerse realidad, al menos en cuanto a productividad y retorno económico. El economista Torsten Slok indicaba recientemente que “la IA está en todos lados excepto en los datos macroeconómicos: no la ves en los datos de empleo, de productividad o de inflación”. Su tesis: el impacto de la IA es de momento casi nulo. De hecho, salvo en el caso de las “Siete Magníficas” de la tecnología, no hay señales de que existan márgenes de beneficio o expectativas de ingresos.
Pero estas revoluciones tardan. La revolución que nos trajeron los semiconductores tardó un poco en cristalizar, pero lo acabó haciendo: en la década de 1990 y 2000 se produjeron mejoras de productividad como un incremento del 1,5% entre 1995 y 2005. Ha expertos que apuntan a que de hecho ese cambio de tendencia ya ha empezado a producirse: en EEUU el PIB del cuarto trimestre creció un 3,7% a pesar de que hubo recorte de empleo. Eso apunta a un aumento de la productividad. Slok también apuntaba a esa posibilidad, y teorizaba con que el impacto puede acabar teniendo forma de “J”, primero ralentizándose para luego dispararse.
Que se lo digan al motor de vapor. Anteriores revoluciones industriales como la que produjo el motor de vapor o, aún más importante, la electrcidad, se tomaron su tiempo. El retraso inicial desapareció en el curso de las décadas posteriores porque esas tecnologías necesitaban tiempo para difundirse al resto de sectores productivos. El excesivo optimismo no ayuda, desde luego, y de momento lo razonable parece situarse en un punto intermedio: ni “la IA no sirve para nada” ni “la IA lo hará todo por nosotros”. Quizás lo único que necesite la IA —además de mejorar— es que le demos tiempo al tiempo. No en vano muchos la califican como “la nueva electricidad”.
Imagen | The Standing Desk
En Xataka | Hasta ahora “el software se estaba comiendo el mundo”. Ahora la IA se está comiendo el software
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La noticia
Miles de CEOs admiten que no está cambiando nada (todavía). La paradoja de la productividad de los 80 resurge con fuerza
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Pastor
.
La IA nos hará más productivos, decían los estudios y los defensores de la IA. Es un discurso ya muy conocido y que parecía razonable: los modelos nos permiten automatizar tareas rutinarias y usar ese tiempo en otras cosas productivas, ¿no? Pues la verdad, (de momento) no. Y lo que está pasando es curiosamente lo mismo que pasó hace 40 años.
La paradoja de la productividad. En 1987 el economista y premio Nobel Robert Solow se dio cuenta de una singular paradoja en la llamada “era de la información”. Se suponía que los transistores, microprocesadores y circuitos integrados descubiertos en los años 1960 revolucionarían las empresas y aumentarían la productividad de forma notable. Lo que pasó fue justo lo contrario. El crecimiento de la producitvidad no se aceleró, sino que se ralentizó: entre 1948 y 1973 era del 2,9%, pero desde 1973 ese crecimiento era de tan solo el 1,1%. ¿Tanto chip para nada? Eso pareció, al menos esos primeros años.
En Xataka
Las Big Tech tienen una buena razón para quemar cantidades ingentes de dinero en la IA ahora: no poder hacerlo después
Se repite la historia: la IA no sirve de mucho. Como señalan en Fortune, esa paradoja ha resurgido justo ahora que estamos sufriendo exactamente lo mismo con la IA. Un nuevo estudio publicado por el National Bureau of Economic Research (NBER) revela una conclusión llamativa tras encuestar a nada menos que 6.000 CEOs, CFOs y otros directivos de varios países: ven muy poco impacto de la IA en su operativa real.
La IA no está cambiando nada. Aunque dos terceras partes de los directivos encuestados indicaron que usaban IA en sus procesos, ese uso fue muy limitado: cerca de 1,5 horas a la semana. El 25% de los participantes indicó que no usaban la IA para nada en el trabajo. Cerca del 90% de las empresas que participaron destacaron que la IA no ha influido en sus contrataciones o en la productividad en los últimos tres años.
Pero son optimistas. El uso de IA por parte de dichos ejecutivos parece ser de momento muy limitado, pero esas mismas empresas siguen esperando un impacto sustancial. De hecho, esperan que la productividad se incremente en un 1,4% en los próximos tres años. Otra paradoja: se suponía que estos primeros años la IA recortara en un 0,7% las contrataciones, pero los encuestados revelaron un 0,5% de aumento en esas contrataciones.
Los datos confirman que de momento, poca cosa. Lo cierto es que la cacareada revolución de la IA sigue sin hacerse realidad, al menos en cuanto a productividad y retorno económico. El economista Torsten Slok indicaba recientemente que “la IA está en todos lados excepto en los datos macroeconómicos: no la ves en los datos de empleo, de productividad o de inflación”. Su tesis: el impacto de la IA es de momento casi nulo. De hecho, salvo en el caso de las “Siete Magníficas” de la tecnología, no hay señales de que existan márgenes de beneficio o expectativas de ingresos.
Pero estas revoluciones tardan. La revolución que nos trajeron los semiconductores tardó un poco en cristalizar, pero lo acabó haciendo: en la década de 1990 y 2000 se produjeron mejoras de productividad como un incremento del 1,5% entre 1995 y 2005. Ha expertos que apuntan a que de hecho ese cambio de tendencia ya ha empezado a producirse: en EEUU el PIB del cuarto trimestre creció un 3,7% a pesar de que hubo recorte de empleo. Eso apunta a un aumento de la productividad. Slok también apuntaba a esa posibilidad, y teorizaba con que el impacto puede acabar teniendo forma de “J”, primero ralentizándose para luego dispararse.
Que se lo digan al motor de vapor. Anteriores revoluciones industriales como la que produjo el motor de vapor o, aún más importante, la electrcidad, se tomaron su tiempo. El retraso inicial desapareció en el curso de las décadas posteriores porque esas tecnologías necesitaban tiempo para difundirse al resto de sectores productivos. El excesivo optimismo no ayuda, desde luego, y de momento lo razonable parece situarse en un punto intermedio: ni “la IA no sirve para nada” ni “la IA lo hará todo por nosotros”. Quizás lo único que necesite la IA —además de mejorar— es que le demos tiempo al tiempo. No en vano muchos la califican como “la nueva electricidad”.
Imagen | The Standing Desk
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