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Ciencia y Tecnología

La última trampa mortal de Ucrania a los soldados rusos ha confirmado algo que intuíamos: la nueva “bomba atómica” es invisible

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La última trampa mortal de Ucrania a los soldados rusos ha confirmado algo que intuíamos: la nueva “bomba atómica” es invisible

En cada gran conflicto bélico o guerra mundial, hubo un momento en que una tecnología aparentemente secundaria cambió las reglas del juego y redefinió lo que significaba tener ventaja. A veces no es el arma más ruidosa, ni más pesada, ni siquiera la más visible, sino la infraestructura invisible que sostiene desde el aire todo lo demás. 

Una guerra en las nubes. La invasión de Ucrania ha demostrado que el campo de batalla moderno no solo se mide en kilómetros conquistados o blindados destruidos, sino en megabits por segundo. La conectividad satelital de alta velocidad transformó la forma de combatir al permitir mando, control y coordinación casi instantáneos en cualquier punto del frente. 

Eso ha llevado a un reverso tenebroso, porque cuando esa red se corta, no solo se pierde Internet: se pierde visión, sincronización y capacidad de respuesta, y el ejército afectado queda súbitamente desorientado en un entorno donde cada segundo decide puede ser letal.

La trampa digital. Aprovechando la desesperación de las tropas rusas por recuperar el acceso a Starlink tras el bloqueo geográfico impuesto por Elon Musk en SpaceX, una unidad ucraniana de ciberasalto lanzó una operación encubierta en Telegram. La trampa: ofrecer falsos servicios de registro en una supuesta “lista blanca” ucraniana. 

¿Qué ocurrió? Que los soldados rusos, creyendo que estaban restableciendo su conexión, enviaron voluntariamente identificadores de terminal, datos de cuenta y coordenadas exactas de ubicación. En lugar de Internet, recibieron fuego de artillería de 155 mm. Más de 2.000 entradas de datos y miles de dólares pagados por el servicio ficticio convirtieron la necesidad tecnológica en una suerte de “honeypot” letal, donde cada intento por reconectarse revelaba un blanco.

Starlink como infraestructura estratégica. De esta forma, la constelación de SpaceX no solo facilitó comunicaciones, también permitió operar drones, coordinar ataques y mantener la logística digitalizada en un frente extendido. Una trampa que posiblemente ha sido pionera en la guerra de Ucrania, pero que a buen seguro será “norma” en conflictos futuros.

Cuando la empresa limitó el acceso únicamente a terminales verificados por Ucrania, Rusia quedó súbitamente privada de un sistema del que también dependía. La interrupción, de hecho, ha ralentizado ofensivas, obligado a volver a vehículos tripulados más vulnerables y generado un caos descrito por voces rusas como un “infierno” operativo. La conectividad dejó de ser un complemento para convertirse en columna vertebral del combate.

Internet satelital como “bomba atómica”. La operación de engaño digital no fue solo una acción táctica brillante, sino la constatación de una realidad estratégica: en la guerra contemporánea, el dominio del espectro informativo y de las redes equivale a la superioridad aérea del siglo XX. 

Sin datos en tiempo real no hay drones precisos, no hay mando coordinado, ni hay ataques sincronizados. La desconexión convierte de facto a una fuerza moderna en un ejército ciego, expuesto y extremadamente lento. Así, el adversario que controla la red no solo es capaz de escuchar y observar, también tiene la capacidad de decidir cuándo el enemigo habla o, como en caso de que nos ocupa, cuándo cae.

Globos en el cielo. El dato que confirma la importancia de estar “conectados” en el campo de batalla ha llegado esta semana. Ante la pérdida de Starlink y el retraso de su propia constelación satelital Rassvet, Moscú ha activado soluciones de emergencia como el globo estratosférico Barrage-1, capaz de elevar equipos de comunicación 5G a 20 kilómetros de altura para ofrecer conectividad regional. 

La idea no es nueva y podría funcionar como nodo temporal, pero carece de la cobertura global y la resiliencia de miles de satélites interconectados por láser. Además, su menor altitud lo convierte en blanco potencial para defensas antiaéreas, drones cazadores o guerra electrónica, trasladando la batalla por la conectividad también al cielo físico.

Sin red no hay guerra moderna. Si se quiere también, la dependencia rusa de sistemas comerciales y la eficacia ucraniana al explotar esa vulnerabilidad revelan un cambio profundo en la naturaleza del conflicto. 

La infraestructura digital ya no es un simple apoyo logístico, ha pasado a ser un arma decisiva que articula todas las demás. Mientras Moscú busca parches tecnológicos y alternativas que el tiempo dirá si son o no improvisadas, Kiev ha demostrado que cortar, manipular o controlar la red puede alterar el equilibrio en el frente más rápido que cualquier ofensiva terrestre. 

En la guerra que se licra en Ucrania, y posiblemente en las que vengan en adelante, quien domina la conexión en el espacio, domina el combate.

Imagen | Support Forces of Ukraine Command, Ukraine Defense Ministry

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fue publicada originalmente en

Xataka

por
Miguel Jorge

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​En cada gran conflicto bélico o guerra mundial, hubo un momento en que una tecnología aparentemente secundaria cambió las reglas del juego y redefinió lo que significaba tener ventaja. A veces no es el arma más ruidosa, ni más pesada, ni siquiera la más visible, sino la infraestructura invisible que sostiene desde el aire todo lo demás. 

Una guerra en las nubes. La invasión de Ucrania ha demostrado que el campo de batalla moderno no solo se mide en kilómetros conquistados o blindados destruidos, sino en megabits por segundo. La conectividad satelital de alta velocidad transformó la forma de combatir al permitir mando, control y coordinación casi instantáneos en cualquier punto del frente. 

Eso ha llevado a un reverso tenebroso, porque cuando esa red se corta, no solo se pierde Internet: se pierde visión, sincronización y capacidad de respuesta, y el ejército afectado queda súbitamente desorientado en un entorno donde cada segundo decide puede ser letal.

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La trampa digital. Aprovechando la desesperación de las tropas rusas por recuperar el acceso a Starlink tras el bloqueo geográfico impuesto por Elon Musk en SpaceX, una unidad ucraniana de ciberasalto lanzó una operación encubierta en Telegram. La trampa: ofrecer falsos servicios de registro en una supuesta “lista blanca” ucraniana. 

¿Qué ocurrió? Que los soldados rusos, creyendo que estaban restableciendo su conexión, enviaron voluntariamente identificadores de terminal, datos de cuenta y coordenadas exactas de ubicación. En lugar de Internet, recibieron fuego de artillería de 155 mm. Más de 2.000 entradas de datos y miles de dólares pagados por el servicio ficticio convirtieron la necesidad tecnológica en una suerte de “honeypot” letal, donde cada intento por reconectarse revelaba un blanco.

Starlink como infraestructura estratégica. De esta forma, la constelación de SpaceX no solo facilitó comunicaciones, también permitió operar drones, coordinar ataques y mantener la logística digitalizada en un frente extendido. Una trampa que posiblemente ha sido pionera en la guerra de Ucrania, pero que a buen seguro será “norma” en conflictos futuros.

Cuando la empresa limitó el acceso únicamente a terminales verificados por Ucrania, Rusia quedó súbitamente privada de un sistema del que también dependía. La interrupción, de hecho, ha ralentizado ofensivas, obligado a volver a vehículos tripulados más vulnerables y generado un caos descrito por voces rusas como un “infierno” operativo. La conectividad dejó de ser un complemento para convertirse en columna vertebral del combate.

Internet satelital como “bomba atómica”. La operación de engaño digital no fue solo una acción táctica brillante, sino la constatación de una realidad estratégica: en la guerra contemporánea, el dominio del espectro informativo y de las redes equivale a la superioridad aérea del siglo XX. 

Sin datos en tiempo real no hay drones precisos, no hay mando coordinado, ni hay ataques sincronizados. La desconexión convierte de facto a una fuerza moderna en un ejército ciego, expuesto y extremadamente lento. Así, el adversario que controla la red no solo es capaz de escuchar y observar, también tiene la capacidad de decidir cuándo el enemigo habla o, como en caso de que nos ocupa, cuándo cae.

Globos en el cielo. El dato que confirma la importancia de estar “conectados” en el campo de batalla ha llegado esta semana. Ante la pérdida de Starlink y el retraso de su propia constelación satelital Rassvet, Moscú ha activado soluciones de emergencia como el globo estratosférico Barrage-1, capaz de elevar equipos de comunicación 5G a 20 kilómetros de altura para ofrecer conectividad regional. 

La idea no es nueva y podría funcionar como nodo temporal, pero carece de la cobertura global y la resiliencia de miles de satélites interconectados por láser. Además, su menor altitud lo convierte en blanco potencial para defensas antiaéreas, drones cazadores o guerra electrónica, trasladando la batalla por la conectividad también al cielo físico.

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Imagen | Support Forces of Ukraine Command, Ukraine Defense Ministry

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Miguel Jorge

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