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Ciencia y Tecnología

Alemania está viviendo un nuevo “milagro industrial” que ya vivió hace 90 años: el del armamento

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Alemania está viviendo un nuevo "milagro industrial" que ya vivió hace 90 años: el del armamento

Alemania lleva cuatro años viviendo una transformación silenciosa pero muy profunda. El país que vio nacer el milagro industrial de la automoción vuelve a ver algo parecido, pero desde una perspectiva completamente diferente: el rearme, que hasta hace nada era un tabú político y una incomodidad social, se ha convertido en un gran acelerador industrial y laboral. 

La guerra como motor. El país, empujado por la invasión rusa de Ucrania y por la sensación de que el paraguas estadounidense ya no es tan automático como antes, ha ido desplazando su centro de gravedad hacia la defensa con una mezcla de urgencia estratégica y ambición productiva. 

Y esa mutación se mide en algo muy concreto: empleo, fábricas, cadenas de suministro y una demanda que ya no se describe como coyuntural, sino como una nueva normalidad que promete durar años, con pedidos que entran como una ola y empresas que se preparan para producir a escala, con ritmos de economía de guerra sin necesidad de llamarlo así.

Contratación masiva. Los contratistas de defensa alemanes han entrado en una auténtica fiebre de contratación, elevando su plantilla cerca de un tercio en apenas cuatro años. Los datos aportados por un grupo representativo de grandes compañías y start-ups muestran un salto desde unos 63.000 trabajadores en 2021 hasta casi 83.000 en la actualidad dentro de sus divisiones centradas en defensa, un crecimiento del 30% que refleja hasta qué punto la industria se está ensanchando a velocidad real. 

Recordaba el Financial Times que, aunque estas cifras no abarcan a todo el sector y hay grandes empresas que no participaron, el retrato es suficiente para entender la dirección del país: Alemania no solo compra más armas, sino que está rearmando su músculo industrial para fabricarlas, sostenerlas y modernizarlas, con un mercado laboral que empieza a reorganizarse alrededor de esta nueva prioridad.

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Rheinmetall Panther KF51

El giro presupuestario. El gran combustible de esta expansión es el dinero público convertido en contratos. Desde 2022, el Ministerio de Defensa alemán ha firmado acuerdos de armamento por valor de 207.000 millones de euros, y solo el último año concentró 83.000 millones, una cifra que contrasta con los 23.000 millones de 2021 y que resume la ruptura con la etapa anterior. 

Lo más significativo es que la tendencia no apunta a frenarse: el canciller Merz, en el cargo desde mayo, ha relajado las estrictas reglas de endeudamiento para permitir el nivel de gasto que haga falta en defensa, un mensaje que, más allá de la política, funciona como una señal industrial: habrá demanda estable, continuidad y visibilidad, justo lo que necesitan las empresas para invertir, ampliar capacidad, contratar y planificar a largo plazo sin miedo a que todo se congele con el siguiente ciclo electoral.

Image From Rawpixel Id 4041115 Jpeg

El tamaño real del sector. Incluso con este boom, la industria de defensa alemana sigue siendo un actor relativamente modesto en términos de empleo cuando se la compara con el gigante histórico del país: el automóvil. El propio Ministerio de Economía citaba alrededor de 105.000 empleos directos en defensa en 2022, y aunque la cifra habrá subido desde entonces, continúa muy lejos de los aproximadamente 700.000 trabajadores del sector automotriz, hoy golpeado por despidos, presión competitiva y transición tecnológica. 

Esta comparación es importante porque corta de raíz una idea repetida: que el rearme pueda “sustituir” al coche como gran colchón laboral. La defensa puede crecer y mucho, incluso tirar de industria y atraer talento, pero por volumen no parece capaz a corto plazo de absorber el tamaño de la crisis del motor, al menos no de forma rápida ni masiva.

Airbus y Reinmetall. Dentro del mapa de empleo, Airbus destaca como el mayor empleador, con alrededor de 38.000 personas trabajando en defensa a nivel mundial y algo más de la mitad en Alemania, fabricando piezas clave de la arquitectura militar europea como el Eurofighter Typhoon y el avión de transporte A400M

Justo detrás aparece Rheinmetall, que se ha convertido en el símbolo más visible del auge: el productor de tanques, artillería y munición ha pasado de unos 15.400 empleados en 2021 a 23.500 hoy, el mayor salto absoluto entre las empresas analizadas, y su consejero delegado, Armin Papperger, ha llegado a proyectar un objetivo de 70.000 empleados en tres años. En paralelo, Rheinmetall ha empezado a experimentar algo que en Alemania es un indicador cultural: atractivo social. Habla de cientos de miles de candidaturas en un solo año, como si la defensa hubiera dejado de ser un sector oscuro o secundario para convertirse, de repente, en una apuesta de futuro para ingenieros, técnicos y perfiles industriales.

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Startups militares. La gran sorpresa relativa está en la nueva escena de start-ups militares, compañías jóvenes centradas en sistemas de vigilancia o armas no siempre detalladas públicamente, que están captando cientos de millones en financiación y creciendo a un ritmo casi impensable hace una década. 

El caso más llamativo es Helsing, que fabrica drones armados y cuya plantilla se ha multiplicado por 18 en cuatro años tras evolucionar desde un enfoque de software de inteligencia artificial hacia la producción de hardware, un salto que implica pasar de vender algoritmos a construir objetos reales con piezas, líneas de montaje, logística y mantenimiento. Ese movimiento es, en sí mismo, una declaración: la defensa europea ya no quiere depender solo de innovación digital, quiere convertir la innovación en sistemas físicos y desplegables, y para eso necesita empresas capaces de fabricar y escalar, no solo de programar.

El Estado acelera. Desde dentro del sector, el discurso es de despegue sostenido. La patronal BDSV, en voz de Hans Christoph Atzpodien, insiste en que el crecimiento se acelerará porque Alemania ha agilizado los procesos de compra y ha dado más visibilidad sobre la demanda futura, lo que permite planificar capacidad con menos incertidumbre. La frase es casi industrialmente literal: ahora todo está colocado para que los grandes pedidos “lleguen a las puertas” de los fabricantes. 

Si se quiere y como contamos, el escenario describe un cambio de era: durante años Europa hablaba de gastar más en defensa, pero lo hacía con lentitud administrativa, dudas políticas y programas eternos; ahora, la sensación es que el sistema se está reconfigurando para comprar y producir con urgencia, porque la amenaza se percibe cercana y el margen de improvisación se ha agotado.

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La gran tentación: “robar” al auto. En plena crisis del motor, muchos productores de armas han mostrado interés en contratar trabajadores de la automoción, y el movimiento tiene lógica: Alemania tiene una cantera inmensa de ingenieros, operarios especializados, proveedores de precisión y cultura de fabricación avanzada. Sin embargo, los números revelan que, por ahora, el trasvase es más simbólico que masivo: Hensoldt, fabricante de radares y sensores, dice haber incorporado unas 100 personas desde la industria del coche este año, y Arx Robotics, centrada en vehículos terrestres no tripulados y con unos 140 empleados, ha contratado unas 15.

Helsing, por su parte, afirma que lo hace de manera constante, aunque sin cifras concretas. El patrón por tanto existe, pero no es el salvavidas total que algunos imaginan, porque la escala de la defensa aún no puede tragarse la dimensión del problema automotriz, por mucho que el país quiera reconducir talento hacia lo que ahora considera estratégico.

Una cadena que se reorganiza. Otro punto interesante de este giro es que no se limita a las empresas de armas: empieza a arrastrar a los grandes proveedores y a los perfiles estrella del mundo tecnológico. Helsing, por ejemplo, ha fichado a Michael Schwekutsch, ex vicepresidente de ingeniería de Tesla, y ha comenzado a colaborar con Schaeffler para asegurar que la cadena de suministro puede acompañar el crecimiento. 

Ahí se ve el verdadero cambio: cuando la defensa empieza a competir por los mismos cerebros y las mismas piezas que antes nutrían al coche, deja de ser un nicho y se convierte en un eje industrial. Atzpodien lo celebra como prueba de una base productiva alemana fuerte y dinámica, pero también introduce una advertencia que suena casi a realismo frío: la defensa puede absorber parte del golpe y reorientar recursos, pero no puede resolver por sí sola todos los problemas del entramado automotriz.

La “nueva” Alemania. En resumen, el escenario alemán no va solo de empresas contratando, sino de un país redescubriendo su lugar. Alemania, que durante décadas construyó su autoestima económica alrededor de la exportación civil y el automóvil, está reordenando prioridades hacia la seguridad y la autonomía estratégica, y eso se traduce en fábricas, sueldos, innovación aplicada y un nuevo tipo de prestigio industrial: el de producir sistemas militares que Europa considera imprescindibles. 

Desde ese prisma, el rearme no es solo un presupuesto, es una mutación cultural, porque cambia lo que se incentiva, estudia, financia y se considera “futuro”. Y aunque el sector todavía no tenga el tamaño para reemplazar a la automoción, sí parece lo bastante grande como para reescribir parte del mapa industrial alemán durante la próxima década, con el ruido de fondo de una Europa que ha decidido, o eso parece, que su seguridad no puede depender únicamente de promesas.

Imagen | Rheinmetall NIOA Munitions, Mercedes B., Rheinmetall Defence, RawPixel, 7th Army Training Command

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Alemania está viviendo un nuevo “milagro industrial” que ya vivió hace 90 años: el del armamento

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Miguel Jorge

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​Alemania lleva cuatro años viviendo una transformación silenciosa pero muy profunda. El país que vio nacer el milagro industrial de la automoción vuelve a ver algo parecido, pero desde una perspectiva completamente diferente: el rearme, que hasta hace nada era un tabú político y una incomodidad social, se ha convertido en un gran acelerador industrial y laboral. 

La guerra como motor. El país, empujado por la invasión rusa de Ucrania y por la sensación de que el paraguas estadounidense ya no es tan automático como antes, ha ido desplazando su centro de gravedad hacia la defensa con una mezcla de urgencia estratégica y ambición productiva. 

Y esa mutación se mide en algo muy concreto: empleo, fábricas, cadenas de suministro y una demanda que ya no se describe como coyuntural, sino como una nueva normalidad que promete durar años, con pedidos que entran como una ola y empresas que se preparan para producir a escala, con ritmos de economía de guerra sin necesidad de llamarlo así.

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Contratación masiva. Los contratistas de defensa alemanes han entrado en una auténtica fiebre de contratación, elevando su plantilla cerca de un tercio en apenas cuatro años. Los datos aportados por un grupo representativo de grandes compañías y start-ups muestran un salto desde unos 63.000 trabajadores en 2021 hasta casi 83.000 en la actualidad dentro de sus divisiones centradas en defensa, un crecimiento del 30% que refleja hasta qué punto la industria se está ensanchando a velocidad real. 

Recordaba el Financial Times que, aunque estas cifras no abarcan a todo el sector y hay grandes empresas que no participaron, el retrato es suficiente para entender la dirección del país: Alemania no solo compra más armas, sino que está rearmando su músculo industrial para fabricarlas, sostenerlas y modernizarlas, con un mercado laboral que empieza a reorganizarse alrededor de esta nueva prioridad.

Rheinmetall Panther KF51

El giro presupuestario. El gran combustible de esta expansión es el dinero público convertido en contratos. Desde 2022, el Ministerio de Defensa alemán ha firmado acuerdos de armamento por valor de 207.000 millones de euros, y solo el último año concentró 83.000 millones, una cifra que contrasta con los 23.000 millones de 2021 y que resume la ruptura con la etapa anterior. 

Lo más significativo es que la tendencia no apunta a frenarse: el canciller Merz, en el cargo desde mayo, ha relajado las estrictas reglas de endeudamiento para permitir el nivel de gasto que haga falta en defensa, un mensaje que, más allá de la política, funciona como una señal industrial: habrá demanda estable, continuidad y visibilidad, justo lo que necesitan las empresas para invertir, ampliar capacidad, contratar y planificar a largo plazo sin miedo a que todo se congele con el siguiente ciclo electoral.

El tamaño real del sector. Incluso con este boom, la industria de defensa alemana sigue siendo un actor relativamente modesto en términos de empleo cuando se la compara con el gigante histórico del país: el automóvil. El propio Ministerio de Economía citaba alrededor de 105.000 empleos directos en defensa en 2022, y aunque la cifra habrá subido desde entonces, continúa muy lejos de los aproximadamente 700.000 trabajadores del sector automotriz, hoy golpeado por despidos, presión competitiva y transición tecnológica. 

Esta comparación es importante porque corta de raíz una idea repetida: que el rearme pueda “sustituir” al coche como gran colchón laboral. La defensa puede crecer y mucho, incluso tirar de industria y atraer talento, pero por volumen no parece capaz a corto plazo de absorber el tamaño de la crisis del motor, al menos no de forma rápida ni masiva.

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En pleno rearme, Europa se ha dado cuenta de un detalle sin importancia: no tiene suficientes balas

Airbus y Reinmetall. Dentro del mapa de empleo, Airbus destaca como el mayor empleador, con alrededor de 38.000 personas trabajando en defensa a nivel mundial y algo más de la mitad en Alemania, fabricando piezas clave de la arquitectura militar europea como el Eurofighter Typhoon y el avión de transporte A400M. 

Justo detrás aparece Rheinmetall, que se ha convertido en el símbolo más visible del auge: el productor de tanques, artillería y munición ha pasado de unos 15.400 empleados en 2021 a 23.500 hoy, el mayor salto absoluto entre las empresas analizadas, y su consejero delegado, Armin Papperger, ha llegado a proyectar un objetivo de 70.000 empleados en tres años. En paralelo, Rheinmetall ha empezado a experimentar algo que en Alemania es un indicador cultural: atractivo social. Habla de cientos de miles de candidaturas en un solo año, como si la defensa hubiera dejado de ser un sector oscuro o secundario para convertirse, de repente, en una apuesta de futuro para ingenieros, técnicos y perfiles industriales.

Startups militares. La gran sorpresa relativa está en la nueva escena de start-ups militares, compañías jóvenes centradas en sistemas de vigilancia o armas no siempre detalladas públicamente, que están captando cientos de millones en financiación y creciendo a un ritmo casi impensable hace una década. 

El caso más llamativo es Helsing, que fabrica drones armados y cuya plantilla se ha multiplicado por 18 en cuatro años tras evolucionar desde un enfoque de software de inteligencia artificial hacia la producción de hardware, un salto que implica pasar de vender algoritmos a construir objetos reales con piezas, líneas de montaje, logística y mantenimiento. Ese movimiento es, en sí mismo, una declaración: la defensa europea ya no quiere depender solo de innovación digital, quiere convertir la innovación en sistemas físicos y desplegables, y para eso necesita empresas capaces de fabricar y escalar, no solo de programar.

El Estado acelera. Desde dentro del sector, el discurso es de despegue sostenido. La patronal BDSV, en voz de Hans Christoph Atzpodien, insiste en que el crecimiento se acelerará porque Alemania ha agilizado los procesos de compra y ha dado más visibilidad sobre la demanda futura, lo que permite planificar capacidad con menos incertidumbre. La frase es casi industrialmente literal: ahora todo está colocado para que los grandes pedidos “lleguen a las puertas” de los fabricantes. 

Si se quiere y como contamos, el escenario describe un cambio de era: durante años Europa hablaba de gastar más en defensa, pero lo hacía con lentitud administrativa, dudas políticas y programas eternos; ahora, la sensación es que el sistema se está reconfigurando para comprar y producir con urgencia, porque la amenaza se percibe cercana y el margen de improvisación se ha agotado.

La gran tentación: “robar” al auto. En plena crisis del motor, muchos productores de armas han mostrado interés en contratar trabajadores de la automoción, y el movimiento tiene lógica: Alemania tiene una cantera inmensa de ingenieros, operarios especializados, proveedores de precisión y cultura de fabricación avanzada. Sin embargo, los números revelan que, por ahora, el trasvase es más simbólico que masivo: Hensoldt, fabricante de radares y sensores, dice haber incorporado unas 100 personas desde la industria del coche este año, y Arx Robotics, centrada en vehículos terrestres no tripulados y con unos 140 empleados, ha contratado unas 15.

Helsing, por su parte, afirma que lo hace de manera constante, aunque sin cifras concretas. El patrón por tanto existe, pero no es el salvavidas total que algunos imaginan, porque la escala de la defensa aún no puede tragarse la dimensión del problema automotriz, por mucho que el país quiera reconducir talento hacia lo que ahora considera estratégico.

Una cadena que se reorganiza. Otro punto interesante de este giro es que no se limita a las empresas de armas: empieza a arrastrar a los grandes proveedores y a los perfiles estrella del mundo tecnológico. Helsing, por ejemplo, ha fichado a Michael Schwekutsch, ex vicepresidente de ingeniería de Tesla, y ha comenzado a colaborar con Schaeffler para asegurar que la cadena de suministro puede acompañar el crecimiento. 

Ahí se ve el verdadero cambio: cuando la defensa empieza a competir por los mismos cerebros y las mismas piezas que antes nutrían al coche, deja de ser un nicho y se convierte en un eje industrial. Atzpodien lo celebra como prueba de una base productiva alemana fuerte y dinámica, pero también introduce una advertencia que suena casi a realismo frío: la defensa puede absorber parte del golpe y reorientar recursos, pero no puede resolver por sí sola todos los problemas del entramado automotriz.

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La “nueva” Alemania. En resumen, el escenario alemán no va solo de empresas contratando, sino de un país redescubriendo su lugar. Alemania, que durante décadas construyó su autoestima económica alrededor de la exportación civil y el automóvil, está reordenando prioridades hacia la seguridad y la autonomía estratégica, y eso se traduce en fábricas, sueldos, innovación aplicada y un nuevo tipo de prestigio industrial: el de producir sistemas militares que Europa considera imprescindibles. 

Desde ese prisma, el rearme no es solo un presupuesto, es una mutación cultural, porque cambia lo que se incentiva, estudia, financia y se considera “futuro”. Y aunque el sector todavía no tenga el tamaño para reemplazar a la automoción, sí parece lo bastante grande como para reescribir parte del mapa industrial alemán durante la próxima década, con el ruido de fondo de una Europa que ha decidido, o eso parece, que su seguridad no puede depender únicamente de promesas.

Imagen | Rheinmetall NIOA Munitions, Mercedes B., Rheinmetall Defence, RawPixel, 7th Army Training Command

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Alemania está viviendo un nuevo “milagro industrial” que ya vivió hace 90 años: el del armamento

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Miguel Jorge

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