Ciencia y Tecnología
La ciencia ha investigado por qué nos mordemos las uñas o lo dejamos todo para el último instante: “explosiones controladas”
Mordernos las uñas hasta que te duele, un atracón de comida basura tras un día estresante o abrir TikTok justo cuando tenemos que empezar a trabajar, no es un hábito irritante que desearíamos borrar de nuestro día a día. Pero la realidad es que la ciencia está empezando a ver estos comportamientos de una forma radicalmente distinta: como una estrategia de protección del organismo.
El cerebro busca la supervivencia. Tal y como apuntan diferentes expertos como por ejemplo el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland, autor de Controlled Explosions in Mental Health, nuestro cerebro prefiere infligirse un “microdaño” controlado antes que enfrentarse a una amenaza mayor e impredecible.
Y es que la premisa de la que parten la neurociencia afectiva y la psicología evolutiva es contundente: nuestro cerebro no está programado para que seamos felices, sino que está programado para buscar la supervivencia. Que es precisamente lo que hacíamos hace miles de años cuando tratábamos de cazar o huir de los depredadores. Sistemas que todavía están muy presentes en nuestra genética.
Un sistema hipersensible. Este sistema de detección de amenazas es hoy hipersensible. En el mundo moderno no tenemos que huir de un depredador, pero una crítica del jefe o el miedo a fracasar en un proyecto activan las mismas alarmas que un depredador en la sabana activaban en nuestros antepasados.
Y ante este estrés insoportable, el cerebro busca una vía de escape que actúa como una “válvula de seguridad”. Es lo que Heriot-Maitland denomina “explosiones controladas”.
Morderse las uñas. ¿Por qué algo tan absurdo como comerse las uñas o pellizcarse la piel puede ser “protector”? La clave está en la predictibilidad. Y es que en un mundo caótico y una amenaza emocional, abstracta y difícil de manejar, provocarnos un pequeño daño físico (como morderse una cutícula), hace que el cerebro desvíe la atención hacia un estímulo concreto, real y sobre todo bajo nuestro control.
De esta manera funciona como una “señal costosa”, puesto que preferimos un daño pequeño y conocido para amortiguar un dolor emocional que percibimos como potencialmente devastador.
Procrastinar no es pereza. La literatura científica habla en este sentido de la self-handicapping (autolimitación), que sugiere que nos ponemos trabas a nosotros mismos para proteger nuestra autoestima.
De esta manera, si dejas de estudiar para un examen y suspendes, puedes decirte: “He suspendido porque no estudié”. Es un daño pequeño para tu ego. Sin embargo, si estudias al máximo y suspendes, la conclusión es mucho más dolorosa: “He suspendido porque no soy capaz”. El cerebro prefiere la narrativa de la falta de esfuerzo (el microdaño) antes que enfrentarse a la amenaza de la incompetencia que supone un mayor daño emocional para cualquiera.
No es exclusivo nuestro. En la naturaleza, hay numerosos insectos sociales que llegan a la autoinmolación defensiva para poder salvar a su colonia como ya vimos. En nuestro caso, el mecanismo es algo similar a este: sacrificamos nuestro actual bienestar, como por ejemplo la salud física, para reducir un riesgo percibido a largo plazo.
El problema es que este sistema está diseñado para situaciones de vida o muerte, no para gestionar el estrés crónico del siglo XXI. De esta manera, lo que empezó siendo una defensa útil acaba convirtiéndose en un patrón autoderrotista que genera más ansiedad de la que alivia.
Cómo evitarlo. Si entendemos que modernos las uñas o procrastinar son mecanismos de defensa, la solución cambia por completo. De esta manera, las terapias modernas, como la Terapia Centrada en la Compasión, proponen que el primer paso no es luchar contra el hábito, sino comprender el porqué de su existencia.
Lo más importante en este caso es no castigarse, puesto que la autocrítica es percibida por el cerebro como otra amenaza más, lo que refuerza la necesidad de recurrir al hábito destructivo para calmarse. De esta manera, si generamos seguridad, el cerebro no tendrá la necesidad de provocar estas “explosiones controladas”.
Imágenes | Sander Sammy Tim Gouw
–
La noticia
La ciencia ha investigado por qué nos mordemos las uñas o lo dejamos todo para el último instante: “explosiones controladas”
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
.
Mordernos las uñas hasta que te duele, un atracón de comida basura tras un día estresante o abrir TikTok justo cuando tenemos que empezar a trabajar, no es un hábito irritante que desearíamos borrar de nuestro día a día. Pero la realidad es que la ciencia está empezando a ver estos comportamientos de una forma radicalmente distinta: como una estrategia de protección del organismo.
El cerebro busca la supervivencia. Tal y como apuntan diferentes expertos como por ejemplo el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland, autor de Controlled Explosions in Mental Health, nuestro cerebro prefiere infligirse un “microdaño” controlado antes que enfrentarse a una amenaza mayor e impredecible.
Y es que la premisa de la que parten la neurociencia afectiva y la psicología evolutiva es contundente: nuestro cerebro no está programado para que seamos felices, sino que está programado para buscar la supervivencia. Que es precisamente lo que hacíamos hace miles de años cuando tratábamos de cazar o huir de los depredadores. Sistemas que todavía están muy presentes en nuestra genética.
En Xataka
Hay una forma de atajar la procrastinación y aumentar tu productividad: la regla de los cinco segundos
Un sistema hipersensible. Este sistema de detección de amenazas es hoy hipersensible. En el mundo moderno no tenemos que huir de un depredador, pero una crítica del jefe o el miedo a fracasar en un proyecto activan las mismas alarmas que un depredador en la sabana activaban en nuestros antepasados.
Y ante este estrés insoportable, el cerebro busca una vía de escape que actúa como una “válvula de seguridad”. Es lo que Heriot-Maitland denomina “explosiones controladas”.
Morderse las uñas. ¿Por qué algo tan absurdo como comerse las uñas o pellizcarse la piel puede ser “protector”? La clave está en la predictibilidad. Y es que en un mundo caótico y una amenaza emocional, abstracta y difícil de manejar, provocarnos un pequeño daño físico (como morderse una cutícula), hace que el cerebro desvíe la atención hacia un estímulo concreto, real y sobre todo bajo nuestro control.
De esta manera funciona como una “señal costosa”, puesto que preferimos un daño pequeño y conocido para amortiguar un dolor emocional que percibimos como potencialmente devastador.
Procrastinar no es pereza. La literatura científica habla en este sentido de la self-handicapping (autolimitación), que sugiere que nos ponemos trabas a nosotros mismos para proteger nuestra autoestima.
De esta manera, si dejas de estudiar para un examen y suspendes, puedes decirte: “He suspendido porque no estudié”. Es un daño pequeño para tu ego. Sin embargo, si estudias al máximo y suspendes, la conclusión es mucho más dolorosa: “He suspendido porque no soy capaz”. El cerebro prefiere la narrativa de la falta de esfuerzo (el microdaño) antes que enfrentarse a la amenaza de la incompetencia que supone un mayor daño emocional para cualquiera.
No es exclusivo nuestro. En la naturaleza, hay numerosos insectos sociales que llegan a la autoinmolación defensiva para poder salvar a su colonia como ya vimos. En nuestro caso, el mecanismo es algo similar a este: sacrificamos nuestro actual bienestar, como por ejemplo la salud física, para reducir un riesgo percibido a largo plazo.
El problema es que este sistema está diseñado para situaciones de vida o muerte, no para gestionar el estrés crónico del siglo XXI. De esta manera, lo que empezó siendo una defensa útil acaba convirtiéndose en un patrón autoderrotista que genera más ansiedad de la que alivia.
En Xataka
Hay una forma de atajar la procrastinación y aumentar tu productividad: la regla de los cinco segundos
Cómo evitarlo. Si entendemos que modernos las uñas o procrastinar son mecanismos de defensa, la solución cambia por completo. De esta manera, las terapias modernas, como la Terapia Centrada en la Compasión, proponen que el primer paso no es luchar contra el hábito, sino comprender el porqué de su existencia.
Lo más importante en este caso es no castigarse, puesto que la autocrítica es percibida por el cerebro como otra amenaza más, lo que refuerza la necesidad de recurrir al hábito destructivo para calmarse. De esta manera, si generamos seguridad, el cerebro no tendrá la necesidad de provocar estas “explosiones controladas”.
Imágenes | Sander Sammy Tim Gouw
En Xataka | La procrastinación es una de las grandes tentaciones de la mente. Hay técnicas para esquivarla, según la ciencia
– La noticia
La ciencia ha investigado por qué nos mordemos las uñas o lo dejamos todo para el último instante: “explosiones controladas”
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
.


