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Ciencia y Tecnología

Hemos aceptado que el deporte es “medicina” para el cuerpo. Ahora la ciencia está descubriendo sus efectos secundarios

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Hemos aceptado que el deporte es "medicina" para el cuerpo. Ahora la ciencia está descubriendo sus efectos secundarios

El ejercicio físico puede llegar a ser recetado como un fármaco en las consultas de los médicos, aunque no esté empaquetado en una simple pastilla que nos tomamos. Esto se debe a que la evidencia que tiene detrás ha dejado más que claro que hacer deporte puede prevenir una gran cantidad de enfermedades crónicas e incluso tener una muy buena vejez. Pero detrás de todo esto, también hay una parte negativa detrás de haecr ejercicio físico

Sus efectos secundarios. Si aceptamos el ejercicio como un fármaco, debemos aceptar también que todo fármaco tiene un prospecto, unas tomas concretas y por supuesto unos efectos adversos. 

Es por ello que como sociedad tenemos el problema de haber comenzado a vender el hecho de “hacer ejercicio” de manera genérica, ignorando la letra pequeña que tiene esta tarea, como reconoce la propia Fundación Española del Corazón. Y que tiene una solución muy sencilla: la personalización de los ejercicios físicos por paciente. 

El problema de la metáfora. El eslogan de “ejercicio como medicina” es sin duda una excelente campaña de marketing dentro del mundo de la salud pública, pero para la ciencia hay varios flecos importantes. Como apuntan diferentes estudios científicos, el ejercicio no actúa como un fármaco clásico, puesto que no tiene una respuesta predecible en un paciente como si ocurre como una pastilla. Esto obliga a pensar siempre que el efecto puede ser muy diferente en cada persona. 

De esta manera, al llamar el ejercicio como fármaco podemos invisibilizar la diversidad de las respuestas individuales. Y es que no hay una “pastilla de sentadillas” universal, puesto que hacer este ejercicio en una persona concreta puede ser muy beneficioso, pero en otra puede ser el origen de una patología por sobrecarga. Y todo porque nos arrojamos al ejercicio sin planificar cómo hacerlo, puesto que lo vemos muy sencillo coger unas pesas y comenzar a sacar bíceps.

Los números del daño. Solemos escuchar que es un gran peligro mantenerse sentado en el sillón, y es una verdad porque son muchas las enfermedades relacionadas con el sedentarismo. Pero según los diferentes estudios hechos en Estados Unidos, las personas que cumplen o exceden las recomendaciones de ejercicio moderado o vigoroso presentan entre un 44 y un 66% de probabilidades de presentar lesiones musculoesqueléticas que los sujetos que se mantienen inactivo. 

Además de esto, aunque la salud cardiovascular mejora con el ejercicio físico porque el corazón reduce su frecuencia cardiaca, por ejemplo, el “coste de mantenimiento” del cuerpo físico aumenta drásticamente con la cantidad de ejercicio hecho. 

Una cuestión de sesgos. Sin duda, este es uno o de los puntos más críticos que revela la literatura científica ante la falta de transparencia en los ensayos clínicos relacionados con el ejercicio. Esto es algo que se vio en un análisis donde se englobaron 103 ensayos sobre la artrosis de rodilla, donde se encontró que el 6% de los participantes sufrieron daños directos por este ejercicio. 

Pero lo más preocupante no es la cifra, sino la baja información: muchos pacientes que abandonan los estudios por dolor o malestar no son clasificados como “víctimas de efectos adversos”, lo que genera una percepción de seguridad artificialmente alta. Este problema se repite en la oncología, donde el lema “exercise is medicine in oncology” convive con eventos adversos no triviales que han obligado a proponer sistemas de monitorización mucho más estrictos para proteger a los pacientes.

Nos pasamos a veces. El problema de fondo en este caso sin duda es recomendar programas intensivos o complejos sin una relación clara beneficio/daño frente a una alternativa que es mucho más simple. 

Pero, por otro lado, también caemos en el fenómeno de “prevención cuaternaria” haciendo que la medicina se centre en evitar el daño de sus propias intervenciones al medicalizar en exceso, anulando los beneficios del ejercicio físico.

El consenso necesario. De esta manera, los autores que popularizaron el concepto de ‘ejercicio como medicina’ reconocen explícitamente que el ejercicio no está exento de riesgos. Incluso la propia OMS en sus guías mantiene que la inactividad es el mayor riesgo poblacional, pero hay letra pequeña que se debe tener en cuenta: 

  • El ejercicio se debe ‘recetar’ comenzando por una intensidad baja, y no optar por la máxima intensidad desde el primer día. Esto hace que una persona que ha pasado años en un sofá comience a cargar mucho peso, por ejemplo, y acabe lesionada. 
  • El dolor no siempre es malo, y hay que educar al paciente para que vea que la fatiga por el gimnasio no se tiene que medicalizar con pastillas. 
  • Hay que evaluar a los pacientes con riesgo cardiaco para evitar que el ejercicio incontrolado agrave la situación. 

Estar supervisados. La conclusión en este caso es que el ejercicio obviamente es necesario y sin duda es una de las prácticas que pueden prevenirnos la aparición de muchas enfermedades. Pero siempre hay que tener conocimiento de lo que hacemos. Cargar el cuerpo con una gran cantidad de ejercicio desde el minuto 0 puede provocar lesiones importantes o el agravamiento de enfermedades que ya haya presentes. 

De esta manera, la posibilidad de estar en un gimnasio con entrenadores que puedan asesorar sobre la curva de progresión que se debe seguir puede ser una interesante idea para tener el beneficio del ejercicio sin las consecuencias de hacerlo de manera agresiva. 

Imágenes | Jonathan Borba

En Xataka | Hacer cardio o entrenar la fuerza: para la ciencia no hay debate sobre cuál es el ejercicio idóneo a partir de los 50


La noticia

Hemos aceptado que el deporte es “medicina” para el cuerpo. Ahora la ciencia está descubriendo sus efectos secundarios

fue publicada originalmente en

Xataka

por
José A. Lizana

.

​El ejercicio físico puede llegar a ser recetado como un fármaco en las consultas de los médicos, aunque no esté empaquetado en una simple pastilla que nos tomamos. Esto se debe a que la evidencia que tiene detrás ha dejado más que claro que hacer deporte puede prevenir una gran cantidad de enfermedades crónicas e incluso tener una muy buena vejez. Pero detrás de todo esto, también hay una parte negativa detrás de haecr ejercicio físico. 
Sus efectos secundarios. Si aceptamos el ejercicio como un fármaco, debemos aceptar también que todo fármaco tiene un prospecto, unas tomas concretas y por supuesto unos efectos adversos. 
Es por ello que como sociedad tenemos el problema de haber comenzado a vender el hecho de “hacer ejercicio” de manera genérica, ignorando la letra pequeña que tiene esta tarea, como reconoce la propia Fundación Española del Corazón. Y que tiene una solución muy sencilla: la personalización de los ejercicios físicos por paciente. 

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El problema de la metáfora. El eslogan de “ejercicio como medicina” es sin duda una excelente campaña de marketing dentro del mundo de la salud pública, pero para la ciencia hay varios flecos importantes. Como apuntan diferentes estudios científicos, el ejercicio no actúa como un fármaco clásico, puesto que no tiene una respuesta predecible en un paciente como si ocurre como una pastilla. Esto obliga a pensar siempre que el efecto puede ser muy diferente en cada persona. 
De esta manera, al llamar el ejercicio como fármaco podemos invisibilizar la diversidad de las respuestas individuales. Y es que no hay una “pastilla de sentadillas” universal, puesto que hacer este ejercicio en una persona concreta puede ser muy beneficioso, pero en otra puede ser el origen de una patología por sobrecarga. Y todo porque nos arrojamos al ejercicio sin planificar cómo hacerlo, puesto que lo vemos muy sencillo coger unas pesas y comenzar a sacar bíceps.
Los números del daño. Solemos escuchar que es un gran peligro mantenerse sentado en el sillón, y es una verdad porque son muchas las enfermedades relacionadas con el sedentarismo. Pero según los diferentes estudios hechos en Estados Unidos, las personas que cumplen o exceden las recomendaciones de ejercicio moderado o vigoroso presentan entre un 44 y un 66% de probabilidades de presentar lesiones musculoesqueléticas que los sujetos que se mantienen inactivo. 
Además de esto, aunque la salud cardiovascular mejora con el ejercicio físico porque el corazón reduce su frecuencia cardiaca, por ejemplo, el “coste de mantenimiento” del cuerpo físico aumenta drásticamente con la cantidad de ejercicio hecho. 

Una cuestión de sesgos. Sin duda, este es uno o de los puntos más críticos que revela la literatura científica ante la falta de transparencia en los ensayos clínicos relacionados con el ejercicio. Esto es algo que se vio en un análisis donde se englobaron 103 ensayos sobre la artrosis de rodilla, donde se encontró que el 6% de los participantes sufrieron daños directos por este ejercicio. 
Pero lo más preocupante no es la cifra, sino la baja información: muchos pacientes que abandonan los estudios por dolor o malestar no son clasificados como “víctimas de efectos adversos”, lo que genera una percepción de seguridad artificialmente alta. Este problema se repite en la oncología, donde el lema “exercise is medicine in oncology” convive con eventos adversos no triviales que han obligado a proponer sistemas de monitorización mucho más estrictos para proteger a los pacientes.
Nos pasamos a veces. El problema de fondo en este caso sin duda es recomendar programas intensivos o complejos sin una relación clara beneficio/daño frente a una alternativa que es mucho más simple. 
Pero, por otro lado, también caemos en el fenómeno de “prevención cuaternaria” haciendo que la medicina se centre en evitar el daño de sus propias intervenciones al medicalizar en exceso, anulando los beneficios del ejercicio físico.
El consenso necesario. De esta manera, los autores que popularizaron el concepto de ‘ejercicio como medicina’ reconocen explícitamente que el ejercicio no está exento de riesgos. Incluso la propia OMS en sus guías mantiene que la inactividad es el mayor riesgo poblacional, pero hay letra pequeña que se debe tener en cuenta: 
El ejercicio se debe ‘recetar’ comenzando por una intensidad baja, y no optar por la máxima intensidad desde el primer día. Esto hace que una persona que ha pasado años en un sofá comience a cargar mucho peso, por ejemplo, y acabe lesionada. El dolor no siempre es malo, y hay que educar al paciente para que vea que la fatiga por el gimnasio no se tiene que medicalizar con pastillas. Hay que evaluar a los pacientes con riesgo cardiaco para evitar que el ejercicio incontrolado agrave la situación. 

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Estar supervisados. La conclusión en este caso es que el ejercicio obviamente es necesario y sin duda es una de las prácticas que pueden prevenirnos la aparición de muchas enfermedades. Pero siempre hay que tener conocimiento de lo que hacemos. Cargar el cuerpo con una gran cantidad de ejercicio desde el minuto 0 puede provocar lesiones importantes o el agravamiento de enfermedades que ya haya presentes. 

De esta manera, la posibilidad de estar en un gimnasio con entrenadores que puedan asesorar sobre la curva de progresión que se debe seguir puede ser una interesante idea para tener el beneficio del ejercicio sin las consecuencias de hacerlo de manera agresiva. 

Imágenes | Jonathan Borba

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José A. Lizana

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