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España y el agujero de los 1.160 millones: cómo el crudo venezolano se convirtió en un riesgo

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España y el agujero de los 1.160 millones: cómo el crudo venezolano se convirtió en un riesgo

El 14 de diciembre de 1922, el pozo Los Barrosos-2 en Venezuela estalló en un géiser de crudo de 60 metros que tardó una semana en detenerse. Como recuerda CNN, aquel desastre ecológico puso al país en una senda de riqueza deslumbrante y agitación política que ha desembocado, un siglo después, en la captura del presidente Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses. 

Mientras en Washington celebran la “Doctrina Donroe”, en los centros de control de las refinerías de Cartagena y Bilbao se vive una tensión distinta. Para España, Venezuela no es solo una noticia de política exterior; es un agujero negro económico de 1.160 millones de euros.

Un déficit fuera de control. La relación comercial entre España y Venezuela ha pasado de ser un intercambio equilibrado a un abismo financiero. Según datos recabados por El Economista, en 2024 España registró un déficit comercial de 1.160 millones de euros con el país caribeño. Es el triple que en 2022 y la cifra más alta de los últimos 18 años.

La causa es una asimetría alarmante. Mientras que nuestras ventas apenas llegan a los 230 millones de euros, nuestras compras se han multiplicado por 22 desde 2021. España se ha convertido en el cuarto mejor cliente de Venezuela en el mundo, por detrás de EEUU, India y China. No obstante, no es una compra diversificada sino que el 94,59% de lo que importamos es petróleo y derivados.

Repsol: la joya expuesta en el tablero. Si hay un nombre propio en este conflicto es Repsol. Según Expansión, la petrolera española es la empresa que más dinero se juega en la zona. Venezuela no es un activo más; es su segunda mayor fuente de reservas probadas en el mundo (256 millones de barriles), solo por detrás de Estados Unidos. Esto representa casi el 15% de todo el tesoro bajo tierra de la compañía.

Pero el riesgo no es solo lo que está bajo tierra, sino lo que se debe. La exposición patrimonial de Repsol por deudas comerciales de la estatal PDVSA ascendía a 330 millones de euros en junio de 2025. Además, la petrolera española extrae el 33% del gas que consume Venezuela. Como apunta la misma fuente, sin el gas de Repsol, la economía venezolana se pararía, pero sin la seguridad jurídica de Venezuela, el balance de la española podría sufrir un “agujero” de más de 13.000 millones de euros en valoración de reservas.

La paradoja de la “comida pesada”. Muchos se preguntan por qué las empresas españolas insisten en un país con infraestructuras obsoletas. La respuesta es técnica. El petróleo de Venezuela es “extrapesado”, denso como el alquitrán. Irónicamente, el petróleo que EEUU extrae mediante fracking es “demasiado bueno” (ligero). Para producir diésel y asfalto de forma eficiente, las refinerías de la Costa del Golfo y las españolas necesitan mezclar su crudo ligero con la “sustancia” densa de Venezuela.

Sin embargo, esta es una “gasolinera sin mangueras”. El crudo llega “sucio” (con exceso de sal, agua y metales) porque PDVSA ha desmantelado oleoductos para venderlos como chatarra. Esto convierte el refinado en un proceso costoso y arriesgado que solo empresas con décadas de arraigo, como Repsol —desde 1993—, se atreven a gestionar.

El muro de los 100.000 millones. El optimismo de Trump, que ya moviliza fondos privados de 2.000 millones de dólares liderados por ex-ejecutivos de Chevron, choca con la realidad técnica. De hecho, analistas consultados por de The Wall Street Journal advierten que no habrá un milagro inmediato. Reconstruir el sector exige una inversión de 10.000 millones de dólares al año durante una década. La infraestructura está tan deteriorada que PDVSA reconoce que sus oleoductos no se han modernizado en medio siglo. La factura total de reparación asciende a los 100.000 millones de dólares.

El factor Trump y la “Doctrina Donroe”. En un análisis del experto en mercados Robert Armstrong subraya un cambio de paradigma: Trump ha demostrado que su ideología geopolítica está por encima de la estabilidad del mercado. Al capturar a Maduro, ha puesto su legado en juego por el objetivo de controlar el flujo energético desde Alaska hasta la Patagonia.

Este movimiento beneficia a priori a Repsol, que llevaba meses negociando para evitar el bloqueo de exportaciones. Sin embargo, el riesgo es que EEUU priorice el desembarco de sus propios colosos (Exxon, Chevron, ConocoPhillips) desplazando a los socios europeos que, como Repsol o la italiana Eni, se quedaron cuando las americanas huyeron durante las expropiaciones de Chávez.

Un premio con letra pequeña. España tiene ante sí una oportunidad histórica de recuperar sus inversiones y liderar la reconstrucción, dado su arraigo histórico. Pero el “agujero” de 1.160 millones es solo el síntoma de una enfermedad más profunda: la dependencia de un activo que requiere una inversión masiva para ser rentable en un mundo que ya empieza a despedirse de los combustibles fósiles.

Venezuela sigue siendo la mayor gasolinera del mundo, pero hoy es una instalación en ruinas cuya factura de reparación amenaza con manchar los balances de la gran empresa española si la transición no es “quirúrgica”.

Imagen | Pexels y Repsol

Xataka | Venezuela ha demostrado que EEUU puede encontrar a cualquiera por muy escondido que esté. Solo tiene que invocar un nombre: RQ-170


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España y el agujero de los 1.160 millones: cómo el crudo venezolano se convirtió en un riesgo

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Xataka

por
Alba Otero

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​El 14 de diciembre de 1922, el pozo Los Barrosos-2 en Venezuela estalló en un géiser de crudo de 60 metros que tardó una semana en detenerse. Como recuerda CNN, aquel desastre ecológico puso al país en una senda de riqueza deslumbrante y agitación política que ha desembocado, un siglo después, en la captura del presidente Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses. 
Mientras en Washington celebran la “Doctrina Donroe”, en los centros de control de las refinerías de Cartagena y Bilbao se vive una tensión distinta. Para España, Venezuela no es solo una noticia de política exterior; es un agujero negro económico de 1.160 millones de euros.
Un déficit fuera de control. La relación comercial entre España y Venezuela ha pasado de ser un intercambio equilibrado a un abismo financiero. Según datos recabados por El Economista, en 2024 España registró un déficit comercial de 1.160 millones de euros con el país caribeño. Es el triple que en 2022 y la cifra más alta de los últimos 18 años.
La causa es una asimetría alarmante. Mientras que nuestras ventas apenas llegan a los 230 millones de euros, nuestras compras se han multiplicado por 22 desde 2021. España se ha convertido en el cuarto mejor cliente de Venezuela en el mundo, por detrás de EEUU, India y China. No obstante, no es una compra diversificada sino que el 94,59% de lo que importamos es petróleo y derivados.

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Repsol: la joya expuesta en el tablero. Si hay un nombre propio en este conflicto es Repsol. Según Expansión, la petrolera española es la empresa que más dinero se juega en la zona. Venezuela no es un activo más; es su segunda mayor fuente de reservas probadas en el mundo (256 millones de barriles), solo por detrás de Estados Unidos. Esto representa casi el 15% de todo el tesoro bajo tierra de la compañía.
Pero el riesgo no es solo lo que está bajo tierra, sino lo que se debe. La exposición patrimonial de Repsol por deudas comerciales de la estatal PDVSA ascendía a 330 millones de euros en junio de 2025. Además, la petrolera española extrae el 33% del gas que consume Venezuela. Como apunta la misma fuente, sin el gas de Repsol, la economía venezolana se pararía, pero sin la seguridad jurídica de Venezuela, el balance de la española podría sufrir un “agujero” de más de 13.000 millones de euros en valoración de reservas.
La paradoja de la “comida pesada”. Muchos se preguntan por qué las empresas españolas insisten en un país con infraestructuras obsoletas. La respuesta es técnica. El petróleo de Venezuela es “extrapesado”, denso como el alquitrán. Irónicamente, el petróleo que EEUU extrae mediante fracking es “demasiado bueno” (ligero). Para producir diésel y asfalto de forma eficiente, las refinerías de la Costa del Golfo y las españolas necesitan mezclar su crudo ligero con la “sustancia” densa de Venezuela.
Sin embargo, esta es una “gasolinera sin mangueras”. El crudo llega “sucio” (con exceso de sal, agua y metales) porque PDVSA ha desmantelado oleoductos para venderlos como chatarra. Esto convierte el refinado en un proceso costoso y arriesgado que solo empresas con décadas de arraigo, como Repsol —desde 1993—, se atreven a gestionar.
El muro de los 100.000 millones. El optimismo de Trump, que ya moviliza fondos privados de 2.000 millones de dólares liderados por ex-ejecutivos de Chevron, choca con la realidad técnica. De hecho, analistas consultados por de The Wall Street Journal advierten que no habrá un milagro inmediato. Reconstruir el sector exige una inversión de 10.000 millones de dólares al año durante una década. La infraestructura está tan deteriorada que PDVSA reconoce que sus oleoductos no se han modernizado en medio siglo. La factura total de reparación asciende a los 100.000 millones de dólares.
El factor Trump y la “Doctrina Donroe”. En un análisis del experto en mercados Robert Armstrong subraya un cambio de paradigma: Trump ha demostrado que su ideología geopolítica está por encima de la estabilidad del mercado. Al capturar a Maduro, ha puesto su legado en juego por el objetivo de controlar el flujo energético desde Alaska hasta la Patagonia.
Este movimiento beneficia a priori a Repsol, que llevaba meses negociando para evitar el bloqueo de exportaciones. Sin embargo, el riesgo es que EEUU priorice el desembarco de sus propios colosos (Exxon, Chevron, ConocoPhillips) desplazando a los socios europeos que, como Repsol o la italiana Eni, se quedaron cuando las americanas huyeron durante las expropiaciones de Chávez.

Un premio con letra pequeña. España tiene ante sí una oportunidad histórica de recuperar sus inversiones y liderar la reconstrucción, dado su arraigo histórico. Pero el “agujero” de 1.160 millones es solo el síntoma de una enfermedad más profunda: la dependencia de un activo que requiere una inversión masiva para ser rentable en un mundo que ya empieza a despedirse de los combustibles fósiles.

Venezuela sigue siendo la mayor gasolinera del mundo, pero hoy es una instalación en ruinas cuya factura de reparación amenaza con manchar los balances de la gran empresa española si la transición no es “quirúrgica”.

Imagen | Pexels y Repsol

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España y el agujero de los 1.160 millones: cómo el crudo venezolano se convirtió en un riesgo

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Alba Otero

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