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El arte del autoengaño: por qué nuestro cerebro defiende nuestros errores aunque sepa que estamos equivocados

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El arte del autoengaño: por qué nuestro cerebro defiende nuestros errores aunque sepa que estamos equivocados

Un político del partido al que votaste comete un acto deleznable, pero no lo consideras tan grave como si algo menos rechazable lo hubiese hecho alguien del partido rival. ¿Te suena? Es el autoengaño funcionando a toda potencia. Admitir un error no es fácil: solemos exoneramos de nuestros fallos mientras guardamos rencor hacia los errores ajenos. O como diría Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”.

La autojustificación es la manera que tiene nuestra mente de reducir la disonancia cognitiva. Es decir, el estado de tensión que se produce cuando una persona mantiene dos cogniciones (ideas, actitudes, creencias, opiniones) que son psicológicamente incoherentes entre sí. 

Así definen la disonancia cognitiva los psicólogos sociales Elliot Aronson y Carol Tavris en Se han cometido errores (pero yo no fui): Por qué justificamos creencias ridículas, decisiones equivocadas y actos dañinos, publicado por primera vez en 2007 y que llega ahora a España en una edición revisada de Capitán Swing. 

“La autojustificación es más poderosa y peligrosa que la mentira explícita” porque “minimiza nuestros errores y malas decisiones, a la vez que explica por qué todo el mundo puede reconocer a un hipócrita en acción, excepto a él mismo”, destacan Aronson y Tavris.

El ejemplo con el que empieza este libro es el famoso caso destapado por el psicólogo social Leon Festinger tras infiltrarse en una secta del juicio final. Este grupo creía que se acabaría el mundo el 21 de diciembre de 1954 y que una nave espacial salvaría a sus seguidores. Festinger comprobó que aquellos que habían vendido sus bienes terrenales, superfluos frente al apocalipsis, y que habían arriesgado más eran precisamente los más reacios a cambiar de opinión.

Photo 1585747354995 Bf346fd32d9f

¿Engañarnos? Sí, gracias. (Unsplash)

Cuando el líder de la secta explicó que el platillo volante no había llegado a la Tierra porque la fe del grupo había salvado el mundo, sus seguidores redoblaron su confianza en él. Para explicar este evento, el psicólogo creó en 1957 el concepto “disonancia cognitiva”. Pero el caso sobre el que se ha construido el edificio de la disonancia cognitiva se ha tambaleado durante los últimos años.

¿Sabemos qué es la disonancia cognitiva realmente?

Gracias a material de archivo recientemente desclasificado, un artículo científico publicado a comienzos de noviembre de 2025 dice haber demostrado que las afirmaciones centrales de este caso, contado por Festinger y otros psicólogos en 1956, son falsas y que los autores lo sabían.

Según los documentos, el grupo estuvo activo mucho antes de que la profecía fracasara y luego abandonó rápidamente sus creencias. Esta nueva revelación también alerta de “graves violaciones éticas por parte de los investigadores, incluyendo mensajes psíquicos falsificados y manipulación encubierta”. Uno de sus autores, Henry Riecken, se hizo pasar por una autoridad espiritual y más tarde admitió que había “precipitado” los acontecimientos culminantes del estudio.

Para Fernando Blanco, profesor titular del Departamento de Psicología Social de la Universidad de Granada, este descubrimiento no altera la evidencia detrás del concepto de disonancia cognitiva. “Aunque la disonancia cognitiva y el autoengaño existan como fenómenos psicológicos, tienen límites y no esperaría que dominasen totalmente y por sí solos el comportamiento de un grupo más o menos grande de personas”. 

Realmente, indica este experto, “no estamos hablando de un estudio científico sino de una anécdota que inspiró una idea o que se utilizó para ilustrar una hipótesis que luego fue estudiada científicamente, que es con lo que deberíamos quedarnos. Hay montones de estudios que sugieren que la gente intenta evitar la disonancia. El fenómeno de la disonancia cognitiva existe, aunque su interpretación teórica pueda variar”.

justicia

La justicia es ciega, nuestra disonancia cognitiva también, aparentemente. (Unsplash)

Esto es frecuente en la psicología, particularmente en la psicología social, continúa Blanco: “Tenemos montones de observaciones más o menos anecdóticas que ‘pasan a la historia’ y que los profesores de psicología social siempre contamos que realmente contienen más mito que realidad”. 

Otro caso, citado también en el libro de Capitán Swing, es el del experimento de Milgram en la Universidad de Yale en 1961, diseñado para medir la obediencia a la autoridad. En el experimento, se obligaba a los participantes a dar descargas eléctricas crecientes a una persona que gritaba y llegaba, aparentemente, al borde de la muerte. La interpretación suele ser que las personas tenemos una predisposición a obedecer acríticamente a la autoridad. Esta investigación se hizo en una época en la que resonaban los crímenes de la II Guerra Mundial y los juicios de Nuremberg. 

“Muchas veces se sobredimensionan los resultados, que, si bien son interesantes, no son tan extremos como se suelen relatar”, indica Rafael Gil Ortega, psicólogo clínico que está finalizando su doctorado sobre persuasión en la Universidad Autónoma de Madrid. Pero, advierte Blanco, en realidad se cree que casi la mitad de los participantes sabía que las descargas eran “de pega” y que no estaban dañando a nadie.

“La evidencia que proporciona este estudio es débil y hay que tomarla con mucho escepticismo”, aunque otras investigaciones más recientes, sin llegar al extremo de Milgram por cuestiones éticas, han llegado a conclusiones parecidas, indica Blanco. El investigador también señala que existen otras explicaciones que no se basan en la obediencia sino en la influencia normativa, es decir, que las personas hacemos lo que se espera de nosotros, sin necesidad de interpretar ese comportamiento como derivado de una orden.

Los pros y los contras de autoengañarse

La disonancia cognitiva puede ser fácil de identificar por el malestar que genera la contradicción entre nuestra forma de actuar y nuestra forma de pensar, manifestada en forma de culpa o remordimiento. “Cuando la sentimos, tendemos a evitar cualquier cosa que pueda aumentarla, buscando información y apoyo solo en personas o fuentes que confirmen nuestras creencias, evitando aquellas que podrían contradecirlas”, señala Blanco. Al ser la disonancia una sensación desagradable, estamos motivados para reducirla.

Gil aboga por no demonizarla porque gracias a ella “podemos reflexionar, crecer, cambiar y mejorar haciéndonos preguntas. Otras veces simplemente podemos ser inconsistentes y ya está. No es razonable exigir una coherencia perfecta cuando el propio contexto no es consistente”. Tampoco todos estamos igual de predispuestos a autoengañarnos. 

Como señalan los autores de Se han cometido errores (pero yo no fui): “Todos somos tan inconscientes de nuestros puntos ciegos como lo son los peces respecto al agua en la que nadan. Pero quienes nadan en las aguas del privilegio tienen una motivación particular para seguir siendo ajenos a ello”.

autoengaño

No fui yo, señoría, fue mi autoengaño. (Unsplash)

El autoengaño también tiene un lado positivo: el permitirnos dormir por la noche y no torturarnos por nuestras acciones y omisiones. Pero “bloquea nuestra capacidad de ver nuestros errores” y corregirlos. Ello nos impide “obtener toda la información que necesitamos y evaluar los problemas con claridad”, indican Tavris y Aronson.

El autoengaño nos protege de sentirnos mal, destaca  Gil. Se manifiesta, por ejemplo, con eufemismos en el lenguaje. En lugar de decir “he sido infiel”, diríamos “he hecho lo que me dictaba el corazón”. Blanco lo llama el efecto de “no poder echarse para atrás”, pudiendo llegar al extremo de autoconvencerte. Esta coherencia también se aplica a tu entorno. Por ello, cuando acusan a un familiar o conocido de alguna agresión, para ti es más coherente que la persona que acusa esté exagerando, equivocándose o mintiendo que tu amigo acusado sea un agresor.

Otro fenómeno relacionado con este tipo de distorsiones cognitivas tiene que ver con la anestesia emocional. Este fenómeno suele suceder cuando las personas están expuestas por un tiempo a un estímulo negativo, como el sufrimiento ajeno. Se produce entonces una habituación al estímulo y dejamos de reaccionar ante él. Como explica Miriam Rocha, psicóloga clínica en ITEMA, las personas podemos “anestesiarnos” ante la observación del dolor y dejar de reaccionar empáticamente. 

Esto ocurre en las guerras, lo que explica las escaladas de violencia y que los espectadores “podemos también habituarnos a dicho grado de horror y dejar de ser sensibles al mismo, acabando por normalizarlo”, destaca.

Hay ocho mecanismos de desconexión moral, según expuso el psicólogo Albert Bandura: la justificación moral, el lenguaje eufemístico, la comparación ventajosa, el desplazamiento de la responsabilidad, la difusión de la responsabilidad, la minimización o distorsión del daño, la deshumanización de la víctima y la culpabilización de la víctima. Conocerlos puede ser un buen comienzo para detectar el autoengaño, indica Gil, aunque ser conscientes de nuestros fallos puede no ser suficiente.

Amaestrando tu autoengaño

Para evitar actuar bajo la influencia del autoengaño, Gil recomienda tomar decisiones en frío, tras dejar pasar el tiempo y reposar las emociones. Otra táctica importante es hablar y escuchar a otros y buscar información que contradiga nuestra opinión inicial: “Un problema es que en muchas ocasiones nosotros somos nuestra única audiencia cuando pensamos. El autoengaño no se combate por introspección pura, sino cuando se rompen las condiciones que lo sostienen”.

Por su parte, Rocha aboga primero por ser conscientes de nuestros sesgos cognitivos, ya que cumplen una función adaptativa y tienen una utilidad como estrategias para desenvolvernos en el mundo, aunque sea de forma inconsciente o involuntaria. El siguiente paso sería conocerse a uno mismo. ¿Ante qué situaciones, personas o momentos podemos ser más propensos a equivocarnos en el análisis de la situación? El tercer elemento es estar alerta en momentos donde es más fácil que suframos sesgos.

autoengaño

Controlar el autoengaño es posible (y recomendable si no quieres terminar asaltando una institución democrática). (Unsplash)

Por último, toca trabajar conscientemente el análisis de nuestro propio discurso, como si fuéramos científicos que tuviéramos que poner a prueba una hipótesis. ¿Cómo? Tomando nuestra interpretación como una mera hipótesis que hay que contrastar. ¿Tiene datos que la apoyen? ¿Hay evidencia en contra que la refute? 

“Igual que podemos ser muy buenos utilizando nuestro discurso interno para hacernos trampas o daño, también podemos aprender a utilizarlo a nuestro favor para controlar dichas trampas y daños”, añade la psicóloga.

En terapia, abunda Rocha, se utiliza la disonancia cognitiva para identificar sus orígenes. “Se enseña a la persona a ser más honesta en el reconocimiento del papel de su discurso y a desarrollar la capacidad de realizar descripciones y análisis más ajustados a la realidad que permitan tomar mejores decisiones”. Cualquier cambio en consulta pasa por tomar conciencia sobre cuándo aparecen las conductas problemáticas. A partir de ahí se comienzan a introducir conductas alternativas. 

Y el problema de la memoria

El libro de Tavris y Aronson dedica un capítulo a la implantación y creación de recuerdos falsos, incluyendo los casos de abusos sexuales falsos en la infancia creados por terapeutas. Esta mala praxis llevó a personas inocentes a la cárcel. 

Ocurrió debido a que la memoria no funciona como un disco duro donde se almacena un recuerdo y luego se recupera cuando lo necesites, advierte el profesor de la Universidad de Granada: “Es más bien un sistema que reproduce un patrón de activación neuronal que reconstruye una experiencia del pasado, pero siendo vulnerable a la influencia del presente”. O como expone Rafael Gil, la memoria es reconstructiva, no reproductiva. Este es un dato que no conocían los jurados y jueces que condenaron a las víctimas de estos falsos recuerdos (o sabiéndolo pudieron autoengañarse o ser sugestionados).

Otro mito es que un evento impactante debe dejar huella en las personas o, como dice el lenguaje terapéutico popularizado, “provocar un trauma”. Y si no te marca es porque el trauma está reprimido. “Nada más lejos de la realidad. Si no hay ninguna forma en la que un evento pasado reaparezca o genere impacto en el presente es porque probablemente la persona ha tenido la capacidad de superarlo de forma adecuada”, señala Miriam Rocha. 

memoria

La memoria es traicionera. (Unsplash)

Respecto a los recuerdos implantados en terapia, también está la posibilidad de que la persona cuente lo que cree que se espera por la deseabilidad social. Es decir, que los pacientes digan cosas porque creen que es lo que queremos escuchar, lo que se espera socialmente o que va a ser bien recibido, añade la psicóloga.

El autoengaño llega a crear recuerdos alterados para conservar la coherencia y protegernos de la disonancia, de forma que en retrospectiva nuestra conducta se presente como lógica y justificada. “No me han timado vendiéndome un objeto inútil y caro, es que yo tenía muchas ganas de comprarme uno”, ejemplifica Fernando Blanco.

Lamentablemente para nosotros y afortunadamente para la industria de la publicidad y el marketing, somos más sugestionables de lo que creemos, especialmente cuando hay lagunas de información. Entonces el cerebro completa esas lagunas con lo más plausible o coherente narrativamente. Como concluye Miriam Rocha: “Todos somos sugestionables, aunque también podemos aprender a protegernos de influencias externas”.

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La noticia

El arte del autoengaño: por qué nuestro cerebro defiende nuestros errores aunque sepa que estamos equivocados

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Fermín Grodira

.

​Un político del partido al que votaste comete un acto deleznable, pero no lo consideras tan grave como si algo menos rechazable lo hubiese hecho alguien del partido rival. ¿Te suena? Es el autoengaño funcionando a toda potencia. Admitir un error no es fácil: solemos exoneramos de nuestros fallos mientras guardamos rencor hacia los errores ajenos. O como diría Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”.
La autojustificación es la manera que tiene nuestra mente de reducir la disonancia cognitiva. Es decir, el estado de tensión que se produce cuando una persona mantiene dos cogniciones (ideas, actitudes, creencias, opiniones) que son psicológicamente incoherentes entre sí. 
Así definen la disonancia cognitiva los psicólogos sociales Elliot Aronson y Carol Tavris en Se han cometido errores (pero yo no fui): Por qué justificamos creencias ridículas, decisiones equivocadas y actos dañinos, publicado por primera vez en 2007 y que llega ahora a España en una edición revisada de Capitán Swing. 

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“La autojustificación es más poderosa y peligrosa que la mentira explícita” porque “minimiza nuestros errores y malas decisiones, a la vez que explica por qué todo el mundo puede reconocer a un hipócrita en acción, excepto a él mismo”, destacan Aronson y Tavris.
El ejemplo con el que empieza este libro es el famoso caso destapado por el psicólogo social Leon Festinger tras infiltrarse en una secta del juicio final. Este grupo creía que se acabaría el mundo el 21 de diciembre de 1954 y que una nave espacial salvaría a sus seguidores. Festinger comprobó que aquellos que habían vendido sus bienes terrenales, superfluos frente al apocalipsis, y que habían arriesgado más eran precisamente los más reacios a cambiar de opinión.

¿Engañarnos? Sí, gracias. (Unsplash)

Cuando el líder de la secta explicó que el platillo volante no había llegado a la Tierra porque la fe del grupo había salvado el mundo, sus seguidores redoblaron su confianza en él. Para explicar este evento, el psicólogo creó en 1957 el concepto “disonancia cognitiva”. Pero el caso sobre el que se ha construido el edificio de la disonancia cognitiva se ha tambaleado durante los últimos años.
¿Sabemos qué es la disonancia cognitiva realmente?
Gracias a material de archivo recientemente desclasificado, un artículo científico publicado a comienzos de noviembre de 2025 dice haber demostrado que las afirmaciones centrales de este caso, contado por Festinger y otros psicólogos en 1956, son falsas y que los autores lo sabían.
Según los documentos, el grupo estuvo activo mucho antes de que la profecía fracasara y luego abandonó rápidamente sus creencias. Esta nueva revelación también alerta de “graves violaciones éticas por parte de los investigadores, incluyendo mensajes psíquicos falsificados y manipulación encubierta”. Uno de sus autores, Henry Riecken, se hizo pasar por una autoridad espiritual y más tarde admitió que había “precipitado” los acontecimientos culminantes del estudio.

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Realmente, indica este experto, “no estamos hablando de un estudio científico sino de una anécdota que inspiró una idea o que se utilizó para ilustrar una hipótesis que luego fue estudiada científicamente, que es con lo que deberíamos quedarnos. Hay montones de estudios que sugieren que la gente intenta evitar la disonancia. El fenómeno de la disonancia cognitiva existe, aunque su interpretación teórica pueda variar”.

La justicia es ciega, nuestra disonancia cognitiva también, aparentemente. (Unsplash)

Esto es frecuente en la psicología, particularmente en la psicología social, continúa Blanco: “Tenemos montones de observaciones más o menos anecdóticas que ‘pasan a la historia’ y que los profesores de psicología social siempre contamos que realmente contienen más mito que realidad”. 
Otro caso, citado también en el libro de Capitán Swing, es el del experimento de Milgram en la Universidad de Yale en 1961, diseñado para medir la obediencia a la autoridad. En el experimento, se obligaba a los participantes a dar descargas eléctricas crecientes a una persona que gritaba y llegaba, aparentemente, al borde de la muerte. La interpretación suele ser que las personas tenemos una predisposición a obedecer acríticamente a la autoridad. Esta investigación se hizo en una época en la que resonaban los crímenes de la II Guerra Mundial y los juicios de Nuremberg. 

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“La evidencia que proporciona este estudio es débil y hay que tomarla con mucho escepticismo”, aunque otras investigaciones más recientes, sin llegar al extremo de Milgram por cuestiones éticas, han llegado a conclusiones parecidas, indica Blanco. El investigador también señala que existen otras explicaciones que no se basan en la obediencia sino en la influencia normativa, es decir, que las personas hacemos lo que se espera de nosotros, sin necesidad de interpretar ese comportamiento como derivado de una orden.
Los pros y los contras de autoengañarse
La disonancia cognitiva puede ser fácil de identificar por el malestar que genera la contradicción entre nuestra forma de actuar y nuestra forma de pensar, manifestada en forma de culpa o remordimiento. “Cuando la sentimos, tendemos a evitar cualquier cosa que pueda aumentarla, buscando información y apoyo solo en personas o fuentes que confirmen nuestras creencias, evitando aquellas que podrían contradecirlas”, señala Blanco. Al ser la disonancia una sensación desagradable, estamos motivados para reducirla.
Gil aboga por no demonizarla porque gracias a ella “podemos reflexionar, crecer, cambiar y mejorar haciéndonos preguntas. Otras veces simplemente podemos ser inconsistentes y ya está. No es razonable exigir una coherencia perfecta cuando el propio contexto no es consistente”. Tampoco todos estamos igual de predispuestos a autoengañarnos. 
Como señalan los autores de Se han cometido errores (pero yo no fui): “Todos somos tan inconscientes de nuestros puntos ciegos como lo son los peces respecto al agua en la que nadan. Pero quienes nadan en las aguas del privilegio tienen una motivación particular para seguir siendo ajenos a ello”.

No fui yo, señoría, fue mi autoengaño. (Unsplash)

El autoengaño también tiene un lado positivo: el permitirnos dormir por la noche y no torturarnos por nuestras acciones y omisiones. Pero “bloquea nuestra capacidad de ver nuestros errores” y corregirlos. Ello nos impide “obtener toda la información que necesitamos y evaluar los problemas con claridad”, indican Tavris y Aronson.
El autoengaño nos protege de sentirnos mal, destaca  Gil. Se manifiesta, por ejemplo, con eufemismos en el lenguaje. En lugar de decir “he sido infiel”, diríamos “he hecho lo que me dictaba el corazón”. Blanco lo llama el efecto de “no poder echarse para atrás”, pudiendo llegar al extremo de autoconvencerte. Esta coherencia también se aplica a tu entorno. Por ello, cuando acusan a un familiar o conocido de alguna agresión, para ti es más coherente que la persona que acusa esté exagerando, equivocándose o mintiendo que tu amigo acusado sea un agresor.

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Esto ocurre en las guerras, lo que explica las escaladas de violencia y que los espectadores “podemos también habituarnos a dicho grado de horror y dejar de ser sensibles al mismo, acabando por normalizarlo”, destaca.
Hay ocho mecanismos de desconexión moral, según expuso el psicólogo Albert Bandura: la justificación moral, el lenguaje eufemístico, la comparación ventajosa, el desplazamiento de la responsabilidad, la difusión de la responsabilidad, la minimización o distorsión del daño, la deshumanización de la víctima y la culpabilización de la víctima. Conocerlos puede ser un buen comienzo para detectar el autoengaño, indica Gil, aunque ser conscientes de nuestros fallos puede no ser suficiente.
Amaestrando tu autoengaño
Para evitar actuar bajo la influencia del autoengaño, Gil recomienda tomar decisiones en frío, tras dejar pasar el tiempo y reposar las emociones. Otra táctica importante es hablar y escuchar a otros y buscar información que contradiga nuestra opinión inicial: “Un problema es que en muchas ocasiones nosotros somos nuestra única audiencia cuando pensamos. El autoengaño no se combate por introspección pura, sino cuando se rompen las condiciones que lo sostienen”.
Por su parte, Rocha aboga primero por ser conscientes de nuestros sesgos cognitivos, ya que cumplen una función adaptativa y tienen una utilidad como estrategias para desenvolvernos en el mundo, aunque sea de forma inconsciente o involuntaria. El siguiente paso sería conocerse a uno mismo. ¿Ante qué situaciones, personas o momentos podemos ser más propensos a equivocarnos en el análisis de la situación? El tercer elemento es estar alerta en momentos donde es más fácil que suframos sesgos.

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Por último, toca trabajar conscientemente el análisis de nuestro propio discurso, como si fuéramos científicos que tuviéramos que poner a prueba una hipótesis. ¿Cómo? Tomando nuestra interpretación como una mera hipótesis que hay que contrastar. ¿Tiene datos que la apoyen? ¿Hay evidencia en contra que la refute? 
“Igual que podemos ser muy buenos utilizando nuestro discurso interno para hacernos trampas o daño, también podemos aprender a utilizarlo a nuestro favor para controlar dichas trampas y daños”, añade la psicóloga.
En terapia, abunda Rocha, se utiliza la disonancia cognitiva para identificar sus orígenes. “Se enseña a la persona a ser más honesta en el reconocimiento del papel de su discurso y a desarrollar la capacidad de realizar descripciones y análisis más ajustados a la realidad que permitan tomar mejores decisiones”. Cualquier cambio en consulta pasa por tomar conciencia sobre cuándo aparecen las conductas problemáticas. A partir de ahí se comienzan a introducir conductas alternativas. 
Y el problema de la memoria
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Ocurrió debido a que la memoria no funciona como un disco duro donde se almacena un recuerdo y luego se recupera cuando lo necesites, advierte el profesor de la Universidad de Granada: “Es más bien un sistema que reproduce un patrón de activación neuronal que reconstruye una experiencia del pasado, pero siendo vulnerable a la influencia del presente”. O como expone Rafael Gil, la memoria es reconstructiva, no reproductiva. Este es un dato que no conocían los jurados y jueces que condenaron a las víctimas de estos falsos recuerdos (o sabiéndolo pudieron autoengañarse o ser sugestionados).

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Respecto a los recuerdos implantados en terapia, también está la posibilidad de que la persona cuente lo que cree que se espera por la deseabilidad social. Es decir, que los pacientes digan cosas porque creen que es lo que queremos escuchar, lo que se espera socialmente o que va a ser bien recibido, añade la psicóloga.
El autoengaño llega a crear recuerdos alterados para conservar la coherencia y protegernos de la disonancia, de forma que en retrospectiva nuestra conducta se presente como lógica y justificada. “No me han timado vendiéndome un objeto inútil y caro, es que yo tenía muchas ganas de comprarme uno”, ejemplifica Fernando Blanco.
Lamentablemente para nosotros y afortunadamente para la industria de la publicidad y el marketing, somos más sugestionables de lo que creemos, especialmente cuando hay lagunas de información. Entonces el cerebro completa esas lagunas con lo más plausible o coherente narrativamente. Como concluye Miriam Rocha: “Todos somos sugestionables, aunque también podemos aprender a protegernos de influencias externas”.
En Xataka | Decimos que estamos “deprimidos” por encima de nuestras posibilidades: dónde termina y dónde empieza la enfermedad
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Fermín Grodira

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