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La guerra en Irán ha confirmado lo que se intuía en Ucrania: las batallas se ganan mucho antes de lanzar el primer misil

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La guerra en Irán ha confirmado lo que se intuía en Ucrania: las batallas se ganan mucho antes de lanzar el primer misil

En la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos empezaron a descubrir que interceptar una señal de radio podía ser tan decisivo como hundir un barco. Décadas después, esa lógica se ha multiplicado: hoy un conflicto moderno puede implicar satélites, algoritmos que procesan millones de datos por segundo y ataques que ocurren en redes invisibles mucho antes de que aparezca el primer avión o el primer misil en el cielo.

La guerra que ocurre antes. En el pasado, las guerras comenzaron con el primer disparo visible: una carga de caballería, un bombardeo de artillería o el lanzamiento de un misil. Pero los conflictos del siglo XXI han cambiado radicalmente esa lógica. 

Antes de que el primer proyectil cruce el cielo, ya se ha librado una batalla decisiva en otro lugar mucho menos visible: redes informáticas infiltradas durante años, satélites observando movimientos, radares cegados electrónicamente y algoritmos que analizan montañas de datos para anticipar cada movimiento del enemigo. La guerra en Irán ha vuelto a demostrarlo con crudeza. Igual que ocurrió en Ucrania, el enfrentamiento real comienza mucho antes de que el público vea las explosiones.

Un asesinato de años. Contaba la semana pasada el Financial Times en un extenso reportaje cómo se urdió el ataque que acabó con la vida del ayatolá Ali Khamenei, uno de los ejemplos más extremos de esa nueva forma de combatir. Cuando los cazas israelíes lanzaron sus bombas sobre el complejo de Pasteur Street en Teherán, la operación llevaba en realidad años desarrollándose en silencio. Israel había hackeado gran parte de las cámaras de tráfico de la capital iraní y transmitía sus imágenes cifradas a servidores en su territorio. 

Aquellos datos se combinaban con algoritmos capaces de reconstruir patrones de vida: a qué hora llegaban los guardaespaldas, dónde estacionaban sus coches, qué rutas seguían y con qué funcionarios trabajaban. Esa información se integraba con inteligencia humana, interceptaciones de comunicaciones y análisis de redes sociales que identificaban centros de poder dentro del sistema iraní. El resultado era una cadena de producción de objetivos: una maquinaria de inteligencia diseñada para convertir datos en blancos militares.

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Cegar primero, atacar después. Cuando llegó el momento de ejecutar la operación, los misiles y las bombas fueron en realidad la última fase del plan. Antes de que los cazas entraran en acción, Estados Unidos lanzó ataques cibernéticos destinados a degradar los sistemas iraníes de comunicación y defensa aérea. 

El objetivo era simple: cegar al enemigo. Radares inutilizados, redes de mando confundidas y torres de telefonía incapaces de transmitir advertencias crearon un vacío temporal en el que las fuerzas atacantes podían moverse con ventaja. Esa lógica (quitarle primero los ojos al adversario) ya había aparecido en conflictos anteriores, pero ahora se ha convertido en una pieza central de la estrategia militar moderna.

El campo de batalla invisible. Ese combate previo se libra en lo que los militares llaman el espectro electromagnético: el dominio donde operan radares, comunicaciones, satélites y sistemas de navegación. Controlar ese espacio significa poder detectar amenazas antes que el enemigo, guiar armas de precisión o bloquear señales que permiten coordinar una defensa. Perderlo puede tener consecuencias inmediatas. 

Sin comunicaciones seguras, las unidades no pueden coordinarse, sin navegación por satélite, las armas guiadas pierden precisión, y sin radar, los sistemas antiaéreos dejan de ver los objetivos que deben interceptar. Por eso los estrategas militares repiten una advertencia cada vez más clara: si se pierde la batalla del espectro electromagnético, la guerra probablemente ya esté perdida.

La lección que llegó desde Ucrania. Como hemos ido contando, la guerra en Ucrania fue el laboratorio que demostró hasta qué punto este combate invisible es decisivo. Allí, tanto Rusia como Ucrania han empleado sistemas de guerra electrónica para bloquear drones, interferir misiles guiados por GPS o inutilizar comunicaciones enemigas. 

En algunos momentos, armas occidentales de precisión como los cohetes HIMARS o las bombas JDAM perdieron parte de su eficacia debido a las interferencias electrónicas rusas. El resultado fue un campo de batalla donde el control del espectro (y no solo el número de misiles o tanques) determinaba quién tenía ventaja.

La nueva fase de la guerra moderna. La operación contra Irán confirma que esa tendencia no es una anomalía ucraniana, sino más bien la norma en las guerras contemporáneas. Hoy los primeros movimientos en un conflicto no suelen ser visibles, porque son hackers infiltrando redes, satélites detectando señales, algoritmos procesando datos o sistemas electrónicos bloqueando comunicaciones. 

Si se quiere también, es una fase silenciosa, pero absolutamente crítica. Solo cuando esa batalla se gana, los misiles despegan, los aviones cruzan la frontera o las bombas caen sobre sus objetivos. Para entonces, sin embargo, gran parte del resultado ya está decidido. Porque en las guerras del siglo XXI, el combate más importante no se libra en el aire ni en el suelo, sino en un dominio invisible donde ver antes que el enemigo es tan decisivo como disparar primero.

Imagen | US Navy, Nara

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La noticia

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fue publicada originalmente en

Xataka

por
Miguel Jorge

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​En la Segunda Guerra Mundial, los ejércitos empezaron a descubrir que interceptar una señal de radio podía ser tan decisivo como hundir un barco. Décadas después, esa lógica se ha multiplicado: hoy un conflicto moderno puede implicar satélites, algoritmos que procesan millones de datos por segundo y ataques que ocurren en redes invisibles mucho antes de que aparezca el primer avión o el primer misil en el cielo.

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