Ciencia y Tecnología
La gran mentira del “fitness cuqui”: el deporte se ha disfrazado de terapia para cobrarte más dinero
Hubo un tiempo en que los gimnasios olían a linimento y hierro oxidado. El éxito se medía en gritos guturales y camisetas empapadas bajo el lema militar del no pain, no gain. Esa era ha muerto. Si entras hoy en un estudio de moda, olerás a incienso y verás colores pastel. La industria ha entendido que para captar a las masas debía dejar de vender agotamiento y empezar a vender “conexión”.
Según explican desde las revistas de tendencias, hemos entrado en la era de la Strong Elegance. Este nuevo concepto, lejos de ser una marca, es definido como una evolución natural de entrenar “mejor, no más”. El objetivo ya no es destruir el músculo, sino “conectar con tu cuerpo” a través de la suavidad y la técnica.
Es el nacimiento del Cozy Fitness o entrenamiento amable. Sin embargo, detrás de esta fachada de calma zen, las proyecciones económicas son vertiginosas. Se estima que el mercado global de estudios de Pilates y Yoga alcanzará los 520.610 millones de dólares para 2035, impulsado por una población que valora la salud mental por encima de la apariencia física bruta.
La redefinición del esfuerzo
El cambio de paradigma no es casual; responde a una demanda post-pandémica de salud mental. Según un informe de Les Mills, el 99% de los encuestados afirma sentirse “más feliz” después de entrenar, y un 42% prioriza el ejercicio específicamente para mejorar su bienestar mental. Esto ha provocado que disciplinas de bajo impacto, como el Pilates, sean la clase más reservada por segundo año consecutivo.
Pero no nos engañemos pensando que “suave” significa “fácil”. Medios especializados advierten que disciplinas como el barre (una fusión de ballet, pilates y yoga) generan una sobrecarga metabólica y mecánica real. Al trabajar con isometría y llevar el músculo a la fatiga sin grandes pesos, se consigue fuerza y mejora postural.

Aquí es donde la narrativa se vuelve perversa. Bajo la promesa de “liberación” y “autocuidado”, la industria ha mercantilizado la gestión del yo. Un análisis académico profundo sobre las dimensiones filosóficas de las ciencias médicas sugiere que el fitness moderno es un subproducto de la ideología neoliberal. Se nos inculca la noción del “yo emprendedor”: la salud y la estética se convierten en una responsabilidad individual de éxito o fracaso. El bienestar se vende como una mercancía, y el individuo se ve obligado a la “auto-optimización” constante. Si no estás sano y radiante, es porque no estás gestionando bien tu “empresa” corporal.
Esta presión se manifiesta en nuevas obsesiones como el Protein Chic. Hemos pasado de comer por necesidad a consumir productos enriquecidos con proteínas (incluso palomitas o agua) como símbolo de estatus. El batido de proteínas se ha convertido en un ritual religioso, una herramienta para sentir que hemos “cumplido” con el mandato de productividad física.
Además, el deporte se ha transformado en un filtro de clase. Competiciones de moda como Hyrox, que combinan carrera y ejercicios funcionales, se han convertido en una exhibición de lifestyle donde pagas una inscripción elevada (cerca de 70 euros) para demostrar que puedes permitirte sufrir de forma cool y gamificada.
Los motores del cambio: soledad, identidad y moda
Para entender cómo hemos llegado a este punto, hay que mirar quién está llenando las salas. La Generación Z ha convertido el gimnasio en su nuevo bar, buscando desesperadamente una tribu en lugar de máquinas frías. Un informe de 2025 revela que el 36% de los jóvenes acude regularmente a estos centros, no solo por el físico, sino para combatir la soledad y encontrar comunidad. Su prioridad es la pertenencia, lo que explica el éxodo masivo hacia las clases grupales frente al entrenamiento solitario.
Las grandes cadenas han leído esta necesidad emocional a la perfección y han virado su modelo de negocio: ya no venden una hora de ejercicio, venden identidad. El éxito de marcas como Brooklyn Fitboxing, que prevé facturar 50 millones de euros, se basa en gamificar esa comunidad. Del mismo modo, Club Pilates ha disparado sus ingresos un 60% en España al enfocarse en la “calidad operativa” y vender la sensación de pertenecer a un club selecto y exclusivo.
Esta obsesión estética lo ha impregnado todo, incluso la tecnología, que ha abandonado el plástico tosco para disfrazarse de alta joyería o hacerse invisible. El “minimalismo tecnológico” es la nueva norma: pulseras como la Xiaomi Smart Band 10 se lanzan ahora con correas de cerámica para llevarse como collares de moda, mientras que dispositivos como los anillos inteligentes o los sensores de Whoop apuestan por la “monitorización silenciosa”. Es el triunfo del dato constante pero discreto: la obsesión por medir el cuerpo 24/7 sin parecer un cíborg.
Hacia dónde vamos: De la estética a la biología
El futuro inmediato de la industria profundiza en esta sofisticación. Las tendencias para 2026 apuntan a la ‘Body Literacy’ (alfabetización corporal): según Elle, los usuarios ya no quieren recetas genéricas, sino entender su propia biología, hormonas y respuesta al estrés. Se pasa del “bio-hacking” agresivo a una comprensión personalizada y clínica.
En España, el mercado entra en una fase de consolidación. Según los informes de consultoras como BDO, los grandes operadores dejarán de abrir centros indiscriminadamente para centrarse en aumentar el ingreso medio por cliente (upselling) y ofrecer servicios familiares integrales. El gimnasio quiere ser el centro de la vida social de toda la familia.
Sin embargo, hay grietas en este mundo perfecto de colores pastel. Mientras el sector premium habla de conectar el alma, el segmento low cost sigue siendo una batalla de precios y eficiencia, recordándonos que el “bienestar espiritual” sigue siendo, en gran parte, un lujo económico.
Incluso la tecnología muestra signos de agotamiento. Analistas tecnológicos señalan que dispositivos como el Apple Watch parecen haber tocado techo en lo deportivo. Se han convertido en excelentes “animadores” de bienestar (Wellness), pero carecen de la profundidad técnica de un entrenador real, quedándose en la superficie de la motivación con voces sintéticas que te felicitan por cerrar anillos.
Como resume Ale Llosa, fundadora de uno de estos nuevos métodos de éxito, en Vogue: “Lo soft está de moda, pero sin fuerza no hay resiliencia”. La duda que nos queda, al cerrar la taquilla del vestuario, es si esta nueva era del fitness nos está haciendo realmente más libres y fuertes, o si simplemente nos ha construido una jaula más bonita, acolchada y cara para seguir produciendo.
Imagen | Freepik
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La gran mentira del “fitness cuqui”: el deporte se ha disfrazado de terapia para cobrarte más dinero
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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Hubo un tiempo en que los gimnasios olían a linimento y hierro oxidado. El éxito se medía en gritos guturales y camisetas empapadas bajo el lema militar del no pain, no gain. Esa era ha muerto. Si entras hoy en un estudio de moda, olerás a incienso y verás colores pastel. La industria ha entendido que para captar a las masas debía dejar de vender agotamiento y empezar a vender “conexión”.
Según explican desde las revistas de tendencias, hemos entrado en la era de la Strong Elegance. Este nuevo concepto, lejos de ser una marca, es definido como una evolución natural de entrenar “mejor, no más”. El objetivo ya no es destruir el músculo, sino “conectar con tu cuerpo” a través de la suavidad y la técnica.
Es el nacimiento del Cozy Fitness o entrenamiento amable. Sin embargo, detrás de esta fachada de calma zen, las proyecciones económicas son vertiginosas. Se estima que el mercado global de estudios de Pilates y Yoga alcanzará los 520.610 millones de dólares para 2035, impulsado por una población que valora la salud mental por encima de la apariencia física bruta.
La redefinición del esfuerzo
El cambio de paradigma no es casual; responde a una demanda post-pandémica de salud mental. Según un informe de Les Mills, el 99% de los encuestados afirma sentirse “más feliz” después de entrenar, y un 42% prioriza el ejercicio específicamente para mejorar su bienestar mental. Esto ha provocado que disciplinas de bajo impacto, como el Pilates, sean la clase más reservada por segundo año consecutivo.
Pero no nos engañemos pensando que “suave” significa “fácil”. Medios especializados advierten que disciplinas como el barre (una fusión de ballet, pilates y yoga) generan una sobrecarga metabólica y mecánica real. Al trabajar con isometría y llevar el músculo a la fatiga sin grandes pesos, se consigue fuerza y mejora postural.
Aquí es donde la narrativa se vuelve perversa. Bajo la promesa de “liberación” y “autocuidado”, la industria ha mercantilizado la gestión del yo. Un análisis académico profundo sobre las dimensiones filosóficas de las ciencias médicas sugiere que el fitness moderno es un subproducto de la ideología neoliberal. Se nos inculca la noción del “yo emprendedor”: la salud y la estética se convierten en una responsabilidad individual de éxito o fracaso. El bienestar se vende como una mercancía, y el individuo se ve obligado a la “auto-optimización” constante. Si no estás sano y radiante, es porque no estás gestionando bien tu “empresa” corporal.
Esta presión se manifiesta en nuevas obsesiones como el Protein Chic. Hemos pasado de comer por necesidad a consumir productos enriquecidos con proteínas (incluso palomitas o agua) como símbolo de estatus. El batido de proteínas se ha convertido en un ritual religioso, una herramienta para sentir que hemos “cumplido” con el mandato de productividad física.
Además, el deporte se ha transformado en un filtro de clase. Competiciones de moda como Hyrox, que combinan carrera y ejercicios funcionales, se han convertido en una exhibición de lifestyle donde pagas una inscripción elevada (cerca de 70 euros) para demostrar que puedes permitirte sufrir de forma cool y gamificada.
Los motores del cambio: soledad, identidad y moda
Para entender cómo hemos llegado a este punto, hay que mirar quién está llenando las salas. La Generación Z ha convertido el gimnasio en su nuevo bar, buscando desesperadamente una tribu en lugar de máquinas frías. Un informe de 2025 revela que el 36% de los jóvenes acude regularmente a estos centros, no solo por el físico, sino para combatir la soledad y encontrar comunidad. Su prioridad es la pertenencia, lo que explica el éxodo masivo hacia las clases grupales frente al entrenamiento solitario.
Las grandes cadenas han leído esta necesidad emocional a la perfección y han virado su modelo de negocio: ya no venden una hora de ejercicio, venden identidad. El éxito de marcas como Brooklyn Fitboxing, que prevé facturar 50 millones de euros, se basa en gamificar esa comunidad. Del mismo modo, Club Pilates ha disparado sus ingresos un 60% en España al enfocarse en la “calidad operativa” y vender la sensación de pertenecer a un club selecto y exclusivo.
Esta obsesión estética lo ha impregnado todo, incluso la tecnología, que ha abandonado el plástico tosco para disfrazarse de alta joyería o hacerse invisible. El “minimalismo tecnológico” es la nueva norma: pulseras como la Xiaomi Smart Band 10 se lanzan ahora con correas de cerámica para llevarse como collares de moda, mientras que dispositivos como los anillos inteligentes o los sensores de Whoop apuestan por la “monitorización silenciosa”. Es el triunfo del dato constante pero discreto: la obsesión por medir el cuerpo 24/7 sin parecer un cíborg.
En Xataka
Ni caminar ni correr: la ciencia apunta a que la sentadilla es el verdadero “fármaco” para envejecer con salud
Hacia dónde vamos: De la estética a la biología
El futuro inmediato de la industria profundiza en esta sofisticación. Las tendencias para 2026 apuntan a la ‘Body Literacy’ (alfabetización corporal): según Elle, los usuarios ya no quieren recetas genéricas, sino entender su propia biología, hormonas y respuesta al estrés. Se pasa del “bio-hacking” agresivo a una comprensión personalizada y clínica.
En España, el mercado entra en una fase de consolidación. Según los informes de consultoras como BDO, los grandes operadores dejarán de abrir centros indiscriminadamente para centrarse en aumentar el ingreso medio por cliente (upselling) y ofrecer servicios familiares integrales. El gimnasio quiere ser el centro de la vida social de toda la familia.
Sin embargo, hay grietas en este mundo perfecto de colores pastel. Mientras el sector premium habla de conectar el alma, el segmento low cost sigue siendo una batalla de precios y eficiencia, recordándonos que el “bienestar espiritual” sigue siendo, en gran parte, un lujo económico.
Incluso la tecnología muestra signos de agotamiento. Analistas tecnológicos señalan que dispositivos como el Apple Watch parecen haber tocado techo en lo deportivo. Se han convertido en excelentes “animadores” de bienestar (Wellness), pero carecen de la profundidad técnica de un entrenador real, quedándose en la superficie de la motivación con voces sintéticas que te felicitan por cerrar anillos.
Como resume Ale Llosa, fundadora de uno de estos nuevos métodos de éxito, en Vogue: “Lo soft está de moda, pero sin fuerza no hay resiliencia”. La duda que nos queda, al cerrar la taquilla del vestuario, es si esta nueva era del fitness nos está haciendo realmente más libres y fuertes, o si simplemente nos ha construido una jaula más bonita, acolchada y cara para seguir produciendo.
Imagen | Freepik
Xataka | Hemos aceptado que el deporte es “medicina” para el cuerpo. Ahora la ciencia está descubriendo sus efectos secundarios
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La gran mentira del “fitness cuqui”: el deporte se ha disfrazado de terapia para cobrarte más dinero
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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