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Economía

La credibilidad de las reglas

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La credibilidad de las reglas es uno de los factores más determinantes en la percepción de riesgo de un país.

Los países no se vuelven riesgosos cuando cambian las reglas. Se vuelven riesgosos cuando no sabemos cuándo cambiarán.

En los mercados financieros, esa diferencia es fundamental. El riesgo país no mide únicamente la situación fiscal o el nivel de deuda. Mide, sobre todo, la previsibilidad de las reglas bajo las cuales opera una economía.

Indicadores como el Emerging Markets Bond Index (EMBI) de JP Morgan – que mide el diferencial de tasas de interés frente a economías consideradas seguras – reflejan esa percepción. No reaccionan solo a los datos económicos, sino a la confianza en que las reglas se mantendrán consistentes en el tiempo.

En un entorno global marcado por tensiones geoplíticas, volatilidad en los precios de la energía y condiciones financieras más restrictivas, esta distinción se vuelve aún más relevante. La diferencia entre economías resilientes y vulnerables no es solo una cuestión de fundamentes macroeconómicos, sino de la credibilidad de sus reglas.

En América Latina, episodios recientes ilustran esta dinámica. Colombia perdió su grado de inversión en 2021 cuando el mercado comenzó a cuestionar la trayectoria de sus políticas. Perú ha enfrentado volatilidad asociada a la incertidumbre política. Incluso Panamá ha visto aumentar sus primas de riesgo en momentos de tensión institucional.

Estos casos comparten un patrón: el problema no fue necesariamente el cambio en sí, sino la dificultad de anticiparlo.

Las economías pueden adaptarse a reformas, ajustes fiscales o cambios regulatorios. Lo que resulta más costoso es la imprevisibilidad. Cuando las reglas dejan de ser claras, los mercados exigen una prima mayor, que se traduce en mayor costo de financiamiento, menor inversión y, eventualmente, menor crecimiento.

En muchos casos, el desafío no radica en la falta de diagnóstico. Las reformas necesarias suelen ser conocidas, pero su implementación implica costos políticos que no siempre se están dispuestos a asumir. Cuando esos ajustes se posponen, la credibilidad se erosiona y el riesgo aumenta.

Para economías pequeñas y abiertas como la dominicana, esta dinámica es especialmente relevante. La percepción de riesgo incide en el costo del financiamiento soberano, en las condiciones de crédito del sector privado y en la capacidad de atraer inversión extranjera.

En los últimos años, la República Dominicana ha logrado sostener una percepción de estabilidad que ha favorecido su acceso a los mercados y respaldado su crecimiento. Sin embargo, esa percepción no es automática. Depende de la consistencia de las políticas públicas y de la credibilidad de las instituciones que las sostienen.

En este contexto, aspiraciones como alcanzar el grado de inversión o acercarse a estándares más exigentes no son solo objetivos reputacionales, sino compromisos con reglas más previsibles.

El riesgo país no se reduce únicamente con mejores indicadores económicos. Se reduce cuando las reglas son claras, creíbles y sostenibles en el tiempo.

Porque los mercados pueden convivir con cambios. Lo que no toleran es la incertidumbre sobre las reglas.

 

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