Ciencia y Tecnología
Las series de Netflix cada vez se parecen más entre sí y Matt Damon sabe quién es el culpable: tu móvil
Matt Damon acaba de confirmar una de las sospechas más extendidas sobre Netflix. En una conversación de casi tres horas con Joe Rogan, donde apareció junto a Ben Affleck para promocionar ‘El botín’, su nueva película, el actor reveló que la plataforma exige a los guionistas repetir constantemente el argumento en los diálogos. El motivo es que la plataforma da por hecho que el espectador está con el móvil en la mano mientras ve sus contenidos. Affleck fue más allá y señaló que el streaming ha construido su modelo de negocio entero asumiendo que ningún espectador presta atención plena a la pantalla.
Atención parcial. Damon no se anduvo con rodeos: si escribes para Netflix, asumes desde el principio que tu espectador tiene Instagram abierto en otra pestaña o está contestando WhatsApps. Affleck mencionó el concepto de “atención parcial”, un término que los estudios sobre tecnología y comportamiento llevan años diseccionando y que ahora marca las reglas de cómo construir un diálogo. Para los dos actores, esto no tiene nada de teoría conspirativa ni de queja gremial: es la política editorial real de la plataforma.
Nueva era. El salto respecto al cine de toda la vida es brutal. En una sala a oscuras no hay escapatoria: el móvil está en silencio (o debería), la pantalla gigante se come el campo visual completo y el hecho de estar rodeado de gente obliga a no despistarse. Netflix juega en otra liga: compite con las notificaciones, con levantarse a por algo de la nevera, con alguien comentando en voz alta lo que acaba de pasar. Y en lugar de plantarle cara a esa dispersión, ha optado por adaptarse: cada cinco minutos alguien recapitula quién es quién y qué narices está pasando.
Netflix vs. Hollywood. No es la primera vez que Hollywood carga contra el streaming, aunque quizá sí la más específica en términos técnicos. Spielberg ya dijo en 2019 que las películas de Netflix deberían competir por Emmys en lugar de en los Oscar, y su argumento era exactamente este: que dónde ves algo determina qué es ese algo. Scorsese fue más lejos ese mismo año, justo mientras Netflix le pagaba ‘El irlandés’, y habló de la erosión de lo que él llamaba el concepto de “revelación”, esos momentos que solo funcionan si el espectador está completamente inmerso en la película. Lo que Damon y Affleck aportan es el detalle práctico: no estamos hablando de estética o filosofía, sino de instrucciones literales que los guionistas reciben en las reuniones de desarrollo.
En Rogan. Casi tres horas de conversación dondo hay tiempo para todo. El formato de Joe Rogan (conversaciones largas, sin cortes comerciales, sin prisas) deja que dos tipos acostumbrados a recitar anécdotas simpáticas en los programas de Jimmy Fallon desarrollen ideas complejas. Y ahí está la sorpresa: Affleck y Damon no son solo caras conocidas que venden películas, llevan treinta años dentro de la maquinaria y saben exactamente cómo funciona cada engranaje. El contraste con el circuito promocional habitual es demoledor: estos dos actores, a quienes muchos conocen principalmente como estrellas de cine, resultan ser analistas afilados de una industria en plena crisis existencial.
Un cambio narrativo. Lo que cuentan Damon y Affleck no es un caso aislado: confirma una tendencia que la industria lleva años rastreando. Deloitte documentó en su informe anual sobre tendencias digitales que hacer otras cosas mientras ves una serie ya no es la excepción, es lo habitual. El salto respecto a la televisión de prestigio de hace dos décadas resulta evidente: antes las series construían escenas sin palabras, dejaban huecos narrativos que el espectador debía rellenar por su cuenta, introducían personajes secundarios cuya importancia no quedaba clara hasta temporadas más tarde. David Simon, creador de ‘The Wire’, decía que había diseñado la serie como una novela visual: cada episodio exigía concentración total porque porque la información crucial podía aparecer en cualquier momento.
El cambio de Netflix. La plataforma funciona de otra manera. Proporciona a los showrunners datos precisos sobre el minuto exacto en que los espectadores abandonan una serie o pausan para hacer otra cosa. Esas métricas marcan las notas de desarrollo: si los datos muestran que el público pierde interés en escenas sin diálogo o tramas secundarias complejas, las temporadas siguientes simplifican la estructura y multiplican la exposición verbal. ‘Miércoles’ y la quinta temporada de ‘Stranger Things’ son ejemplos recientes de este proceso. La tasa de finalización (cuántos usuarios terminan realmente una serie) se ha convertido en el criterio que dicta decisiones creativas impensables hace una década y media.
Una paradoja sin solución. Lo que cuenta Damon encierra una contradicción: la tecnología que ha permitido que millones de personas accedan a contenidos antes reservados a salas de cine o distribución física está cambiando qué tipo de contenidos se producen. Netflix alcanza los 260 millones de suscriptores; HBO nunca pasó de 150 millones en su mejor época. Pero ese incremento de audiencia tiene un coste: la narrativa se simplifica para acomodarse a espectadores cuya atención está dividida.
¿Pueden coexistir ambos modelos? Series recientes como ‘The Bear’ o ‘Succession’ han conseguido audiencias millonarias sin sacrificar elipsis, silencios prolongados ni tramas que exigen atención. El comentario de Damon quizá funcione más como diagnóstico que como sentencia definitiva: muestra una tensión que Hollywood lleva años sin resolver, el choque entre la lógica del streaming basada en métricas y la persistencia de narrativas que reclaman concentración. Si los espectadores miran el móvil mientras ven series, Netflix se limita a reconocer ese comportamiento y ajustar su producción en consecuencia. Pero… ¿queremos que lo haga?
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Las series de Netflix cada vez se parecen más entre sí y Matt Damon sabe quién es el culpable: tu móvil
fue publicada originalmente en
Xataka
por
John Tones
.
Matt Damon acaba de confirmar una de las sospechas más extendidas sobre Netflix. En una conversación de casi tres horas con Joe Rogan, donde apareció junto a Ben Affleck para promocionar ‘El botín’, su nueva película, el actor reveló que la plataforma exige a los guionistas repetir constantemente el argumento en los diálogos. El motivo es que la plataforma da por hecho que el espectador está con el móvil en la mano mientras ve sus contenidos. Affleck fue más allá y señaló que el streaming ha construido su modelo de negocio entero asumiendo que ningún espectador presta atención plena a la pantalla.
Atención parcial. Damon no se anduvo con rodeos: si escribes para Netflix, asumes desde el principio que tu espectador tiene Instagram abierto en otra pestaña o está contestando WhatsApps. Affleck mencionó el concepto de “atención parcial”, un término que los estudios sobre tecnología y comportamiento llevan años diseccionando y que ahora marca las reglas de cómo construir un diálogo. Para los dos actores, esto no tiene nada de teoría conspirativa ni de queja gremial: es la política editorial real de la plataforma.
Nueva era. El salto respecto al cine de toda la vida es brutal. En una sala a oscuras no hay escapatoria: el móvil está en silencio (o debería), la pantalla gigante se come el campo visual completo y el hecho de estar rodeado de gente obliga a no despistarse. Netflix juega en otra liga: compite con las notificaciones, con levantarse a por algo de la nevera, con alguien comentando en voz alta lo que acaba de pasar. Y en lugar de plantarle cara a esa dispersión, ha optado por adaptarse: cada cinco minutos alguien recapitula quién es quién y qué narices está pasando.
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Netflix vs. Hollywood. No es la primera vez que Hollywood carga contra el streaming, aunque quizá sí la más específica en términos técnicos. Spielberg ya dijo en 2019 que las películas de Netflix deberían competir por Emmys en lugar de en los Oscar, y su argumento era exactamente este: que dónde ves algo determina qué es ese algo. Scorsese fue más lejos ese mismo año, justo mientras Netflix le pagaba ‘El irlandés’, y habló de la erosión de lo que él llamaba el concepto de “revelación”, esos momentos que solo funcionan si el espectador está completamente inmerso en la película. Lo que Damon y Affleck aportan es el detalle práctico: no estamos hablando de estética o filosofía, sino de instrucciones literales que los guionistas reciben en las reuniones de desarrollo.
En Rogan. Casi tres horas de conversación dondo hay tiempo para todo. El formato de Joe Rogan (conversaciones largas, sin cortes comerciales, sin prisas) deja que dos tipos acostumbrados a recitar anécdotas simpáticas en los programas de Jimmy Fallon desarrollen ideas complejas. Y ahí está la sorpresa: Affleck y Damon no son solo caras conocidas que venden películas, llevan treinta años dentro de la maquinaria y saben exactamente cómo funciona cada engranaje. El contraste con el circuito promocional habitual es demoledor: estos dos actores, a quienes muchos conocen principalmente como estrellas de cine, resultan ser analistas afilados de una industria en plena crisis existencial.
Un cambio narrativo. Lo que cuentan Damon y Affleck no es un caso aislado: confirma una tendencia que la industria lleva años rastreando. Deloitte documentó en su informe anual sobre tendencias digitales que hacer otras cosas mientras ves una serie ya no es la excepción, es lo habitual. El salto respecto a la televisión de prestigio de hace dos décadas resulta evidente: antes las series construían escenas sin palabras, dejaban huecos narrativos que el espectador debía rellenar por su cuenta, introducían personajes secundarios cuya importancia no quedaba clara hasta temporadas más tarde. David Simon, creador de ‘The Wire’, decía que había diseñado la serie como una novela visual: cada episodio exigía concentración total porque porque la información crucial podía aparecer en cualquier momento.
El cambio de Netflix. La plataforma funciona de otra manera. Proporciona a los showrunners datos precisos sobre el minuto exacto en que los espectadores abandonan una serie o pausan para hacer otra cosa. Esas métricas marcan las notas de desarrollo: si los datos muestran que el público pierde interés en escenas sin diálogo o tramas secundarias complejas, las temporadas siguientes simplifican la estructura y multiplican la exposición verbal. ‘Miércoles’ y la quinta temporada de ‘Stranger Things’ son ejemplos recientes de este proceso. La tasa de finalización (cuántos usuarios terminan realmente una serie) se ha convertido en el criterio que dicta decisiones creativas impensables hace una década y media.
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Una paradoja sin solución. Lo que cuenta Damon encierra una contradicción: la tecnología que ha permitido que millones de personas accedan a contenidos antes reservados a salas de cine o distribución física está cambiando qué tipo de contenidos se producen. Netflix alcanza los 260 millones de suscriptores; HBO nunca pasó de 150 millones en su mejor época. Pero ese incremento de audiencia tiene un coste: la narrativa se simplifica para acomodarse a espectadores cuya atención está dividida.
¿Pueden coexistir ambos modelos? Series recientes como ‘The Bear’ o ‘Succession’ han conseguido audiencias millonarias sin sacrificar elipsis, silencios prolongados ni tramas que exigen atención. El comentario de Damon quizá funcione más como diagnóstico que como sentencia definitiva: muestra una tensión que Hollywood lleva años sin resolver, el choque entre la lógica del streaming basada en métricas y la persistencia de narrativas que reclaman concentración. Si los espectadores miran el móvil mientras ven series, Netflix se limita a reconocer ese comportamiento y ajustar su producción en consecuencia. Pero… ¿queremos que lo haga?
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