Ciencia y Tecnología
Si la pregunta es por qué seguimos aguantando borrachos en los aviones, la respuesta es sencilla: porque es un negocio
Es posible que todos seamos más sensibles a volar desde los atentados del 11S, pero también lo es la sensación de que cada vez hay más altercados en el interior de los aviones con un denominador común: el alcohol. Las escenas de pasajeros ebrios causando retrasos, peleas, vómitos o incluso intentos de abrir puertas en pleno vuelo ya forman parte del imaginario colectivo de los viajes en avión.
La pregunta es casi obligada: ¿de verdad no hay solución?
Un fenómeno cada vez más visible. Recordaban en la CNN el caso reciente del hombre que, completamente intoxicado, obligó a desalojar un avión en Chicago después de vomitar durante el rodaje es solo un ejemplo entre cientos de incidentes documentados año tras año.
Solo en Estados Unidos, la revisión de más de 1.600 informes del sistema federal reveló un patrón incontestable: alcohol en casi todos los niveles de mal comportamiento, desde discusiones y desobediencia hasta agresiones físicas y sexuales. Y aunque la percepción pública confirma el problema (más de la mitad de los pasajeros en Reino Unido asegura haber lidiado con viajeros borrachos), sigue sin haber consenso sobre cómo frenarlo.
La seguridad en el aire. Plus: las tripulaciones de cabina operan en un espacio que es, por definición, un tubo metálico a miles de metros de altura del suelo. Son ellas quienes deben gestionar tanto la tensión emocional de los pasajeros como las consecuencias del alcohol mezclado con miedo a volar, retrasos prolongados o cabinas cada vez más estrechas.
Sin capacidad para expulsar a nadie en pleno vuelo y con compañías que no siempre respaldan sus decisiones, los auxiliares se convierten en la primera y última línea de contención. Aunque reciben formación en desescalada, se enfrentan a un tipo de pasajero que no existía hace una década: el viajero que mezcla alcohol con medicamentos, estimulantes o sustancias recreativas, generando episodios de agresividad difícil de prever y de controlar.

Reparto de culpas. Y aquí viene el quid, porque nadie quiere asumir la raíz del problema. Las aerolíneas culpan a los aeropuertos por permitir el consumo ilimitado en bares y restaurantes previos al embarque, señalando que ellas apenas venden alcohol a bordo, especialmente en vuelos cortos. Los aeropuertos, a su vez, apuntan que su papel es comercial, no disciplinario, y que la responsabilidad recae en los operadores aéreos.
Y dentro de los propios vuelos, los auxiliares culpan a los agentes de puerta por no bloquear el acceso a pasajeros evidentemente intoxicados, mientras que los pilotos denuncian que no se toman medidas disciplinarias suficientes contra reincidentes. La fragmentación entre tierra y aire hace que cada parte descargue el problema en otra, creando un vacío operativo que permite que la situación se repita vuelo tras vuelo.
La dimensión económica. Detrás del debate se esconde un factor que posiblemente pesa más que cualquier protocolo de seguridad: el alcohol, nos guste o no, es uno de los negocios más lucrativos de la industria aeronáutica. En los aeropuertos genera grandes márgenes para tiendas y restauración, mientras que en la cabina se usa como incentivo en las categorías superiores.
Precisamente por ello, rara vez se ofrecen datos claros sobre ingresos derivados de su venta, y cualquier intento de limitar el consumo antes del embarque se encuentra con resistencia tanto de operadores aeroportuarios como de aerolíneas. El resultado es una contradicción permanente: la industria reconoce que el alcohol causa problemas, pero depende de él económicamente.
Dicho de otra forma, el alcohol (y como consecuencia de ello, los borrachos) “interesa(n)”, pero con la boca pequeña.
La presión pública. El número de pasajeros que apoyan medidas restrictivas crece a medida que los incidentes se viralizan y llaman la atención mediática. Algunas propuestas cuentan ya con una mayoría favorable: límites de bebida en aeropuertos, controles de alcoholemia antes de embarcar o incluso restricciones totales en determinadas rutas.
Mientras tanto, los reguladores endurecen las sanciones: la FAA impuso su mayor multa de la historia (más de 80.000 dólares) a una pasajera extremadamente violenta, y las aerolíneas amplían sus listas de veto a viajeros reincidentes. Sin embargo, el enfoque sigue siendo reactivo, no preventivo, y cada solución encuentra resistencias en la cadena de intereses que sostiene el turismo aéreo global.
Entre el quiero y no quiero. Así, el problema del pasajero ebrio no surge solo del alcohol, sino de un sistema fragmentado donde nadie quiere asumir el coste de controlarlo. Aeropuertos que maximizan beneficios, aerolíneas que temen perder ingresos, tripulaciones sobrecargadas, reguladores que actúan a posteriori y pasajeros frustrados que ven en una copa la respuesta instantánea a la incomodidad.
Todos coinciden en que existe un problema, pero nadie quiere ser quien imponga la solución. El resultado es un cielo cada vez más tenso, donde la seguridad depende de la profesionalidad de las tripulaciones y de una suerte de equilibrio inestable que se rompe con demasiada facilidad.
Imagen | Instagram, X
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La noticia
Si la pregunta es por qué seguimos aguantando borrachos en los aviones, la respuesta es sencilla: porque es un negocio
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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Es posible que todos seamos más sensibles a volar desde los atentados del 11S, pero también lo es la sensación de que cada vez hay más altercados en el interior de los aviones con un denominador común: el alcohol. Las escenas de pasajeros ebrios causando retrasos, peleas, vómitos o incluso intentos de abrir puertas en pleno vuelo ya forman parte del imaginario colectivo de los viajes en avión.
La pregunta es casi obligada: ¿de verdad no hay solución?
Un fenómeno cada vez más visible. Recordaban en la CNN el caso reciente del hombre que, completamente intoxicado, obligó a desalojar un avión en Chicago después de vomitar durante el rodaje es solo un ejemplo entre cientos de incidentes documentados año tras año.
Solo en Estados Unidos, la revisión de más de 1.600 informes del sistema federal reveló un patrón incontestable: alcohol en casi todos los niveles de mal comportamiento, desde discusiones y desobediencia hasta agresiones físicas y sexuales. Y aunque la percepción pública confirma el problema (más de la mitad de los pasajeros en Reino Unido asegura haber lidiado con viajeros borrachos), sigue sin haber consenso sobre cómo frenarlo.
En Xataka
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La seguridad en el aire. Plus: las tripulaciones de cabina operan en un espacio que es, por definición, un tubo metálico a miles de metros de altura del suelo. Son ellas quienes deben gestionar tanto la tensión emocional de los pasajeros como las consecuencias del alcohol mezclado con miedo a volar, retrasos prolongados o cabinas cada vez más estrechas.
Sin capacidad para expulsar a nadie en pleno vuelo y con compañías que no siempre respaldan sus decisiones, los auxiliares se convierten en la primera y última línea de contención. Aunque reciben formación en desescalada, se enfrentan a un tipo de pasajero que no existía hace una década: el viajero que mezcla alcohol con medicamentos, estimulantes o sustancias recreativas, generando episodios de agresividad difícil de prever y de controlar.
Reparto de culpas. Y aquí viene el quid, porque nadie quiere asumir la raíz del problema. Las aerolíneas culpan a los aeropuertos por permitir el consumo ilimitado en bares y restaurantes previos al embarque, señalando que ellas apenas venden alcohol a bordo, especialmente en vuelos cortos. Los aeropuertos, a su vez, apuntan que su papel es comercial, no disciplinario, y que la responsabilidad recae en los operadores aéreos.
Y dentro de los propios vuelos, los auxiliares culpan a los agentes de puerta por no bloquear el acceso a pasajeros evidentemente intoxicados, mientras que los pilotos denuncian que no se toman medidas disciplinarias suficientes contra reincidentes. La fragmentación entre tierra y aire hace que cada parte descargue el problema en otra, creando un vacío operativo que permite que la situación se repita vuelo tras vuelo.
La dimensión económica. Detrás del debate se esconde un factor que posiblemente pesa más que cualquier protocolo de seguridad: el alcohol, nos guste o no, es uno de los negocios más lucrativos de la industria aeronáutica. En los aeropuertos genera grandes márgenes para tiendas y restauración, mientras que en la cabina se usa como incentivo en las categorías superiores.
Precisamente por ello, rara vez se ofrecen datos claros sobre ingresos derivados de su venta, y cualquier intento de limitar el consumo antes del embarque se encuentra con resistencia tanto de operadores aeroportuarios como de aerolíneas. El resultado es una contradicción permanente: la industria reconoce que el alcohol causa problemas, pero depende de él económicamente.
Dicho de otra forma, el alcohol (y como consecuencia de ello, los borrachos) “interesa(n)”, pero con la boca pequeña.
La presión pública. El número de pasajeros que apoyan medidas restrictivas crece a medida que los incidentes se viralizan y llaman la atención mediática. Algunas propuestas cuentan ya con una mayoría favorable: límites de bebida en aeropuertos, controles de alcoholemia antes de embarcar o incluso restricciones totales en determinadas rutas.
Mientras tanto, los reguladores endurecen las sanciones: la FAA impuso su mayor multa de la historia (más de 80.000 dólares) a una pasajera extremadamente violenta, y las aerolíneas amplían sus listas de veto a viajeros reincidentes. Sin embargo, el enfoque sigue siendo reactivo, no preventivo, y cada solución encuentra resistencias en la cadena de intereses que sostiene el turismo aéreo global.
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Todos coinciden en que existe un problema, pero nadie quiere ser quien imponga la solución. El resultado es un cielo cada vez más tenso, donde la seguridad depende de la profesionalidad de las tripulaciones y de una suerte de equilibrio inestable que se rompe con demasiada facilidad.
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Xataka
por
Miguel Jorge
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