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Los últimos astronautas varados en el espacio son de China. Hay una razón por la que seguirá ocurriendo: un tornillo de 1 cm

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Los últimos astronautas varados en el espacio son de China. Hay una razón por la que seguirá ocurriendo: un tornillo de 1 cm

En el amanecer de la nueva carrera espacial, cuando las agencias públicas y las empresas privadas prometen turismo orbital, naves reutilizables y estaciones comerciales, la realidad más incómoda vuelve a imponerse: en un entorno donde todo está calculado al milímetro, donde la ingeniería alcanza grados casi obsesivos de perfección, sigue bastando un fragmento minúsculo para dejar a una tripulación sin vehículo de regreso.

Los últimos, los chinos.

La fragilidad invisible. En realidad, basta con muy poco, un tornillo, una astilla metálica, un grano de pintura que avanza a 28.000 km/h, para dejar varados a los astronautas. El reciente episodio de la Shenzhou-20, probablemente golpeada por un fragmento tan pequeño que ni siquiera podía rastrearse, ha vuelto a demostrar que, más allá del marketing del “nuevo espacio”, la vulnerabilidad básica de las misiones tripuladas permanece intacta. 

La historia reciente, desde la estación china Tiangong a la ISS, confirma que las estancias ampliadas, las cápsulas inutilizadas y los retornos improvisados no son anomalías: son el precio inevitable de operar en un entorno saturado de objetos que viajan a velocidades hipersónicas y donde cualquier imprevisto desencadena cadenas logísticas complejas para las que nadie está plenamente preparado.

La tormenta perfecta. El aumento exponencial de actividades en órbita baja ha creado un ecosistema donde el número de satélites activos supera ampliamente los 9.000 y donde decenas de miles de fragmentos mayores siguen pista, pero millones de microrestos (del tamaño de un tornillo o menos) evolucionan sin detección posible. La consecuencia práctica es que cualquier cápsula, por robusta que sea, se enfrenta a un riesgo permanente de impactos invisibles que pueden fisurar ventanas, dañar escudos térmicos o inutilizar propulsores sin previo aviso.

En paralelo, la complejidad logística crece: más actores privados, más vehículos diferentes, más dependencia del clima y más puntos críticos en cada misión. La combinación de saturación orbital, uso creciente de estaciones espaciales y ciclos operativos cada vez más comprimidos ensancha los márgenes de error y multiplica las posibilidades de que una tripulación quede temporalmente sin un retorno seguro. No es un escenario hipotético: es ya recurrente, y afecta por igual a China, Estados Unidos y Rusia.

C

La Shenzhou-20 como síntoma estructural. El incidente chino sintetiza todos los problemas contemporáneos. Una nave lista para traer a los taikonautas de vuelta desarrolla grietas minúsculas en una de sus ventanas. No hay alarma evidente, pero la posibilidad de que ese daño comprometa la reentrada basta para declararla inservible. La tripulación saliente debe esperar nueve días más y terminar regresando en la cápsula recién llegada. Esa maniobra, a su vez, deja a la nueva tripulación sin vehículo de escape y obliga a la agencia china a lanzar a contrarreloj una cápsula de emergencia

El proceso funciona porque el sistema está diseñado para improvisar, pero la secuencia revela la dependencia absoluta de cada módulo y la fragilidad que implica perder uno solo. La Shenzhou-20 queda amarrada a la estación para ser devuelta sin tripulación. Así, el “tornillo de un centímetro” se convierte en actor principal de una cadena de decisiones que afecta a varias tripulaciones y obliga a movilizar lanzadores, equipos y recursos adicionales. En la era de los megaconstelaciones y de los vuelos comerciales, esta vulnerabilidad no solo persiste: se amplifica.

Historial de “varados” espaciales. El caso chino no es aislado. En los últimos años, incidentes similares han afectado a Estados Unidos y Rusia. Suni Williams y Butch Wilmore pasaron nueve meses en la ISS porque su Starliner no era segura para la reentrada tras fallos de propulsión. Frank Rubio quedó un año completo en órbita cuando su Soyuz fue perforada por un micrometeoroide y su cápsula se volvió inutilizable. La historia se repite: un dispositivo crítico deja de ser fiable, un contingente improvisa, otro vehículo acude y los astronautas regresan por una vía alternativa. 

Incluso factores externos (el clima, un accidente previo, un conflicto geopolítico) pueden dejar a una tripulación sin retorno inmediato. Desde el colapso soviético que atrapó a Sergei Krikalev en la Mir hasta las suspensiones de vuelos tras el desastre del Columbia, la noción de “quedarse más tiempo” está profundamente integrada en la cultura de las agencias. Los astronautas no lo perciben como un fracaso, pero a nivel operacional señala puntos de tensión constantes que tienden a agravarse a medida que la órbita baja se vuelve más concurrida e impredecible.

S4 Space Junk 045

La basura espacial. El factor más inquietante de esta nueva etapa es que una parte creciente del riesgo proviene de objetos que no se pueden detectar. Los radares actuales rastrean piezas relativamente grandes, pero el enjambre de microfragmentos (estos de colisiones, desprendimientos minúsculos de satélites envejecidos, partículas metálicas, pintura desprendida, cristales, tornillería microscópica) sigue la dinámica descrita hace décadas por el síndrome de Kessler: más objetos generan más colisiones, que a su vez multiplican los fragmentos

Estos objetos pequeños no pueden ser esquivados porque no pueden ser vistos. Y, sin embargo, poseen la energía cinética suficiente para perforar una nave o causar fallos estructurales imperceptibles que solo se revelan cuando una misión está a punto de regresar. En un entorno tan agresivo, la cuestión ya no es si una cápsula recibirá un impacto minúsculo, sino cuándo y en qué punto crítico ocurrirá. La Shenzhou-20 no inaugura una tendencia: confirma que ya estamos dentro de ella.

D

Riesgos persistentes. Los impactos no son la única causa de estancias prolongadas: las propias naves, incluso las más modernas, muestran vulnerabilidades inevitables. Reentrar en la atmósfera implica frenar desde 28.000 km/h hasta cero en minutos, un proceso que exige que cada componente funcione con precisión absoluta. Thrusters, escudos térmicos, sensores, válvulas, sistemas de soporte vital y secuencias automáticas se prueban constantemente, pero el estrés físico y térmico no admite margen de error

Las primeras misiones de nuevos vehículos suelen revelar fallos inesperados, como ocurrió con Starliner. En estos contextos, la medida más segura es siempre la misma: prolongar la estancia y esperar una nave alternativa, como la Dragon o una Soyuz disponible. La propia historia confirma que esta lógica funciona y salva vidas, pero también subraya que la redundancia que se da por sentada en tierra firme es mucho más difícil de reproducir a cientos de kilómetros de ella.

Turismo espacial y “normalidad”. Plus: el auge del turismo espacial introduce un contraste inquietante. Mientras las agencias acumulan casos de cápsulas dañadas, tripulaciones sin retorno inmediato y lanzamientos improvisados para cubrir emergencias, el discurso comercial presenta la órbita baja como un entorno casi doméstico. La realidad es que los riesgos están aumentando, no disminuyendo, y que el umbral de fragilidad sigue siendo el mismo: un impacto invisible puede cambiar por completo una misión. 

El escenario más temido por los expertos no es un fallo masivo, sino un cúmulo de pequeñas incidencias originadas por la proliferación de microbasura y un tráfico orbital cada vez más denso. Para el pasajero ocasional de un vuelo suborbital estos matices son invisibles, para una tripulación que depende de un único vehículo de reentrada, determinan su seguridad vital.

El futuro inmediato. La expansión simultánea de misiones estatales, privadas y comerciales apunta a que los incidentes relacionados con retornos fallidos serán más frecuentes. Al aumentar el número de naves, tripulaciones y satélites, aumenta proporcionalmente la probabilidad de impactos menores, fallos técnicos y ventanas de reentrada comprometidas por el clima. 

Del mismo modo, la diversificación de vehículos (cada uno con estándares, ciclos de pruebas y arquitecturas distintas) multiplica los posibles puntos de fallo. Lo ocurrido con Shenzhou-20, Starliner o Soyuz no es puntual: son, posiblemente, anticipos operativos de lo que ocurrirá cada vez con mayor regularidad. Las agencias lo saben y ya incorporan estos escenarios a su planificación: cápsulas “de emergencia”, rotaciones flexibles, y reservas de suministros capaces de sostener a tripulaciones durante meses adicionales.

La gran paradoja. Así, en un momento en que la humanidad se prepara para bases lunares, estaciones privadas y vuelos comerciales como si no hubiera mañana, la amenaza más seria para la continuidad de las misiones sigue siendo la más diminuta. No son los grandes fallos catastróficos los que están definiendo esta fase, sino golpes imperceptibles de objetos que no se pueden rastrear, fisuras microscópicas y fallos puntuales en naves sometidas a esfuerzos extremos. 

Así, la imagen del “tornillo de un centímetro” resume la paradoja: en la era del turismo espacial y de las megainversiones, la seguridad de una tripulación puede depender de una partícula que nadie puede ver. Y mientras el tráfico orbital siga creciendo (hasta límites insospechados), esa vulnerabilidad no hará sino aumentar. 

En el espacio, lo más pequeño sigue siendo lo más peligroso.

Imagen | NASA, CMSA, NASA

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Los últimos astronautas varados en el espacio son de China. Hay una razón por la que seguirá ocurriendo: un tornillo de 1 cm

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por
Miguel Jorge

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​En el amanecer de la nueva carrera espacial, cuando las agencias públicas y las empresas privadas prometen turismo orbital, naves reutilizables y estaciones comerciales, la realidad más incómoda vuelve a imponerse: en un entorno donde todo está calculado al milímetro, donde la ingeniería alcanza grados casi obsesivos de perfección, sigue bastando un fragmento minúsculo para dejar a una tripulación sin vehículo de regreso.

Los últimos, los chinos.

La fragilidad invisible. En realidad, basta con muy poco, un tornillo, una astilla metálica, un grano de pintura que avanza a 28.000 km/h, para dejar varados a los astronautas. El reciente episodio de la Shenzhou-20, probablemente golpeada por un fragmento tan pequeño que ni siquiera podía rastrearse, ha vuelto a demostrar que, más allá del marketing del “nuevo espacio”, la vulnerabilidad básica de las misiones tripuladas permanece intacta. 

La historia reciente, desde la estación china Tiangong a la ISS, confirma que las estancias ampliadas, las cápsulas inutilizadas y los retornos improvisados no son anomalías: son el precio inevitable de operar en un entorno saturado de objetos que viajan a velocidades hipersónicas y donde cualquier imprevisto desencadena cadenas logísticas complejas para las que nadie está plenamente preparado.

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La tormenta perfecta. El aumento exponencial de actividades en órbita baja ha creado un ecosistema donde el número de satélites activos supera ampliamente los 9.000 y donde decenas de miles de fragmentos mayores siguen pista, pero millones de microrestos (del tamaño de un tornillo o menos) evolucionan sin detección posible. La consecuencia práctica es que cualquier cápsula, por robusta que sea, se enfrenta a un riesgo permanente de impactos invisibles que pueden fisurar ventanas, dañar escudos térmicos o inutilizar propulsores sin previo aviso.

En paralelo, la complejidad logística crece: más actores privados, más vehículos diferentes, más dependencia del clima y más puntos críticos en cada misión. La combinación de saturación orbital, uso creciente de estaciones espaciales y ciclos operativos cada vez más comprimidos ensancha los márgenes de error y multiplica las posibilidades de que una tripulación quede temporalmente sin un retorno seguro. No es un escenario hipotético: es ya recurrente, y afecta por igual a China, Estados Unidos y Rusia.

La Shenzhou-20 como síntoma estructural. El incidente chino sintetiza todos los problemas contemporáneos. Una nave lista para traer a los taikonautas de vuelta desarrolla grietas minúsculas en una de sus ventanas. No hay alarma evidente, pero la posibilidad de que ese daño comprometa la reentrada basta para declararla inservible. La tripulación saliente debe esperar nueve días más y terminar regresando en la cápsula recién llegada. Esa maniobra, a su vez, deja a la nueva tripulación sin vehículo de escape y obliga a la agencia china a lanzar a contrarreloj una cápsula de emergencia. 

El proceso funciona porque el sistema está diseñado para improvisar, pero la secuencia revela la dependencia absoluta de cada módulo y la fragilidad que implica perder uno solo. La Shenzhou-20 queda amarrada a la estación para ser devuelta sin tripulación. Así, el “tornillo de un centímetro” se convierte en actor principal de una cadena de decisiones que afecta a varias tripulaciones y obliga a movilizar lanzadores, equipos y recursos adicionales. En la era de los megaconstelaciones y de los vuelos comerciales, esta vulnerabilidad no solo persiste: se amplifica.

Historial de “varados” espaciales. El caso chino no es aislado. En los últimos años, incidentes similares han afectado a Estados Unidos y Rusia. Suni Williams y Butch Wilmore pasaron nueve meses en la ISS porque su Starliner no era segura para la reentrada tras fallos de propulsión. Frank Rubio quedó un año completo en órbita cuando su Soyuz fue perforada por un micrometeoroide y su cápsula se volvió inutilizable. La historia se repite: un dispositivo crítico deja de ser fiable, un contingente improvisa, otro vehículo acude y los astronautas regresan por una vía alternativa. 

Incluso factores externos (el clima, un accidente previo, un conflicto geopolítico) pueden dejar a una tripulación sin retorno inmediato. Desde el colapso soviético que atrapó a Sergei Krikalev en la Mir hasta las suspensiones de vuelos tras el desastre del Columbia, la noción de “quedarse más tiempo” está profundamente integrada en la cultura de las agencias. Los astronautas no lo perciben como un fracaso, pero a nivel operacional señala puntos de tensión constantes que tienden a agravarse a medida que la órbita baja se vuelve más concurrida e impredecible.

La basura espacial. El factor más inquietante de esta nueva etapa es que una parte creciente del riesgo proviene de objetos que no se pueden detectar. Los radares actuales rastrean piezas relativamente grandes, pero el enjambre de microfragmentos (estos de colisiones, desprendimientos minúsculos de satélites envejecidos, partículas metálicas, pintura desprendida, cristales, tornillería microscópica) sigue la dinámica descrita hace décadas por el síndrome de Kessler: más objetos generan más colisiones, que a su vez multiplican los fragmentos. 

Estos objetos pequeños no pueden ser esquivados porque no pueden ser vistos. Y, sin embargo, poseen la energía cinética suficiente para perforar una nave o causar fallos estructurales imperceptibles que solo se revelan cuando una misión está a punto de regresar. En un entorno tan agresivo, la cuestión ya no es si una cápsula recibirá un impacto minúsculo, sino cuándo y en qué punto crítico ocurrirá. La Shenzhou-20 no inaugura una tendencia: confirma que ya estamos dentro de ella.

Riesgos persistentes. Los impactos no son la única causa de estancias prolongadas: las propias naves, incluso las más modernas, muestran vulnerabilidades inevitables. Reentrar en la atmósfera implica frenar desde 28.000 km/h hasta cero en minutos, un proceso que exige que cada componente funcione con precisión absoluta. Thrusters, escudos térmicos, sensores, válvulas, sistemas de soporte vital y secuencias automáticas se prueban constantemente, pero el estrés físico y térmico no admite margen de error. 

Las primeras misiones de nuevos vehículos suelen revelar fallos inesperados, como ocurrió con Starliner. En estos contextos, la medida más segura es siempre la misma: prolongar la estancia y esperar una nave alternativa, como la Dragon o una Soyuz disponible. La propia historia confirma que esta lógica funciona y salva vidas, pero también subraya que la redundancia que se da por sentada en tierra firme es mucho más difícil de reproducir a cientos de kilómetros de ella.

Turismo espacial y “normalidad”. Plus: el auge del turismo espacial introduce un contraste inquietante. Mientras las agencias acumulan casos de cápsulas dañadas, tripulaciones sin retorno inmediato y lanzamientos improvisados para cubrir emergencias, el discurso comercial presenta la órbita baja como un entorno casi doméstico. La realidad es que los riesgos están aumentando, no disminuyendo, y que el umbral de fragilidad sigue siendo el mismo: un impacto invisible puede cambiar por completo una misión. 

El escenario más temido por los expertos no es un fallo masivo, sino un cúmulo de pequeñas incidencias originadas por la proliferación de microbasura y un tráfico orbital cada vez más denso. Para el pasajero ocasional de un vuelo suborbital estos matices son invisibles, para una tripulación que depende de un único vehículo de reentrada, determinan su seguridad vital.

El futuro inmediato. La expansión simultánea de misiones estatales, privadas y comerciales apunta a que los incidentes relacionados con retornos fallidos serán más frecuentes. Al aumentar el número de naves, tripulaciones y satélites, aumenta proporcionalmente la probabilidad de impactos menores, fallos técnicos y ventanas de reentrada comprometidas por el clima. 

Del mismo modo, la diversificación de vehículos (cada uno con estándares, ciclos de pruebas y arquitecturas distintas) multiplica los posibles puntos de fallo. Lo ocurrido con Shenzhou-20, Starliner o Soyuz no es puntual: son, posiblemente, anticipos operativos de lo que ocurrirá cada vez con mayor regularidad. Las agencias lo saben y ya incorporan estos escenarios a su planificación: cápsulas “de emergencia”, rotaciones flexibles, y reservas de suministros capaces de sostener a tripulaciones durante meses adicionales.

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La gran paradoja. Así, en un momento en que la humanidad se prepara para bases lunares, estaciones privadas y vuelos comerciales como si no hubiera mañana, la amenaza más seria para la continuidad de las misiones sigue siendo la más diminuta. No son los grandes fallos catastróficos los que están definiendo esta fase, sino golpes imperceptibles de objetos que no se pueden rastrear, fisuras microscópicas y fallos puntuales en naves sometidas a esfuerzos extremos. 

Así, la imagen del “tornillo de un centímetro” resume la paradoja: en la era del turismo espacial y de las megainversiones, la seguridad de una tripulación puede depender de una partícula que nadie puede ver. Y mientras el tráfico orbital siga creciendo (hasta límites insospechados), esa vulnerabilidad no hará sino aumentar. 

En el espacio, lo más pequeño sigue siendo lo más peligroso.

Imagen | NASA, CMSA, NASA

En Xataka | China guarda silencio sobre sus astronautas “varados” en órbita: si la nave está dañada, tienen tres opciones 

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Los últimos astronautas varados en el espacio son de China. Hay una razón por la que seguirá ocurriendo: un tornillo de 1 cm

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Miguel Jorge

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