Ciencia y Tecnología
Ante la amenaza de un “Pearl Harbor orbital”, Europa ha tomado la misma decisión que EEUU: blindar el espacio
La carrera por militarizar el espacio se ha acelerado hasta un punto sin precedentes desde el final de la Guerra Fría. Las razones son varias, pero la principal viene impulsada por la combinación de amenazas rusas explícitas, sabotajes encubiertos y una arquitectura internacional incapaz de contener la aparición de armas atómicas fuera de la atmósfera.
El último en sumarse: Europa.
La guerra en la órbita. Moscú no solo ha reactivado su discurso nuclear clásico, sino que ha abierto un segundo frente en la órbita terrestre baja mediante el desarrollo de sistemas antisatélite equipados con cabezas nucleares que violan abiertamente el Tratado del Espacio Exterior. En este contexto, expertos europeos y norteamericanos coinciden en que el Kremlin está rebajando el umbral para el uso de armas nucleares tácticas tanto en la Tierra como en el espacio, mientras experimenta con plataformas capaces de camuflar bombas orbitales diseñadas para inutilizar satélites esenciales para la economía, la defensa y la comunicación.
Así, la sola idea de un “Pearl Harbor espacial” (un estallido nuclear que destruyera miles de satélites cegara a continentes enteros y convirtiera la órbita baja en un vertedero radiactivo durante generaciones) ha obligado a Europa a abandonar la visión romántica de un espacio exclusivamente civil y a adentrarse en una nueva realidad estratégica que combina disuasión, diplomacia y preparación operativa.
La apuesta del viejo continente. Este giro ha cristalizado en una decisión histórica: por primera vez, los países de la Agencia Espacial Europea han aprobado financiar un programa diseñado explícitamente para funciones militares. El proyecto ERS, concebido como un “sistema de sistemas” dotado de capacidades de vigilancia, navegación segura, comunicaciones cifradas y observación terrestre, marca la entrada de Europa en el club de los actores que reconocen que su seguridad futura depende tanto de lo que ocurre sobre el suelo como de lo que ocurre a cientos de kilómetros sobre él.
La financiación aprobada (1.2 mil millones de euros con más por venir) llega acompañada de un mandato político inédito que redefine el concepto de “propósitos pacíficos” en un momento en el que China multiplica sus capacidades espaciales y Rusia convierte la órbita en un espacio de presión híbrida. La magnitud del apoyo, rozando el 100% de lo solicitado, refleja un consenso interno: sin capacidades propias, Europa sería un espectador vulnerable en un conflicto que se decidiría en la velocidad y resiliencia de sus constelaciones satelitales.

La respuesta francesa y alemana. En este nuevo tablero, Francia y Alemania han asumido un papel central tanto por su capacidad industrial como por su recién adoptada convicción de que las guerras del futuro comenzarán (o se decidirán) en el espacio. París ha invertido 10 mil millones de euros en su nuevo Comando Espacial, orientado a operaciones militares en órbita, a blindar satélites ante ataques cinéticos y a promover una arquitectura interoperable con la OTAN.
Berlín, por su parte, ha anunciado una inversión de 35 mil millones hasta 2030 para reforzar su propio Comando Espacial, desarrollar satélites guardianes y dotarse de sistemas avanzados de alerta temprana. Ambos países han asumido públicamente que la infraestructura orbital es tan crítica como la energética o la digital, y que cualquier agresión rusa podría paralizar no solo a la defensa, sino a la sociedad civil europea en su conjunto. La seguridad nacional ya no se decide únicamente en la frontera terrestre oriental, sino en un entorno tridimensional donde la pérdida de un solo nodo satelital puede desestabilizar sectores enteros.
Lo nuclear más allá de la atmósfera. Los analistas coinciden en que el escenario más temido no es un ataque puntual contra satélites concretos, sino la detonación de una carga nuclear en órbita, capaz de generar pulsos electromagnéticos devastadores y chatarra espacial en cascada que inutilizaría la órbita baja durante décadas. Los precedentes históricos, como la prueba Starfish Prime que destruyó un tercio de los satélites existentes en los años 60, sirven como advertencia de lo que significaría repetir un experimento similar en la actualidad, con más de 10.000 satélites activos.
Una explosión de estas características acabaría con astronautas, destruiría infraestructuras de navegación global, fosilizaría la economía digital y provocaría un efecto dominó que podría trasladar la guerra del espacio a la Tierra. Aunque algunos expertos sostienen que Moscú solo recurriría a una acción así en un escenario de colapso terminal, la mera existencia de estas capacidades obliga a Europa a prepararse para un tipo de conflicto que rompería los límites tradicionales de la disuasión.
La presión política y un nuevo orden. El temor a un conflicto orbital ha reactivado debates sobre desarme nuclear, tanto en Estados Unidos como en Europa, donde legisladores impulsan iniciativas para revitalizar negociaciones multilaterales que llevan décadas estancadas. Paralelamente, la ESA ha logrado un presupuesto récord (22.1 mil millones de euros) que no solo financia su transición hacia la seguridad espacial, sino que también impulsa programas científicos y comerciales, como cohetes reutilizables, exploración marciana o nuevas misiones astrobiológicas.
Este crecimiento, apoyado por Alemania, Francia, Italia y España, refleja la convergencia estratégica entre defensa, investigación y soberanía tecnológica. En el nuevo escenario, Europa busca no ser un actor secundario frente a la duopolización espacial entre Estados Unidos y China, sino desarrollar una autonomía real que reduzca la dependencia de plataformas privadas como Starlink o de sistemas estadounidenses como los interceptores espaciales de la Golden Dome.
Militarizar el espacio. Si se quiere también, la intersección entre amenazas rusas, avances tecnológicos estadounidenses y el despertar estratégico europeo marca el inicio de una etapa en la que la órbita terrestre se consolida como el nuevo escenario global de competencia militar. Lo que antes era un dominio científico y comercial se ha convertido en un espacio donde se decide la resiliencia de sociedades enteras.
El proyecto ERS, la expansión de los comandos espaciales nacionales y la creciente financiación de capacidades duales conforman un ecosistema de defensa que busca evitar un conflicto que nadie quiere imaginar. Y en ese escenario, Europa parece haber comprendido que la única manera de disuadir una escalada orbital es demostrar que posee los mismos medios para resistirla, responderla y recuperarse.
Imagen | RawPixel, ESA/Mlabspace
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Ante la amenaza de un “Pearl Harbor orbital”, Europa ha tomado la misma decisión que EEUU: blindar el espacio
fue publicada originalmente en
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por
Miguel Jorge
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La carrera por militarizar el espacio se ha acelerado hasta un punto sin precedentes desde el final de la Guerra Fría. Las razones son varias, pero la principal viene impulsada por la combinación de amenazas rusas explícitas, sabotajes encubiertos y una arquitectura internacional incapaz de contener la aparición de armas atómicas fuera de la atmósfera.
El último en sumarse: Europa.
La guerra en la órbita. Moscú no solo ha reactivado su discurso nuclear clásico, sino que ha abierto un segundo frente en la órbita terrestre baja mediante el desarrollo de sistemas antisatélite equipados con cabezas nucleares que violan abiertamente el Tratado del Espacio Exterior. En este contexto, expertos europeos y norteamericanos coinciden en que el Kremlin está rebajando el umbral para el uso de armas nucleares tácticas tanto en la Tierra como en el espacio, mientras experimenta con plataformas capaces de camuflar bombas orbitales diseñadas para inutilizar satélites esenciales para la economía, la defensa y la comunicación.
Así, la sola idea de un “Pearl Harbor espacial” (un estallido nuclear que destruyera miles de satélites cegara a continentes enteros y convirtiera la órbita baja en un vertedero radiactivo durante generaciones) ha obligado a Europa a abandonar la visión romántica de un espacio exclusivamente civil y a adentrarse en una nueva realidad estratégica que combina disuasión, diplomacia y preparación operativa.
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La financiación aprobada (1.2 mil millones de euros con más por venir) llega acompañada de un mandato político inédito que redefine el concepto de “propósitos pacíficos” en un momento en el que China multiplica sus capacidades espaciales y Rusia convierte la órbita en un espacio de presión híbrida. La magnitud del apoyo, rozando el 100% de lo solicitado, refleja un consenso interno: sin capacidades propias, Europa sería un espectador vulnerable en un conflicto que se decidiría en la velocidad y resiliencia de sus constelaciones satelitales.
La respuesta francesa y alemana. En este nuevo tablero, Francia y Alemania han asumido un papel central tanto por su capacidad industrial como por su recién adoptada convicción de que las guerras del futuro comenzarán (o se decidirán) en el espacio. París ha invertido 10 mil millones de euros en su nuevo Comando Espacial, orientado a operaciones militares en órbita, a blindar satélites ante ataques cinéticos y a promover una arquitectura interoperable con la OTAN.
Berlín, por su parte, ha anunciado una inversión de 35 mil millones hasta 2030 para reforzar su propio Comando Espacial, desarrollar satélites guardianes y dotarse de sistemas avanzados de alerta temprana. Ambos países han asumido públicamente que la infraestructura orbital es tan crítica como la energética o la digital, y que cualquier agresión rusa podría paralizar no solo a la defensa, sino a la sociedad civil europea en su conjunto. La seguridad nacional ya no se decide únicamente en la frontera terrestre oriental, sino en un entorno tridimensional donde la pérdida de un solo nodo satelital puede desestabilizar sectores enteros.
Lo nuclear más allá de la atmósfera. Los analistas coinciden en que el escenario más temido no es un ataque puntual contra satélites concretos, sino la detonación de una carga nuclear en órbita, capaz de generar pulsos electromagnéticos devastadores y chatarra espacial en cascada que inutilizaría la órbita baja durante décadas. Los precedentes históricos, como la prueba Starfish Prime que destruyó un tercio de los satélites existentes en los años 60, sirven como advertencia de lo que significaría repetir un experimento similar en la actualidad, con más de 10.000 satélites activos.
Una explosión de estas características acabaría con astronautas, destruiría infraestructuras de navegación global, fosilizaría la economía digital y provocaría un efecto dominó que podría trasladar la guerra del espacio a la Tierra. Aunque algunos expertos sostienen que Moscú solo recurriría a una acción así en un escenario de colapso terminal, la mera existencia de estas capacidades obliga a Europa a prepararse para un tipo de conflicto que rompería los límites tradicionales de la disuasión.
La presión política y un nuevo orden. El temor a un conflicto orbital ha reactivado debates sobre desarme nuclear, tanto en Estados Unidos como en Europa, donde legisladores impulsan iniciativas para revitalizar negociaciones multilaterales que llevan décadas estancadas. Paralelamente, la ESA ha logrado un presupuesto récord (22.1 mil millones de euros) que no solo financia su transición hacia la seguridad espacial, sino que también impulsa programas científicos y comerciales, como cohetes reutilizables, exploración marciana o nuevas misiones astrobiológicas.
Este crecimiento, apoyado por Alemania, Francia, Italia y España, refleja la convergencia estratégica entre defensa, investigación y soberanía tecnológica. En el nuevo escenario, Europa busca no ser un actor secundario frente a la duopolización espacial entre Estados Unidos y China, sino desarrollar una autonomía real que reduzca la dependencia de plataformas privadas como Starlink o de sistemas estadounidenses como los interceptores espaciales de la Golden Dome.
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Militarizar el espacio. Si se quiere también, la intersección entre amenazas rusas, avances tecnológicos estadounidenses y el despertar estratégico europeo marca el inicio de una etapa en la que la órbita terrestre se consolida como el nuevo escenario global de competencia militar. Lo que antes era un dominio científico y comercial se ha convertido en un espacio donde se decide la resiliencia de sociedades enteras.
El proyecto ERS, la expansión de los comandos espaciales nacionales y la creciente financiación de capacidades duales conforman un ecosistema de defensa que busca evitar un conflicto que nadie quiere imaginar. Y en ese escenario, Europa parece haber comprendido que la única manera de disuadir una escalada orbital es demostrar que posee los mismos medios para resistirla, responderla y recuperarse.
Imagen | RawPixel, ESA/Mlabspace
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Ante la amenaza de un “Pearl Harbor orbital”, Europa ha tomado la misma decisión que EEUU: blindar el espacio
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Miguel Jorge
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