Espectáculo
Cosas de muchachos en la adolescencia

Una de las frases más comunes que los adultos suelen repetir cuando los adolescentes tienen conflictos entre ellos es: «Esas son cosas de muchachos».
Con estas palabras, muchas veces se busca restarle importancia a una disputa, desestimando el impacto que puede tener en los jóvenes. Pero, ¿realmente deberíamos minimizar estas situaciones?
Recientemente, mi hija de 13 años tuvo un conflicto con sus amigas y, como resultado, fue excluida del grupo. La situación llegó a un punto en el que sus nueve compañeras organizaron una fiesta y ella fue la única que no fue invitada.
Al notar su tristeza y el impacto emocional que esto le causó, decidí hablar con las niñas para entender lo que había sucedido.
Una de ellas me respondió: «Esas son cosas de muchachos». Fue en ese momento cuando comprendí que esa frase, probablemente aprendida de un adulto, estaba siendo utilizada para justificar una acción de exclusión.
Mi respuesta fue clara: respetaba su opinión, pero no estaba de acuerdo. La exclusión dentro de un grupo tan pequeño no es algo que deba ignorarse ni minimizarse. Es una conducta que debe ser conversada y analizada para evitar consecuencias emocionales a largo plazo.
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La exclusión en la adolescencia: más que un simple conflicto
La adolescencia es una etapa crucial en la formación de la identidad y la autoestima. Las relaciones con los pares juegan un papel fundamental en el sentido de pertenencia y seguridad de un joven.
Cuando un niño o adolescente es excluido de un grupo, el impacto puede ser profundo, generando sentimientos de tristeza, inseguridad y, en algunos casos, ansiedad o depresión.
Restarle importancia a la exclusión social con frases como «es normal», «así es la vida» o «ya se le pasará» solo perpetúa la idea de que los sentimientos de los jóvenes no son válidos.
Sin embargo, la ciencia nos dice lo contrario. Diversos estudios han demostrado que la exclusión social activa en el cerebro las mismas áreas asociadas con el dolor físico.
Esto significa que ser rechazado o aislado puede ser tan doloroso emocionalmente como una herida física.
La responsabilidad de los adultos
Como adultos, tenemos la responsabilidad de enseñar a los jóvenes el valor de la empatía, la inclusión y el respeto mutuo.
En lugar de minimizar los conflictos, podemos aprovechar estos momentos para dialogar con ellos sobre la importancia de la convivencia sana y el impacto que sus acciones pueden tener en los demás.
En la situación de mi hija, me aseguré de conversar con ella sobre sus emociones, validando su dolor y ayudándola a encontrar formas saludables de afrontarlo.
Hablamos con su psicóloga, la que la ha acompañado en varias situaciones, como por ejemplo, y recientemente, el duelo de su mudanza de ciudad.
Cuando el verano pasado nos mudamos a Santo Domingo tuvo que despedirse (aunque solo estemos a dos horas de distancia) de su colegio, de sus amigas de toda la vida y de la compañía constante de su papá.
También le recordé que su valor como persona no dependía de ser aceptada por un grupo. Esto no significa que el dolor desaparezca de inmediato, pero sí que ella aprenda a procesarlo de una manera sana y constructiva.
Por otro lado, también es importante hablar con los niños y adolescentes sobre la importancia de la inclusión.
A veces, la exclusión no es producto de maldad, sino de falta de conciencia sobre el impacto que puede tener en los demás. Enseñar a los jóvenes a reconocer el dolor ajeno y a ser más empáticos puede marcar una gran diferencia en sus relaciones interpersonales.
Al final, las chicas le pidieron perdón a mi hija, y ella, reconociendo su propia responsabilidad en el malentendido, también ofreció disculpas.
Mientras pasaban los días, me sentí bien al no pensar «esas son cosas de muchachos» y pretender que no había pasado nada. Cada lágrima de mi hija duele más que las mías.
Aproveché el evento para recalcarle que aprendiera a defender sus posturas y a tener conversaciones difíciles, porque algún día estará sola en un lugar lejos de mí, y necesitará desarrollar herramientas para enfrentar la vida, que está lejos de ser un lecho de rosas.
Le expliqué que tendrá que enfrentarse a situaciones similares en muchos otros escenarios y en todas las etapas.
Construyendo una cultura de inclusión y respeto
La solución a este tipo de problemas no está en imponer castigos ni en forzar relaciones, sino en promover el diálogo y la comprensión. Algunas estrategias que pueden ayudar incluyen:
- Fomentar la comunicación abierta: Invitar a los adolescentes a hablar sobre sus emociones sin miedo a ser juzgados. Que sientan que sus experiencias y sentimientos son válidos.
- Enseñar sobre empatía: Ayudarles a ponerse en el lugar del otro, comprendiendo cómo se sentirían si fueran ellos los excluidos.
- Hablar sobre la importancia del respeto y la inclusión: No todos serán amigos, pero es importante fomentar un ambiente de respeto y convivencia sana.
- Evitar minimizar sus experiencias: Frases como «es normal a tu edad» pueden hacer que se sientan incomprendidos. En lugar de eso, validar sus sentimientos y ayudarles a procesarlos de manera positiva.
- Modelar el comportamiento adecuado: Los adultos son el principal ejemplo para los jóvenes. Si nosotros promovemos el respeto y la inclusión en nuestra vida diaria, ellos lo aprenderán también.