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Orgullosos de ser dominicanos, pero ¿por qué la criticamos?

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Cada febrero, el país se viste de azul, rojo y blanco. Celebramos la independencia con orgullo, pero el resto del año muchos critican con dureza la realidad nacional. Nos frustramos con la corrupción, la desigualdad y la falta de oportunidades, pero cuando llega el mes patrio, estamos orgullosos de nuestra dominicanidad.

¿Por qué este amor ambivalente? La respuesta está en los patrones que repetimos sin darnos cuenta. Desde pequeños escuchamos a los adultos quejarse del gobierno, de la economía y de la sociedad. También aprendemos que, aunque hablemos mal del país, «nadie toca a un dominicano».

Es decir, hemos normalizado la crítica constante, pero cuando alguien externo lo hace, nos defendemos con uñas y dientes. ¿Pero qué sucede con nuestra responsabilidad con la patria?

En nuestra historia dominicana, hemos tenido períodos marcados por dictaduras, corrupción y desigualdad. Cada generación ha crecido con discursos de desconfianza hacia los gobiernos, aprendiendo que el poder siempre abusa y que el país «no tiene remedio».

El problema de este discurso es que perpetúa el mismo sistema:

  • Si creemos que «todos los políticos son corruptos», dejamos de exigir cambios reales.
  • Si asumimos que «no hay oportunidades», fomentamos la fuga de talento.
  • Si repetimos que «el dominicano no cambia», reforzamos la idea de que estamos condenados a la mediocridad.

Es una profecía autocumplida: lo que creemos de nuestro país influye en cómo lo tratamos y, por lo tanto, en cómo nos comportamos en la sociedad. Violamos las reglas, no respetamos los semáforos, tiramos la basura en las calles, usamos el macuteo y hasta somos capaces de comprometer nuestra soberanía por dos o tres pesos.

Este ciclo de amor y frustración se refuerza en cada generación. Creemos que el país no cambia, pero seguimos justificando esas pequeñas faltas en el día a día. Queremos líderes honestos, pero cuando nos toca elegir, vendemos la cédula por un picapollo y repetimos los mismos patrones. Exigimos mejores oportunidades, pero vemos el engaño como el camino más rápido para avanzar.

Si queremos una mejor nación, tenemos que cambiar nuestra relación con ella. La independencia no es solo una fecha en el calendario, es una decisión diaria.

Nos toca romper la mentalidad de víctima. En vez de solo quejarnos, debemos preguntarnos qué estamos haciendo para cambiar la realidad de nuestro país.

Necesitamos ser coherentes con el amor que decimos tenerle a la patria. Modelar un patriotismo sano. Enseñar a las nuevas generaciones a amar al país con compromiso, no solo con emoción.

Es dejar de esperar que el cambio venga solo de los gobiernos y asumirlo desde nuestras propias acciones.

La verdadera independencia comienza por romper con todos los patrones que debilitan o destruyen lo nuestro. Si queremos un mejor país, tenemos que empezar por ser mejores ciudadanos.

 

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